La herencia de Madame Canaris -Capítulo 10- (Novela)

Angeline Castell Rouge se lo estaba pasando en grande en la playa de Le Touquet. Estaba tan feliz, tumbada sobre la toalla y tomando un poco el sol ya que hacía un tiempo primaveral a pesar de ser octubre, que se puso a cantar y José Roberto Ortero de Jumilla no la quiso interrumpir…

– Tengo millares de estrellas y tengo la luna y el sol y la luz de tu mirada, y la luz de tu mirada dentro de mi corazón. Tengo las nubes del cielo y tengo las olas del mar y si tengo tu cariño, y si tengo tu cariño ya no quiero nada más. Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz, y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí. que maravilloso es quererte así estando contigo, contigo, contigo me siento feliz. Cuando amanece nevando no siento la falta del sol y los copos de la nieve, y los copos de la nieve me parecen de color. Cuando la tarde termina y todo se empieza a nublar mi camino se ilumina, mi camino se ilumina si me vuelves a mirar. Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz, y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí, que maravilloso es quererte así estando contigo, contigo, contigo, contigo me siento feliz. Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz, y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí. Que maravilloso es quererte así estando contigo, contigo, contigo, hablando contigo, contigo, contigo me siento feliz.

– ¡Fantástico! Mar y sol. ¡Muy buena combinación!

– Eso mismo pienso yo.

– Entonces, ¿te apetece un combinado?

– Si lleva licor de menta por supuesto que sí.

– Lo dices por el verde de la esperanza.

– Eso es. Desde pequeña me han dicho que la esperanza nunca se debe perder.

– Es imposible que entre tú y yo la esperanza llegue algún día a perderse porque fue lo primero que conquistamos al conocernos y lo primero que se conquista nunca se pierde jamás.

– ¿Y esa filosofía dónde la has aprendido?

– En las calles, a solas con uno mismo porque todos te han dejado a solas. Cuando te sucede eso sólo te quedan dos caminos por andar: o te pierdes en el laberinto del alcohol y otros vicios similares o te salvas saltando todos los obstáculos. Imagina siempre la vida como una carrera de obstáculos en la que tú te encuentras a solas y todos los demás no son tus amigos sino tus competidores. ¿Qué haces?

– Supongo que correr más que los demás sin que te derribe ninguno de esos obstáculos.

– Eso es. Esa es la filosofía que tuve que aprender antes de ser periodista.

– Pero lo de escritor, ¿de dónde te viene?

– De una cosa que existe muy en el interior de las almas humanas y que se llama espíritu. Mi padre siempre me decía que compitiera con el espíritu para poder triunfar. Y ahora, ¿te interesa o no te interesa ese combinado que lleve licor de menta?

– ¡Más que nunca!

José Roberto se levantó, se dirigió al quiosco de la playa y pidió dos bombas atómicas…

– ¿Es que va usted a hacer explotar a toda la playa?

– No precisamente a toda la playa sino a todo el mundo por completo.

– ¿Por qué?

– Por ver si desaparecen todos los obstáculos de una puñetera vez, caballero.

– Parece enojado, joven…

– Pues estoy más contento que unas pascuas floridas y por eso es por lo de las dos bombas atómicas. Sírvamelas pronto y dejemos ya las chorradas porque para escuchar chorradas, y no lo digo por usted, he tenido mucho tiempo a lo largo de mi todavía corta vida. Espero que a partir de ahora las chorradas se queden con los chorras. ¿Sabe usted quiénes son los chorras?

– ¡Jamás he oído esa palabra!

– Me la enseñó mi abuelita materna desde que yo era un niño y mucho antes de la adolescencia. ¿Sabe qué quiere decir lo de ser chorras?

– Mientras sirvo los dos cócteles puedo escuchar…

– Ser un chorra, y tenga muy en cuenta que no lo digo por usted, es simplemente ser un estúpido. Le pongo un ejemplo. Escuche.

– Escucho y comprendo que no va por mí.

– Creo que estás haciendo el chorra pagándole todo y sin obtener nada a cambio. ¿No le parece ser demasiado estúpido trabajar de balde?

– ¡Jajaja! Me llamo André, nativo del Congo Francés, de Brazzaville exactamente y, desde luego, jamás trabajaría para nadie que no me pagara al menos unos cuantos euros para pasármelo en grande.

– Pues eso es lo que estoy haciendo yo. Pienso cobrar hasta el último céntimo. Triunfe o fracase voy a ganar una pasta gansa.

Con las dos bombas atómicas en sus manos, José Roberto llegó hasta donde se encontraba Angeline asediada por dos chorras franceses.

– ¿Queréis saber la hora que es?

