El mar (Comentario)

Texto.- El mar. La mar / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad? / ¡Por qué me desenterraste / del mar? / En sueños, la marejada / me tira del corazón. / Se lo quiere llevar. / Padre, ¿por qué me trajiste / acá? (Rafael Alberti).

Comentario.- ¿El mar o la mar? Buena disyuntiva que nos plantea Rafael Alberti ante una decisión definitiva. ¿Somos del mar o somos de la mar? Estar embarcados en la memoria de los mejores poetas de todos los tiempos nos supone afrontar el lado masculino del agua y su vertiente femenina. Leyendo «El mar» de Rafael Alberti uno se siente mecido por las olas de la mar. Significante más significado. Una unidad convertida en una dualidad o, mucho mejor dicho, su viceversa. El temperamento se nos enlaza al leer y hacernos la pregunta más esencial. O somos múltiples propuestas resumidas en una sola dualidad unida a los parámetros masculino y femenino del agua o estamos naufragando sin llegar a costa alguna.

La pregunta del porqué no va dirigida a nadie salvo a la conciencia del mismo poeta en que nos hemos convertido. No existe miedo a la ciudad sino solamente nostalgia. Y la perenne nostalgia de Rafael Alberti no disminuye, para nada, el acento que sitúa en ese sólo la mar. No estamos solos; pero es que amar el mar es convertirlo en la mar. El agua tiene estas consecuencias. Lo más consecuente de todo el poema es ese desentarrarse de la tierra para convertirse en marinero urbano. ¿Se puede ser marinero urbano? Sí. Siempre que estemos perfilándonos en los sueños de esas marejadas que nos trasladan a los motivos de nuestro corazón.

El corazón de un poeta que navega en medio de sus sueños te hace siempre llevar a un motivo. ¿Por qué estamos aquí, soñando con las olas del mar, con las fantasías de la mar, en el conjunto masculino y femenino del agua? Porque nos trajeron las marejadas del tiempo indetenido; ese afán de superarnos a nosotros mismos para poder llegar al alta mar y, desde allí, retornar siempre a las ciudades de lo cotidiano. Pero el mar… ¡ay la mar que nos impregna el alma de tirones hacia el corazón!. Tenemos, a la vista, el mar de Rafael Alberti y tomamos un nuevo camino para enlazarnos en ese porqué que todos nos preguntamos. ¿Cuál es la verdadera respuesta?

Todo se lo quiere llevar la marejada. Todo se lo quiere guardar el mar. Todo se lo quiere sustraer la mar. ¿Y qué hacemos los poetas cuando nos desentierran los sentimientos de ser marineros acá, en la corta distancia de los más profundo de nuestras almas? Podríamos suponer que el mar y la mar son una misma cosa. Falso. Esa no es la verdad. Para un poeta como Rafael Aberti ambas cosas son las dos caras diferentes de una misma moneda. Unidas pero diferentes. Lo importante es que la moneda no sea falsa.

En sueños podemos convertirnos pero, para convertirnos en sueños, tenemos la obligación de pertenecer a un pedazo de tierra que nos permita soñar. ¿Está hablando Rafael Alberti de una bahía? Posiblemente sí. De una «ciudad-bahía» («Háblame del mar marinero, / dime si es verdad lo que se dice de él. / Desde mi ventana al mar no le veo, / desde mi ventana el mar no se ve»). Yo ya he podido descubrir que toda bahía poética se compone de versos acoplados al navío de nuestras emociones. Me asomo a la ventana de mi hogar y calculo la cantidad de ideas que debe contener el mar y la cantidad de ilusiones que debe soñar la mar. Ambas cosas son complementarias y se solapan entre sí. Es como la portada y la contrapartada de una misma y única percepción receptiva. Recibimos el abrazo del agua y nos aferramos a ese sentimiento que nos recorre a través de los versos para poder saber cuál fue el motivo por el que nos trajeron desde algún lugar lejano de la frontera donde nacimos. Posiblemente es que en el centro/epicentro de todo diagrama poético la verdad consiste en descubrir por qué hemos nacido poetas en medio del oleaje de la vida.

Supongo que como nacemos dentro del mar interno de una mujer (el agua interna de una mujer) amamos a la mar cuando entonamos canciones con las que acercarnos al recuerdo de nuestras sensaciones: un tictac de «líquido» elemento con el cual poder respondernos a nosotros mismos nuestras inquietudes. Si no existiera el mar sería imposible amar a la mar. Quizás Rafael Alberti estaría de acuerdo conmigo en que sólo existe una causa: tirarnos desde el corazón y hundirnos en la marejada de la vida para salvar nuestra existencia.

¿Una ciudad marinera dentro del epicentro semiótico de la tierra? Eso es. Una ciudad marinera en la que poder navegar por todas sus arterias urbanas como marineros en busca de su salvación. Y convertimos las calles urbanas en oleajes de certidumbres: una respuesta a todo su porqué, un preacuerdo con su propia esencia humana para poder sentir lo que se siente en al alta mar. Ser así supone ser viajero de las magnitudes/latitudes y es que en esas dos coordenadas del espíritu son donde los poetas subyacen en el desenterramiento de sus versos. ¿Por qué? Siempre tenemos un porqué continuo en nuestras mágicas y «líquidas» manifestaciones. Porque sucede que ante el acontecimiento de ponerse a meditar, hundidos en la Poesía sobre el mar y la mar, nos situamos en el centro epigónico: o salvas la costumbre de sentirte por dentro y por fuera o fracasas en el no sentirte por ser una simple ausencia sentimental.

Que Rafael Alberti no era un simple costumbrista se demuestra cuando en «El mar» podemos descubrir que enarbola la bandera de su porqué para continuar algo así como indefenso, como necesitando que alguien le acompañe en ese sempiterno sentimiento que un día se rompe con la marejada. El mar o la mar. No es esa la respuesta. El mar y la mar. Esa es la certeza. Y es que es cierto que el mar no se puede separar de la mar y que la mar no puede existir sin el mar.

La referencia paternal es indudable. Rafael Alberti se siente algo así como un hijo frustrado buscando el porqué paternal y no paternalista de lo que enarbola. Entiendo que, en medio de sus dudas, no sabe por qué el destino le convirtió en un ser dilatante. Yo no lo dudo. Me dilato y dialogo con «El mar» de Rafael Alberti. Así puedo acompañar la canción oculta que existió siempre dentro de su corazón: la marejada. Fue la marejada de las contradiciones la que acompañó a Rafael Alberti en ese prólogo en que un habitante se convierte en poeta.

Me tira el corazón esta sensación de pertenecer a un mundo siempre inacababdo, siempre en perpetua construcción, siempre buscando disyuntivas para poder unificar un criterio que, sin ser exclusivista, se hace interno, hondo, profundo, ígneo y sísmico. En lo más íntimo del mar está la mar. Posiblemente la figura paternalista no puede entenderlo pero, a la hora de desenterrar los sueños, podemos alcanzar esa línea que une lo masculino a lo femenino hasta eternizarse en un poema que, siendo sencillo, abarca toda la intensidad de lo que nos motiva a seguir navegando por las estrofas buscando siempre continuas sorpresas.

¿Por qué existe el mar? Porque existe la mar.

(José Orero De Julián «Diesel»).

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