Como un aullido interminable.

Todos, en este mundo, quieren ser felices y tú, como uno más de ese todo universal, también lo deseas con todas las fuerzas nobles de tu corazón… pero El Gran Censor, anciano de la colectividad de los acusadores, te persigue con sus plúmbeos e interminables sermones de la condenación; así que sales de casa con un peso de diez kilos de acusaciones, admoniciones e insultos cargados a tu espalda, como manera traicionera de su querer convertirte en lo que a él le interesa. Interés. Eso es lo que caracteriza al anciano Gran Censor de causas ajenas que va engordando su ego a costa de tus propios sacrificios. Entonces es cuando te acuerdas de esos «angelitos» blancos que se autodenominan tus hermanitos de la fe. Y acudes allí por ver si, con su ayuda, consigues descargar ese pesado fardo de los diez kilos que te ha enodosado el endiosado anciano Gran Censor.

Luego te sucede lo de siempre… que los «angelitos» blancos que se autodenominan tus «hermanitos» de la fe no sólo no te alivian de ese cargado peso sino que le añaden, entre todos ellos ocultos en la hipocresía de la santa comunidad, otros cien kilos más. Es cuando empiezas a comprender. Y comprendes. Has hecho caso a San Francisco de Asís y te has convertido en el lobo manso apaleado, perseguido e insultado pro esas «ovejitas» autodenominadas tus «hermanitos» de la fe. Los famosos «angelitos» blancos. Y te has convertido en el lobito bueno al que maltrataban todos los corderos.

Con la pesadísima carga de los ciento diez kilos sobre tu conciencia llegas, cansado, triste y aburrido, a esa especie de hueco donde te han clausurado para que no puedas escapar del dedo acusador del anciano Gran Censor que todo lo cree saber… aunque nada sabe de tu persona ni mucho menos de tus sueños de felicidad. Te has convertido, sin tu quererlo ni desearlo, en el vecino de nadie. Para eso están las amonestaciones del anciano sabedor de la ignorancia que prohibe a los demás acercarse a ti para desalojar tan pesada carga de tus desencantos. Es cuando, para olvidar, para no hacer daño, para escapar de ese muro que te han puesto como barrera de tus profundos sentimientos, saltas el muro todas las noches y te introduces en la niebla de la gran ciudad… para perder la memoria y no tener que recordar… y sigues callando mientras vas cayendo… sigues callando mientras vas cayendo… sigues callando mientras vas cayendo…

Hasta que una de esas noches, tú que eres el lobo manso de toda la manada de «ovejitas» blancas que se mofan de ti haciéndose pasar por los «angelitos» blancos de la buena vida, enciendes el conmutador de tu concienca y, de nuevo, escuchas la canción que desearías haber olvidado. Es la mala reputación que te han endosado, por su propia desidia y ambición, los de las «iglesias». Paco Ibáñez haciéndote recordar: En mi pueblo sin pretensión tengo mala reputación, haga lo que haga es igual todo lo consideran mal, yo no pienso pues hacer ningún daño queriendo vivir fuera del rebaño; no, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos todos me miran mal salvo los ciegos es natural. Cuando la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual, que la música militar nunca me pudo levantar. En el mundo pues no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado. Y a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos me muestran con el dedo salvo los mancos, quiero y no puedo. Si en la calle corre un ladrón y a la zaga va un ricachón zancadilla doy al señor y he aplastado al perseguidor. Eso sí que sí que será una lata siempre tengo yo que meter la pata. Y a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos tras de mí a correr salvo los cojos, es de creer. Ya sé con mucha precisión cómo acabará la función. No les falta más que el garrote pa’ matarme como un coyote. A pesar de que no arme ningún lío con que no va a Roma el camino mío. No, a le gente no gusta que uno tenga su propia fe. Tras de mí todos a ladrar salvo los mudos es de pensar. No hace falta saber latin yo ya sé cuál será mi fin, en el pueblo se empieza o oír : muerte, muerte al villano vil. Yo no pienso pues armar ningún lío con que no va a Roma el camino mío. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos vendrán a verme ahorcar, salvo los ciegos, es natural.

