El gallardón y el tabernero.

Todos le hemos visto llegar, subido todo bien tieso y estirado, en su caballo alazán y con la flamante insignia del «Opus Dei» reluciendo en su pechera: ¡Un escudo de madera representando las armas que Josémaría Escrivá de Balaguer y Albás, marqués de Peralta, dispusiera, por inspiración divina según dicen los más reaccionarios de entre los católicos, como propias de la Obra por él fundada! Ha sido «La Lagarta» la primera en poder reaccionar…

«¡Ostias, qué tipo más guapo! ¡Vaya galán de cine! ¡Parece todo un gallardón!» Y ante el malhumor de «El Navajas», al cual los celos le devoran el alma, todos hemos soltado una carcajada general y como «El Gallardón» reconocemos a este singular y flacuchento personaje que, como salido de la penumbra, se planta ante nosotros mientas su caballo, asustado por la pillería, ha soltado unas cuantas bostas bien significativas de que come mucho mejor que cualquiera de nosotros. «El Jarales» ha tomado ya una piedra para hacer puntería con el escudo que lleva «El Gallardón» sobre su pecho; pero «La Lagarta» se lo ha impedido mientras ni «Moris» ni «Dalton» han podido hacer otra cosa sino quedarse con la boca callada…

«¡Hola, mozalbetes y mozuelas!» ¿Será de los de la acera de enfrente este sujeto tan relamido en sus hablares o quizás sólo sea una apariencia nada más? Todos aguzamos nuestras orejas como sabuesos en busca de noticias frescas. «¿Alguno de vosotros, majetes de arrabales sin alcantarillas, me puede indicar dónde puedo tomar un buen chato?» Me parece que sí, que algo de la acera de enfrente puede tener en su personalidad. «Morris» se ha levantado violento pero decidido a saber por qué. «¿Qué busca usted entre nosotros si somos solamente majetes de arrabales sin alcantarillas si es que se puede saber?» «Busco información en algún lugar donde pueda tomar un chato fresco». «La Diana» ha intervenido antes que «La Lagarta» o «La Garzota» le coman el terreno. Aquí quien no corre vuela y la noticia de la aparición de «El Gallardón» corre de boca en boca…

«Puede usted ir a la bodega de Don Alipìo Sánchez «El Tabernero». Es donde mejores chatos sirven en toda la barriada; claro que si usted quiere que yo le acompañe montada en su espléndida montura para mí sería un placer hacerlo y le aseguro que para usted también». «El Gallardón» ha quedado aturdido y lo aprovecha «La Lagarta» para intervenir y recortar el tiempo perdido ante «La Diana». «¿Puedo saber cómo se apellida usted, espléndido caballero que está más bueno que el espléndido Garvey?». «El Gallardón» ya no sabe qué poder responder y se limita a seguir preguntando. «¿Cómo puedo encontrar a ese tal Don Alipio si es que tenéis la gentileza, guapísimas damiselas, de decirme el santo y seña para poder hallarlo?» «¡Esté tipo está tronado del todo, Morris» «!No, Dalton, no está tronado sino que se ha trastornado del todo en cuanto las ha visto a las tres juntas» «¿Un marijulinchi tal vez?» «Tal vez sí o tal vez no pero cuando se le ve el escudo se le ve el plumero. A nada bueno ha de haber venido hasta aquí»

«El Navajas» no ha podido aguantarlo más. «!Escuche caballero! ¡Nada de montar a ninguna de nuestras chavalas porque son cosas nuestras quieran ellas o no lo quieran ellas, así que vamos a ir todos juntos hasta donde «El Tabernero» para que no se pierda usted ni ninguna de ellas por el camino! ¿Me ha entendido bien? ¡Antes le han preguntado por su apellido y es de caballeros responder a las preguntas de las guapas y macizas mujeres!». La hoja de la navaja luce bajo el sol mientras una punzada recorre la espalda del galán que parece salido de una película de los caballeros las prefieren rubias pero los caballeros se casan con las morenas. «¡Ruiz! ¡Soy el Señor Ruiz!» «¿Y se puede saber, señor caballero Ruiz, qué puñetas viene a hacer aquí?». «Sólo cosas de hombres». Todos quedamos paralizados mientras el flamante caballo alazán suelta otras tres espléndidas bostas.