El más alto de los dos chorras franceses ironizó…

– Si eres tan amigable…

– No faltaría más. Soy tan amigable que os hago saber que es la hora de que regreséis a casa con vuestros papás y vuestras mamás, porque os estarán echando mucho en falta para poder acunaros antes de mandaros a hacer la siesta. ¿Lo habéis entendido o tengo que traducirlo al chino?

El más bajo de los dos chorras franceses comenzó a disculparse…

– Perdona… no queríamos molestar… pero la vimos sola…

– No es molestia alguna cuando se trata de dos criaturas de leche.

– ¡Ostias! ¡Que va en serio!

Los dos chorras franceses comenzaron a correr a lo largo de la playa alejándose más deprisa que dos galgos con apuros de hacer sus necesidades más urgentes…

– ¡No corráis tanto que se os van a caer los pañales!

– ¡Jajaja! ¡No te esfuerces con macarras, José Roberto!

– Ya veo que chorras hay en todas partes. Hasta en Francia con lo que se las dan los franceses de listos.

– ¡Jajaja! ¡Ven conmigo! ¡Esos cócteles parecen apetitosos de verdad!

– Pues son dos bombas atómicas.

José Roberto entregó una bomba atómica a su joven y bellísima esposa y luego se tubó al lado de ella.

– ¿No estás nervioso, José Roberto?

– Sabes que nunca me pongo nervioso por nada. Lo que pasa es que soy muy inquieto, cosa muy diferente por cierto. Recuerdo una tarde en que me tuve que enfrentar, yo solo y cara a cara, contra siete tuercebotas y tuvieron que abrirme el paso porque si no los arrollo com,o hizo Belauste cuando cuando le pidió el pelotón a Sabino.

– ¡Jajaja! ¿Es cierto todo eso?

– Tan cierto como que no estoy mintiéndote para nada.

– ¿Quiénes son los tuercebotas?

– Unos mamarrachos neo nazis que andan por ahí despendolados pero que no saben ni lo que es un péndulo de lo incultos que son.

– ¿Y pot qué les llamas tuercebotas?

– ¿No has visto que no saben ni ponerse como Dios manda esas horribles y apestosas botas militares que calzan, aun en medio de un tórrido verano, para meter miedo a las niñas de pecho?

– ¡Jajaja! ¡Te creo!

– Pero si todos ellos tiene el pecho más plano que la llanura de La Mancha…

– Habla en serio, José Roberto.

– Estoy hablando en serio, Angeline. Si les hacen una radiografía del pecho ni aparecen en la placa. Son más contrahechos que hechos a posta para parecer fantasmas que son lo único que son. Y punto. No deseo seguir hablando de esos titís con tirantes que, además, están más demacrados que la leche que les crió que es otro de los famosos dichos que me enseñó mi abuela materna.

– Cambiemos de tema, por favor.

– ¿Has terminado ya con tu bomba atómica?

– Yo sí.

– Pues yo también con la mía.

– ¿Y ahora?

– Ahora debes poner muchísima atención porque necesito muchísimo tus opiniones.

– ¿De qué se trata?

José Roberto sacó, del bolsillo izquierdo interior de su chaqueta de cuero, las tres fotografías y se las entregó a Angeline.

– ¡Mira muy bien estas fotografías!

– ¿Quiénes son?

– Una de ellas es la fotografía de Madame Canaris y las otras dos son fotografías de su hijo Piolín Canaris si no estamos todos equivocados.

– Pues debe ser cierto porque son como dos gotas de agua.

– Primero dime qué te parecen las dos fotografías de Piolín a primera vista.

– Tienen unos rasgos germánicos inconfundibles.

– Ahora quiero que las mires con más detalle y las compares con la fotografía de su madre.

– Lo primero que veo, al fijarme detenidamente, es que las dos fotografías de Piolín tienen las narices de boniato propias de puros franceses; pero sus ojos son demasiado azules, mientras que Madame Canaris los tiene muy verdes; y desde los ojos hacias arriba son rasgos puramente teutones.

– ¿Se parece mucho a su madre?

– Yo diría mejor que se parece mucho a su padre.

– Pues resulta que su padre no existe…

– ¿Cómo que no existe?

– Quiero decir que es totalmente desconocido. Nadie sabe quién fue.

– ¿Algo que ver con la ocupación de territorios franceses por parte de los nazis?

– ¡Acertaste! ¡Diste en la diana! Eso es lo que estoy intentando comprobar.

– ¿Algo que ver con “Diana la cazadora”?

– ¡Pues sí! Porque resulta que a los más altos mandos militares de los nazis les gustaba mcuho el Arte.

– ¡Espera, José Roberto! ¡Aquí hay algo raro!

– ¿Dónde?

– En las dos fotografías de Piolín Canaris.