Y sigues pensando en San Franciso de Asís y la promesa que le diste se der un lobito manso mientras te maltratan todas las «ovejitas» blancas. Y entonces, en medio de la soledad, el dolor, el aislamiento y la persecución del anciano Gran Censor y toda su camada de «corderos» te llega a la conciencia una nueva canción. Es Manu Giran esta vez el que ha tomado el relevo a Paco Ibáñez: Buenas noches, el lobo comenzó a hablar estoy aqui por última vez. En el bosque mis días solía pasar salvaje y cruel seguro en mi soledad tu voz me hizo ver tu luz me alejó del mal los niños sonreían al mirarme y el amor me hacía llorar. Pero un día el hombre mal me empezó a tratar abrieron heridas que no cerrarán jamás. Padre, ¿volveré a ser feroz? Mi garra será mortal ¿volveré a dar temor? y el miedo será mi hogar el bosque escuchar aullidos de tempestad, ¿volveré a ser feroz? un rayo en la oscuridad.

Pero no deseas cantar porque ya no tienes ni ganas de cantar. El dolor, el sufrimiento, la persecución de tus hermanitos «blancos» tan sonrientes en la misa mientras el ancianon Gran Censor les administra buenas dosis de sermones plúmbeos y aburridos, hipócritas sepulcros blanqueados, mientras llena sus bolsillos de sus propios intereses a la vez que te persigue su dedo acusador, es tan alto, tan elevado, tan brutal que saltas por última vez el muro y te hundes, en esta última noche de tu falsa culpabilidad, en lo produnfo de la niebla de la gran ciudad. Tu fuego interior de lobo estepario te invita a degollar unas cuantas «ovejitas» blancas, «angelitos» que se autoproclaman tus «hermanitos» de la santidad. Mas tienes, una vez más, compasión de todos ellos y no deseas hacer daño… y, sin embargo, ellos son los que te han hecho arrastrar el peso de los cien kilos de sus propios pecados que aumentan los solo diez kilos de los tuyos. Y recuerdas la voz de Jesucristo, la verdadera Voz de la Verdad y no la del anciano Gran Censor sino la verdadera Voz de Jesucristo en El Calvario: «Venid a mí, todos los que estáis cansado y cargados, y yo os haré descansar».

En medio de la más profunda oscuridad alguien sigue cantando dentro de tu corazón. Es de nuevo lo que desearías olvidar para siempre. Vuelve Paco Ibáñez a entrar en tu memoria: Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable. Hija mía es mejor vivir con la alegría de los hombres que llorar ante el muro ciego. Te sentirás acorralada te sentirás perdida o sola tal vez querrás no haber nacido. Yo sé muy bien que te dirán que la vida no tiene objeto que es un asunto desgraciado. Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso. Un hombre sólo una mujer así tomados de uno en uno son como polvo no son nada. Pero yo cuando te hablo a ti cuando te escribo estas palabras pienso también en otros hombres. Tu destino está en los demás tu futuro es tu propia vida tu dignidad es la de todos. Otros esperan que resistas que les ayude tu alegría tu canción entre sus canciones. Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso. Nunca te entregues ni te apartes junto al camino nunca digas no puedo más y aquí me quedo. La vida es bella tú verás cómo a pesar de los pesares tendrás amor tendrás amigos. Por lo demás no hay elección y este mundo tal como es será todo tu patrimonio. Perdóname no sé decirte nada más pero tú comprende que yo aún estoy en el camino. Y siempre siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.

Has llegado al final de todos tus cansancios paseados de parte a parte de la ciudad para escapar de la persecución de ese plúmbeo y aburrido anciano Gran Censor que te acusa ante los demás mientras se llena sus bolsillos de intereses y ves llegar al tren. Por un momento piensas en dejar ya de existir pero entonces recuerdas de nuevo la Voz de Jesucristo: «Yo soy El Camino y La Verdad y La Vida». Y, al paso estruendoso del tren cargado de las vanas mercancías de este mundo absurdo y consumidor de vacíos y de nadas, lanzas tu ensordecedor y atronador grito, para no hacer daño y nadie. Es como un aullido interminable de tu naturaleza de lobo estepario… pero, al igual que gritó Jesucristo en medio de su agonía… consigues, por fin, descargarte de la pesada carga de tus diez kilos de pecados propios y de los cien kilos de pecados que te han hecho cargar los hipócritas «hermanitos» de la santidad. Y, al igual que Jesucristo… ¡Te has liberado y Dios te ha transformado eligiéndote, sin hacer caso a las falsas «iglesias» ni a sus decisiones, líder de los desposeídos por culpa de los sermones plúmbeos, aburridos y acusadores del anciano Gran Censor!.

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