!Trolé, trolé, trolero!. (Diario)

Tiempos de “maricastaña”, de cuando mis padres iban, muchas veces, a ver las actuaciones de la vedette Celia Gámez junto con Pedro el Olivos y su esposa María (muchos años despues otra Celia, esta vez una chavala para mí más guapa que la Celia Gámez y más de mi edad, dibujaba en Cartonera -“para mí todos sois iguales pero perdona que te ponga aquí”, frase del Judas Magro- a un peluquero mientras yo sólo sonría porque me partía de risa por su sinceridad y su espontaneidad y por lo falso que era Magro). Miguel era tan trolero que todas las niñas de la calle Alcalde Sáinz de Baranda, de Madrid, cantaban aquello tan fomoso de “Miguel, Miguel, Miguel, trolé, trolé, trolero”. Al parecer el relevo lo ha tomado Miguelito.


Vuelvo a la infancia. Tiempos madrileños de tranvías con trole. Quizás por eso Miguel era tan trolero. Y tiempos de trolas para “salir del paso”. Que no era cuestión de ir castigado a “La Siberia” de Lope de Rueda por un cuaderno más o menos limpio. Tiempo de estudios primarios y primeros estudios de bachillerato. El tiempo parecía haberse detenido mientras yo pasaba y observaba la nueva heladería Siena de la calle Narváez y aquellas tiras de colores que colgaban, con sus relucientes tonos, del techo de la heladería haciendo tirabuzones que a mí me parecía piruetas circenses mientras no dejaba de observarlas.

Tiempos de chufas y paloluz. Teimpos de leche en polvo y queso en lata repartido por los norteamericanos. Tiempos de chapas, bolas, tacones… los tacones de las mujeres resonaban en mi cerebro cuando pasaban por las aceras. Tiempos de jugar a ser alguien en aquella barriada donde los gitanos nos querían amedrentar sin conseguir otra cosa más que nuestra indiferencia.

Tiempos de botones al revés, que era una forma de representar el rechazo a toda aquella parafernalia de vecinos rivales que sólo sentían envidia. Tiempos de tirapedos (con perdón de la palabra) que era otra manera de representar el rechazo a toda aquella parafernalia de vecinos rivales que sólo sentían envidia. Tiempo de “huelemal” (otra de las muchas variedades de pasar de todos aquellos vecinos envidiosos).

Tiempos de empezar a soñar ya en serio con Ella… mientras los cromos de ciertos futbolistas salían excesivamente repetidos mientras los de otros apenas salían nunca (trolas y trampas de Doña Vicenta)… pero habíamos descubierto a Denis y esa era una forma legítima de conseguir aquellos famosos “dos por uno” para terminar de completar las colecciones.

Tiempos… Tiempos… Tiempos… Siempre Tiempos de Trolas de Miguel y José Ángel, alguien que solía traicionar por la espalda hasta que supo muy bien lo que era un penalty y se acabaron las trolas desde entonces. “Vamos a seguir así. Vamos a seguir así” decían los “ruanos”… y siempre perdían, al final, por goleada. Si. Tiempos de Goleada voceada en la boca del Metro de la Puerta del Sol, en pleno corazón madrileño… aquel corazón madrileño que latía en mi corazón por Ella.

Y es que al llegar las noches frías de los duros inviernos siempre mi Sueño era Ella y únicamente Ella… aunque las niñas de la barriada ya empezaban a crecer… y las mariquitas comenzaban, en la primavera, a aparecer entre las flores…

Al final se acabaron las trolas y la verdad sólo fue una. Que yo seguía adelante con mi Sueño y pasando los primeros cursos de Bachillerato en el Ramiro de Maeztu de los otros… de los niños pijos de Serrano… y las niñas cocacolas que me veían bajar de los tranvías con trole mientras se preguntaban unas a otras por qué yo viajaba tanto en mi Sueño y nunca me quedaba atrapado en las telarañas del Tiempo que ellas tejían con sus sonrisas. Y de ahí, de aquel final de las trolas, nació también la mía bohemia y nocturnal.

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