El uniforme no exculpa a quienes dejan de actuar como seres humanos.
Las guerras, todas ellas, son escenarios de muerte y barbarie. Los civilizados seres humanos parecen transformarse al vestir un capote militar, no importa cuál. Un civil, uniformado a su pesar, pasa a ser una víctima propiciatoria, que no puede lamentar ni su propia muerte al ser un amortajado andante. Peor aún, algunos soldados entienden que el anonimato escondido tras una guerrera con bandera incorporada exime del respeto escrupuloso a los derechos humanos ajenos.