– ¿Qué tienen de raro?

– ¡Fíjate bien en esta fotografía que tengo en la mano izquierda!

– No veo nada anormal…

– ¡Fíjate bien en la oreja derecha!

– ¡Atiza! ¡Parece una cicatriz!

– Y sin embargo en la fotografía que tengo en la mano derecha no aparece ninguna clase de cicatriz en esa oreja. ¿Qué deduces, José Roberto?

– Creo que Piolín Canaris tuvo que sufrir algún accidente casero. La fotografía que tienes en la mano derecha se la debieron hacer antes del accidente, mientras que la fotografía que tienes en la mano izquierda se la debieron hacer después del accidente. Es normal.

– O que exista un hermano gemelo que no sufrió dicho accidente casero.

– No me creo, para nada, ese cuento de los hermanos gemelos pero lo investigaré… porque puedo estar equivocado…

– Equivocarse es muy humano, José Roberto.

– Sigo apostando porque esa historia de los hermanos gemelos es falsa pero te doy la razón porque puede que me esté equivocando por ser tan humano.

– O quizás no estés tan equivocado…

– Para saberlo sólo me queda una opción.

– ¿Cuál?

– Mejor no hablemos ahora de eso. ¿Tienes hambre?

– Sí. Estoy empezando a tener hambre.

– Pues vamos en tu flamante Peugeot Sport a “Les Canailles” de la rue de París, en el número 73, porque quiero fardar de chavala.

– Pero mira que eres canalla…

– Es sólo una broma, pequeña.

– Pues yo creo que no… que a tí te gusta mucho que te vean conmigo…

– Es que es natural.

– Y tú eres muy sinvergüenza…

– Es de verdad que en “Les Canailles” se come muy bien.

– ¿Cómo sabes tú eso?

– Me lo dice mi instinto de depredador.

– Ya. Ya estoy yo muy acostumbrada a tu instinto depredador…

– ¡Jejeje! ¿Vale o no vale?

– Está bien. Vale.

– Por un total aproximado de 60 euros podemos comer de maravilla los dos.

– ¿Y no te parece demasiado lujo gastarnos 60 euros en comer cuando hay tanta hambre en el mundo?

– Ahora no estamos en el mundo, princesa. Ahora estamos en nuestro mundo y eso es cosa tan diferente que hay que celebrarlo bien celebrado. Ya tendremos luego tiempo para volver al mundo de los demás. Además, no gastarse 60 euros comiendo con una mujer tan bandera como tú sí que es de ser canallas.

– ¿Pero me prometes que luego vamos a darnos un buen baño en la playa?

– También, princesa.

Tal como lo predijo José Roberto, cuando llegaron ante el Restaurante “Les Canailles” de Le Touquet-Plage no dejaron de llamar la atención debido a la belleza total de ella.

– ¿Y no te importa que me miren tanto los demás hombres?

– Los demás hombres son del otro mundo, princesa y, por lo tanto eres intocable para ellos. Por otro lado, no negarás que las demás mujeres también me miran a mí. ¡Jejeje!

– Pues no me hace ninguna gracia ninguna de las dos cosas.

– Entonces te prometo contarte un chiste.

– ¿Alguna bobada de las tuyas?

– No. Es de gemelos.

– ¿Un chiste de gemelos? Cuenta, cuenta.

– Eran tan iguales tan iguales tan iguales que cada uno se casó con la mujer del otro y no se dieron ni cuenta. ¡Jajaja!

– ¿Quiénes no se dieron ni cuenta? ¿Las mujeres o ellos?

– Ellos. ¡Jajaja!

– ¡Pero mira que eres tonto! ¡Jajaja!

– Si soy tan tonto… ¿porque te ríes tanto?…

– ¡Jajaja! Porque de lo malos que son tus chistes hasta hacen gracia.

La comida fue tan excelente que no costó 60 euros sino que su precio se disparó hasta los 80; pero a José Roberto el dinero no le interesaba para nada más que para hacer feliz a quien se encontrara con él y, por supuesto, su bellísima y monumental esposa era la que más se lo merecía.

– Ahora que estamos tomando nuestros cafés, ¿te puedo hacer una pregunta curiosa, José Roberto?

– Estoy ya muy acostumbrado a las preguntas curiosas. Adelante.

-¿Tú no has conocido nunca la tristeza en algún momento de tu vida?

– Posiblemente demasiadas veces; muchas más de las que yo merecía… pero está comprobado que alcanzar una estrella es casi imposible… y menos mal que nos queda el consuelo del casi como única esperanza…

– ¿Te refieres a la estrella de una capitán?

– Quizás…

– ¿Qué quiere decir ese quizás?

– Que a lo mejor sólo estoy hablando de fútbol.