Después, formando una singular comitiva de desarrapados, caminamos en silencio hacia la bodeguilla de Don Alipio Sánchez, seguidos por el tieso y estirado señorito del «Opus Dei» montado en su espléndido alazán y una verdadera jauría de perros callejeros, de todos los colores y tamaños, armando un estruendoso ruido de ladridos. «No tengas miedo, «Moruno», que ninguno de ellos te va a hacer daño alguno. ¿Verdad que ninguno de ellos va a morder a mi querido «Moruno»?». No tenemos ganas de hablar y ninguno de nosotros le contesta mientras las vecinas salen a los portales en primer lugar asustadas por el enorme estrépito de los ladridos y en segundo lugar maravilladas ante el singular espectáculo del gallardo personaje al cual se le ve demacrado y ojeroso. ¿Habrá estado llorando por alguna pérdida irreparable y habrá decidido venir a ahogar su dolor en alguna tasca de cualquier arrabal como el nuestro? Pero ninguno queremos preguntarle nada porque sabemos que nada bueno va a traer su presencia en nuestro redil de ovejas perdidas.

La llegada a la bodeguilla de «El Tabernero» es todo un acontecimiento singular. Hasta «Ovierales», que se las da de cronista general de todos nuestros territorios, ha sacado unas cuantas fotografías con su «Kanon» para poder adornar la crónica que, con toda seguridad, publicará en su revistilla «Super Star» que, seguro, mañana tendremos todos en nuestras manos a cambio de unas cinco pesetas porque el negocio es el negocio y «Ovierales» hace negocio de cualquier noticia o rumor o chascarrillo o murmuración de las muchas que circulan por el arrabal. Hasta se las inventa si es necesario alimentar el morbo de todos nosotros. Pero al «Tabernero» no le ha hecho demasiada gracia este asunto. «¿Se puede saber qué escándalo es este y a qué ha venido este espantapájaros a mi bodeguilla?». Un profundo silencio recorre entre todos los presentes. Es como si estuviera escuchando, en mi cerebro, algo del Poema del Mío Cid: «No nos atrevemos, Cid, a darle asilo por nada, porque si no perderíamos los haberes y las casas, perderíamos también los ojos de nuestras caras».

«¿Se puede o no se puede saber a qué diantres viene usted, tan fino y tan bien elegante, a mi bodeguilla habiendo tantos lujosos restaurantes en la ciudad o es tal el secreto que no puedo enterarme ni yo mismo que soy el dueño de ella?» «¡Calma, señor Sánchez, calma! ¡Sólo vengo a tomar un chato y pedir una pequeña información nada más!» «!Aquí podemos ser todos ladrones y hasta embusteros pero no hay ninguno que sea un traidor! ¡No podemos dar información alguna sobre nada de lo que nos pertenece!» «¿Y si le digo que está relacionado con la señorita Ana Sáez Uribes-Rabadán?».

¡Hasta la jauría de los perros guardan un sepulcral silencio!.

«¿Cómo ha endicho ustez?» Don Alipio se limpia las manos en el mandil de plástico de color verde con pequeñas rayas negras. «Ana Sáez Uribes-Rabadán». Y «Morris» no puede contenerse más. «¡Si ha venido para llevársela al Opus Dei usted no sale vivo de esta ratonera en que se ha metido por entrometido». «El Gallardón» sólo puede farfullear un «sólo deseo hablar con un hombre a solas». ¿Será de verdad de la acera de enfrente? Una especie de inquietud recorre por el ánimo de todos los de la pandilla mientras Ovierales está anotando datos y más datos en las hojas de su carpetilla de «Centauro» con tapas azules. Todos sabemos ya, porque lo leemos en su pérfida sonrisa, el titulo de la carátula de la próxima revistilla «Super Star». Es como si por todos nosotros recorriese un mismo y único pensamiento: «Ana se afilia al Opus Dei traicionando nuestra Causa por culpa de un homosexual». «¿Lo estás viendo, «Sanjinés»? «No hablo jamás con los cotillas que se inventan chismes porque sólo sirven para gacetilleros de chismorreos color rosa que no saben ni cómo empezar a redactar» A «Zábal» se le enciende la cara con el color de la ira. Reluce, de nuevo, la hoja de la navaja. «¡¡Me están dando ganas de bajarle del caballo y liarme a ostias con él!!». Y es que «Zábal» no ha olvidado todavía su desgracia ni al sargentucho que le produjo su desgracia…

«La Garzota» rompe la tensión de este momento que no parece tener final. «¡Andá, pero si es verdad que se parece a Alan Young con su bigotito y todo!» Cuando «La Garzota» habla de cine es como una Biblia abierta. Todos la conocemos como «la diosa del celuloide».

