En la tibia penumbra de la estancia hospitalaria en la que convalece, el anciano poeta laureado aprovecha el rato de soledad, que le dejan quienes le creen adormilado, para garrapatear con su mano vacilante un mensaje, el que cree que será su último poema. Con ya noventa años, hace tiempo que no escribe versos, colmando este hueco sensitivo de los últimos años con una metódica y apasionada dedicación al jardín hogareño, en el que no teme arrodillarse para escuchar mejor, a ras de suelo, la incesante melodía de los grillos, que entonan el aria familiar de lo que él reconoce como la música de la vida: