El Caso de la Tinta Mágica (Locura en Brenham City) (corregido y aumentado)

-¡Se abre la sesión!. ¡La ciudad de Brenham contra el señor Jack Morrison!. ¡Que se levante el acusado!.

Me levanto aturdido por el flash de las cámaras fotográficas de los reporteros.

-Señor Morrison… ¿Se declara inocente o culpable de los cargos que pesan contra usted?.
-¡Me declaro completamente inocente de todos los cargos señoría!.

El juez Milton me mira de soslayo

-¿Así que se declara usted inocente?.

-¡Totalmente inocente!.
-Entonces… ¿cómo explica usted su propia confesión de culpabilidad?.
-Yo le explicaré señor juez…

Se arma un tremendo revuelo de murmullos en la Sala…

-¡Guarden silencio, por favor!. ¡Oigamos al acusado antes de dictar sentencia!.
-Verá, señoría. Confieso que me encanta escribir. Escribir es mi gran pasión. Mucho más que cualquier otra cuestión en la vida.
-¡Vaya al grano, señor Morrison, y déjese de rodeos inútiles!.
-Es que esto tiene mucha importancia para explicar el extraño suceso en que me veo envuelto.
-Continúe entonces. Pero sea breve.

Y comienza mi historia…

Todo empezó el 18 de julio del 2004, cuando se celebraba el 160 aniversario de la fundación de Brenham City. Ese día me acerqué a la feria y atraído por la charlatanería de un vendedor errante, que decía provenir de la lejana China, compré uno de sus bolígrafos de Magic In (Tinta Mágica). Ahí comenzaron todos mis males.

Al llegar a casa me puse a escribir asfixiado por el calor. Hacía más de 38 grados a la sombra. La primera frase la recuerdo perfectamente. Decía así “!Hace calor!. ¡Se me oprime el corazón!”. Dejé la mano descansar un momento cuando comenzó a producirse algo sorprendente. Las letras empezaron a bailar desorbitadamente y cuando me quise dar cuenta, al volver a leer el texto escrito, éste se había cambiado. Ahora decía “Yace el dolor!. ¡Se me suprime la razón!”. Evidentemente no era lo que yo había escrito. ¡Las letras de aquella tinta mágica habían bailado!.

Después, sin haberme repuesto de la sorpresa, escribí la siguiente frase: “!Si este calor no se disminuye voy a terminar poco menos que estofado!!. Las letras volvieron a bailar enloquecidamente y la nueva frase quedó. Al final, así: “!Si este dolor no se diluye voy a terminar por lo menos enloquecido!”. Asustado escribí una tercera frase. No recuerdo ya lo que había escrito pero era algo como “!Espero no cometer un acto subliminal!”. El texto bailó de nuevo y quedó en “!Espero cometer un acto criminal!”. Asustado por el cariz de las frases escribí una larga carta a mi querido psiquiatra el doctor Cárdenas.

“Estimado doctor. Tengo que confesarle un hecho conflictivo. He comprado tinta mágica y las frases se cambian continuamente de sentido. ¡Por favor, ayúdeme!. No sé lo que me está pasando!. ¡No entiendo ni un pimiento de este hecho portentoso!”.

Y la carta la metí rápidamente en su sobre sin esperar a que bailasen las letras esta vez.

-¡Espere un momento Señor Morrison!. La carta fue entregada por el Doctor Cárdenas a la policía. Es una confesión de que usted cometió el crimen de Manson House. Como usted sabe, al prender fuego a la mansión usted quemó vivos a sus cinco habitantes: la familia Manson y sus tres pequeños hijos.
-¡Eso es imposible, juez Milton!. ¡Yo no he escrito ningun a carta confesando ningún crimen!.
-Mire la carta y léala usted mismo en voz alta, Señor Morrison.

Tomé la carta en mis manos y leí en voz alta…

“Estimado doctor. Tengo que confesarle un hecho delictivo. He comprado una pinta de gasóleo y los gases han hecho arder todo con sentido. ¡Por favor, ayúdeme!. ¡No sé lo que me está pasando!. ¡Estoy arrepentido de este hecho horroroso!”.

-Pero la carta que yo envié no decía nada de eso. Está cambiada. Ya le digo que las letras bailan solas.
-¿Y usted cree que la policía y los ciudadanos de Benham somos tontos?. ¡Usted declara que quemó fuego a la mansión!. !Han muerto cinco seres humanos y eso está condenado, en el Estado de Texas, con la pena de muerte!. A no ser que…

Quedé esperando lentamente… sin comprender nada…

-A no ser que sea declarado usted un demente total y entonces será usted condenado a cadena perpetua en el penal de Galveston. ¿Qué tiene usted que alegar como última palabra?.
-¡¡Que soy inocente!!. ¡Mi carta de confesión no era sobre un crimen tan horrendo sino sobre un suceso portentoso!. ¡El de la Tinta Mágica!.
-Decididamente usted está loco. Pero es usted un loco muy peligroso. Así que debido a las pruebas médicas yo le condeno a cadena perpetua en el penal de Galveston donde usted se pudrirá hasta que muera. ¡He dicho!. ¡Caso juzgado!.

Y aquí estoy ahora, en el centro psiquiátrico del penal de Galveston completamente enloquecido y escribiendo frases en la pared. Frases que cambian continuamente de sentido porque las letras de la Tinta Mágica bailan continuamente.

En una de las paredes, que está totalmente llena ya de mis mágicas frases he escrito: «Mundo de locos es éste». Rápidametne la frase da un giro y queda de la siguente manera «Mudos locos los del Oeste». No queda ya ningún espacio por escribir.

En estos momentos llega mi abogado Mac Carra, originario del barrio madrileño de Lavapiés, que por cuestiones «milagrosas» se encuentra ejerciendo en Brenham Ciy. El carcelero abre la verja y Mac Carra me saluda con un efusivo abrazo.

– !Te han condonado la pena!. !Eres libre porque les he demostrado que decías la verdad!.

– !Qué bueno!. !Así podré volver a mis labores!.

– Bueno… pero sólo se te ha impuesto una obligación.

– ¿Cuál?. ¿Estoy dispuesto a renunciar a seguir escribiendo con la Tinta Mágica?.

– Pues precisamente es lo contrario. !Se te ha dado la libertad siempre que sigas escribiendo con esa clase de tinta!.

Mundo de locos pienso para mí mismo. Pero… bien… sea en nombre de lal libertad. Le pido una hoja a mi amigo Mac Carra y escribo: «Te doy muchas gracias, Mac Carra». Le entregó la hoja donde he escrito mi saludo de agreciiento. Él la toma entre sus manos y lee: «Te doy muchas gachas, macarra». Jean Manoel Mac Carra (que tiene sangre francesa, portuguesa y española en sus venas) sólo sonríe y piensa «na habrá nadie que le hará cambiar. Es imposible. Es demasiado libre. Por eso se la merece».

Y queda en silencio la cárcel con Joan Manoel Mac Carra sollozando lentamente porque él no le pudo superar. Y meditando: «En verdad que se la merece».

Mac Carra no estaba pensando sólo en la libertad…

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