«Necesito rápidamente una información. Es por el bien de Ana. Sólo pienso en ella». «Morris» y «Dalton» parecen nerviosos. Son como dos gatos en celo a punto de estallar. Pero Don Alipio «El Tabernero» sabe cómo manejar estas cuestiones. Yo cierro los ojos para pensar: y soñando sueño que te sueño y en ese triple sueño soñado eres sueño para mí…

Al final está triunfando este tipo al que ya todos llamamos «El Gallardón». Al final ha conseguido entrar en la bodeguilla, con «Moruno» bien atado junto a la puerta, y están sentados, alrededor de una mesa, él junto con «El Tabernero» de frente, «Morris» a su derecha y «Dalton» a su izquierda. Los demás nos hemos situado donde cada cual ha podido. En sillas, sobre las mesas, en el alféizar de la ventana, en el mismo suelo. Sigo cerrando los ojos para poder pensar mientras ellos hablan de ella que ya está tan lejos de mí: Te amo tanto que aún te amo más que a mí mismo. Sin ti la vida no es vida. Sin ti la vida es tan sinsentido que, aunque viviera una eternidad no tendría ningún significado ese vivir. Sin ti la vida no es un pasatiempo sino, más bien, una pérdida de tiempo inútil y mortal. Contigo la vida es algo mucho más que vida, es algo así como un sentimiento profundo que está lleno de verbo, lleno de palabra, de silencio, de eternidad… Hoy me he despertado y he sentido un vacío tan grande que solo tú eres capaz de llenarlo. Nada hay sin ti. Sin ti el vacío existencial es algo así como un vaso vacío; sin agua para calmar la sed; sin agua para sentir lo que es la vida. Contigo ese vaso es el líquido elemento que me da la significación de mi persona: la significación de este mundo que, sin ti, es como si no existiera. Pero hoy también me he despertado pensando que es tan posible tu milagro vital que sólo por ello merece la pena vivir. Lo más importante de la vida es acampar contigo bajo las estrellas y luego, al amanecer, despertar contigo a mi lado y tenerte siempre presente toda la tarde, todos los días… todos los tiempos… todas las edades… Y así, de esta manera, comprender y entender, entender y comprender todos los porqués y todos los para qués de la existencia humana: más acá del corazón y más allá del sentimiento. ¿Pero quién puede saber lo que pienso yo, sentado en el sillón desvencijado de los trastos rotos y tan roto como el jarrón de porcelana que, hace ya un par de años, destruí con uno de esos balonazos que pone mal de los nervios a mamá?Bueno. Tal vez sea mejor quedarse dormido para no escuchar. Pero lo fatal de mi Destino es que escucho…

«¡Voy a dejarlo todo bien claro!» Y «El’ Gallardón» se mete para sus adentros el chato de vino mientras los otros tres, como acólitos del «sacerdocio» del poder, le imitan sin poder decir «esta raspa es la de mi sardina y sólo a mi gato le pertenece». Me gustaría ser un gato que, de repente, se convierte en El Tigre de Mompracén haciendo justicia en medio de esta selva de asfalto totalmente deteriorado. Escucho. No me queda otra cosa sino seguir escuchando. «Quienes conocemos bien a Ana Sáez Uribes-Rabadán y me parece que aquí nadie la conoce bien». «Dalton» pega un puñetazo sobre la mesa. «¿Está usted insinuando algo malo sobre ella?» Al personaje del Opus Dei le tiembla la boca al hablar. «!Calma… muchacho… calma… no estoy diciendo… nada malo sobre ella!». Ahora le toca a «Morris» que se ha levantado y ha sujetado por las solapas de su gabán verde al caballero que queda levitando unos centímetros del suelo. «!Pues ni se le ocurra insinuar una cosa parecida!». Pienso en el cervantino Caballero del Verde Gabán sonriendo tras haber triunfado en la batalla contra los «leones» o es que, en verdad, no son tan fieros como los pintan tanto «Morris» como «Dalton». Yo quisiera tener una pequeña renta para poder demostrarle a este personaje de mis pesadillas que se puede ser mucho más joven que él pero mucho más valeroso; o una tiendecilla para sentir menos hambre ante hombres de esta calaña ó unos majuelos para dispararle con un canuto a su cabeza de tortuga rapada hasta los sesos…

Los cuatro hablan como posesos de Ana. Los cuatro hablan, a gritos, haciendo como que son los que mejor la conocen en el mundo entero. Los cuatro chillan y nadie podemos entender nada porque lo hacen al mismo tiempo; comiéndose las palabras entre todos ellos como si de verdad se estuviesen comiendo a la mismísima Ana. Incluso los que juegan al dominó, en la mesa del fondo, han dejado paralizada la partida porque quieren saber qué es lo que parlotean los cuatro sin que nadie se entere de nada. ¿Será posible que el mejor diálogo de todos es el de los sordomudos? Viendo a «Dalton», «Morris», «El Tabernero» y «El Gallardón» hablando a gritos pelados de una chavala tan buena en todos los sentidos se llega a la conclusión de que sí; de que el lenguaje de los sordomudos sería el más apropiado para enterarnos de algo o para que «Ovieres» deje de escribir chorrada tras chorrada porque no comprende nada. ¿Y este es el cronista mayor de nuestras barriadas? Todo el guirigay de cactúas sin sentido alguno se paraliza, de repente, cuando «El Tabernero» ha dado un manotazo a los cuatro vasos ya vacíos que han producido el efecto de una «bomba H» al caer al suelo y romperse en mil pedazos. Los de la partida de dominó siguen con la jugada suspendida,

«¡Está bien, caballeros! ¡Voy a decirlo sin ambaje alguno aunque preferiría hacerlo ante personas más cultas!». A Don Alipio Sánchez le ha entrado la ira. «¡¡Oiga, afeminado zarrapastroso, nosotros somos gentes encivilizadas!!» Pero «El Gallardón» se siente seguro y con aplomo tan cerca como está de conseguir la victoria. «No se dice gentes encivilizadas sino personas cultas» A Don Alipio Sánchez «El Tabernero» le entran ganas de darle dos ostias pero se contiene. Hay muchos niños delante y, además, la pareja de los civiles ya están merodeando por los alrededores para conocer al extraño caballero del gabán verde con la insignia del Opus Deis sobre la pechera.

«Ustedes no tienen ni idea de cuáles son los sueños de esa chiquilla pero a mí me lo ha contado su padre». «Perdone que lo dude pero «El Normando» nunca ha sido ni es un chismoso» «Pero usted no tiene en cuenta que es un ordenanza del «Banco Hesperia Cano» donde soy yo el máximo accionista y he tenido la oportunidad da hablar muchas veces con él y de conocer, personalmente, a su bellísimas hija. Por eso sé que el sueño de Ana Sáez Uribes-Rabadán es triunfar en el mundo de Broadway». «¿Qué diablos está usted diciendo?» Sólo se atreve a preguntar Don Alipio mientras «Morris» y «Dalton» han quedado definitivamente callados y anulados. «Broadway, estoy diciendo Broadway». «¿Alguna empresa petrolífera tal vez?» «El Gallardón» muestra su blanquísima dentadura, como de caballo percherón, ante la ignorancia que le rodea. ¡Broadway! ¡Ahora resulta que el sueño oculto de Ana es ser una figura mundial del teatro y los espectáculos del Arte! Yo sí sé lo que cuesta triunfar en Broadway pero otra vez el tipo flacuchento del gabán verde se anticipa en la jugada.

«¡Broadway significa Triunfo, significa Éxito y significa Fama, y esas tres cosas son las que le vengo a ofrecer yo hoy! ¿Saben todos ustedes lo que cuesta, en dinero contante y sonante, tener una oportunidad en Broadway?». Todos guardan silencio, acobardados por la cada vez mayor chulería de «El Gallardón». Yo sí me puedo imaginar lo que cuesta pero él lo deja bien claro. «!Tener una oportunidad en Bradway cuesta un millón de pesetas solamente para prepararse lo adecuadamente bien para poder intentarlo sin asegurar que se va a conseguir el Triunfo, el Éxito y la Fama! !Y el padre de Ana lo sabe!» «¿»El Normando sabe todo eso y no nos ha contado nada?». «!Dinero llama a Dinero señor Sánchez! ¡Se lo digo yo, el señor Ruiz en persona!» Empiezo a comprender… empiezo a despertar… empieza a sospechar… hasta que «El Gallardón» lo suelta todo. «!Yo le he ofrecido esa suma al padre si accede a que Ana se case conmigo y está dispuesto a acceder por el bien de su hija, porque le he prometido que el Opus Dei tiene tantísimo poder que para mí no es ningún problema que mi futura esposa, Ana Sáez Uribes-Rabadán, triunfe a nivel mundial!» ¿Quieren ya decirme cuál es el domicilio de ese monumento de chavala? «¡¡¡Cabrón!!!». Se me ha escapado sin querer. Pero el número 8 de «El Trabuco» ha sido el más rápido de todos. Se ha levantado del letargo general y se ha lanzado hacia el teléfono de Don Alipio. Ha marcado un número que nadie de nosotros conoce…

«¿Es ahí el Real Madrid?». Parece que le han dicho que si. «¿Puedo hablar con el señor Malbo?». Parece que le han dicho que sí. «¿Es usted Don Miguel Malbo?». Parece que le han dicho que sí. «¿Podrían ustedes elevar la cifra hasta un millón exacto de pesetas y firmo de por vida con ustedes?». Tensa espera. Tensa tensión. Uno de los del dominó, «El Mejías», habla como con misterio. «Don Miguel Malbo Notario es una persona sencilla, que ama el fútbol y que cree en los chicos jóvenes. Creer en eso y confiar en que los jugadores de la cantera son válidos es el porcentaje de mayor éxito para el Real Madrid». Parece que le han dicho que sí. «No me importa lo que me quieran pagar al mes, o si quieren que juegue gratis, pero necesito ese cheque de un millón de pesetas hoy mismo». Parece que le han dicho que sí. ¿»Puede ser un cheque al portador?». Parece que le han dicho que sí. «¿El uniforme lo ponen ustedes?». Parece que le han dicho que sí. «¿Puedo ir para allá ya mismo?». Parece que le han dicho que sí. «¿Tendrán ustedes ya el cheque firmado y listo para embolsar en una cuenta corriente del Banco Hesperia Cano?». Parece que le han dicho que sí. «Gracias en nombre de Ana». Y ha colgado.

«Don Alipio, esta misma noche le daré un cheque de un millón de pesetas para que se lo entregue usted al Normando» «¡Yo lo voy a impedir! ¡Puedes entregar un millón de pesetas si quieres dártelas de «caballero de las buenas obras sociales» pero el Opus Dei es muy fuerte y te prometo que, aunque fiches por el Real Madrid, no vas a jugar ni un sólo segundo en el equipo de Bernabeu». «No he fichado para jugar». Y se ha marchado.

Todos nos hemos quedado mudos. ¡No ha fichado para jugar y lo dice totalmente sereno! ¡Ha fichado con el Real Madrid sólo para salvar a Ana Saéz Uribes-Rabadán de esta alimaña, de este buitre carroñero al que todos llamamos «El Gallardón»! Y reaccionamos en masa. ¡¡¡Cabrón!!! ¡¡¡Cabrón!!! ¡¡¡Cabrón!!! El flacuchento, con la cabeza rapada hasta los sesos, ha salido echando leches con su caballo «Moruno» perseguido por la jauría de perros de todos los tamaños y todos los colores y alguna pedrada de regalo. «!Pito pito y cerrada la partida!.

Pero ya no veremos jugar más veces a nuestro número 8 con «El Trabuco»…

(De la serie «Cuentos del arrabal» dedicados de manera especial a «Pandito» el del guitarrón).

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