– Entonces… ¿quién grabó en tu rostro esa tu eterna sonrisa?…

– La bohemia de Dios. Debió ser la bohemia de Dios.

– Si eso es cierto… ¿por qué eres tan ligero de cascos?…

– Quizás por haber tenido que trotar, obligatoriamente y ajeno a mi propia voluntad, por tanto mundo y, también quizás, por eso era por lo que Monchito cantaba lo de “los caballitos trotan trotan trotan trotan trotan” y, quizás también, por eso mismo me he podido estar riendo siempre de toda esa clase de gentuza.

– ¿Moncho Borrajo canta?

– Agua de borrajas, princesa, aquel asunto sólo fue únicamente agua de borrajas y yo paso totalmente de todas las aguas de borrajas. Por eso prefiero olvidarlo.

– ¿Monchito fue alguno de esos calaveras que tú conociste?

– Si al menos fuese un calavera sería algo… no muy digno por cierto pero, al fin y al cabo, sería algo…

– ¿No será Foncho en lugar de Moncho?

– Por eso mismo, princesa, por eso mismo lo digo; y porque de la Efe a la Eme no hay tanta distancia como de la A a la Zeta. Pero dejemos ese tema porque me produce sueño.

– Pasemos de página, José Roberto. Me he enterado de que esta tarde, en esta misma playa, se va a celebrar una exhibición de paracaidistas españoles y, al final de la exhibición, van a regalar un gran ramo de rosas rojas a la chica más guapa de todas las espectadoras.

– En verdad que eso es muy importante. La veremos, princesa, la veremos…

– ¿A quién?

– No existe ninguna duda. Me estoy refiriendo solamente a ti.

Ella no pudo evitar volver a besarle en la boca…

– ¿Nos vamos ya al agua, José Roberto?

– Sí. Tenemos dos horas completas para poder divertirnos en el mar.

Y estuvieron, exactamente, dos horas completas divirtiéndose, como niños, en el agua del mar; hasta que ya saturados de tanto juego se acercaron a contemplar la exhibición de los paracaidistas españoles que terminó siendo un éxito total puesto que los diez participantes aterrizaron, exactamente, en el punto central de las diez dianas pintadas sobre la arena. Una gran muchedumbre estuvo viendo la exhibición y estuvieron aplaudiendo un largo rato… hasta que el capitán de los paracaidistas españoles, sin dudarlo ni un segundo, se acercó a Angeline Castell Rouge.

-¡Soy el capitán de los paracaidistas españoles que hemos llevado a cabo nuestra exhibición profesional y, sin duda alguna, todos la hemos elegido a usted, señorita, como las más guapa y sexy de todas las miles de espectadoras; así que tengo el honor de hacerle entrega de este gran ramo de rosas rojas en el nombre de todos mis hombres y en el mío propio! Soy capitán y me llamo Manuel Díaz Gómez. Espero que nunca nos olvide.

– Señora. Soy señora. Ya estoy casada.

– Pues entonces el hombre que haya conseguido casarse con usted es que ha encontrado el Paraíso. Hágale saber nuestra admiración por ello.

– Le tiene usted delante.

– ¿Este joven?

– Este joven es mucho más hombre de lo que muchos mamarrachos se han estado creyendo.

El capitán de los paracaidistas españoles se cuadró marcialmente haciendo sonar los tacones de sus botas y saludó militarmente a Ortero de Jumilla.

– En nombre de todos los paracaidistas profesionales del Ejército Español, le doy a conocer mi más sentida admiración.

– No se preocupe por eso, capitán Díaz Gómez.

– Llámeme solamente Manuel o, si quiere, llámeme solamente Manolo y acepte mi mano en señal de sincera amistad.

– Está bien, capitán Manuel. No se preocupe tampoco por eso.

Se dieron la mano como dos hombres verdaderos y el capitán Manuel Díaz Gómez se fue alejando hacia donde estaban sus subordinados.

– ¡Son unos verdaderos héroes, José Roberto!

– Ya. Muy interesantes todos ellos. Pero siempre hay otros que les tienen que limpiar las letrinas y siempre somos algunos los que tenemos que hacer los “trabajos sucios”; esos trabajos que no son espectaculares a la vista del público pero son los más importantes para poder solucionar los problemas.

– Si te molesta se las devuelvo ahora mismo.

– ¡Jamás! Te las mereces más que nadie porque no sólo eres la más bonita de todas sino que eres la persona más buena que he conocido en el mundo. Qué lástima que yo no pueda regalarte todos los días un ramo tan grande de tan hermosas rosas rojas…

– Recuerda… “Joro”… recuerda…

– Pero es que aquellos días fueron muy especiales, “Lina”.

– ¡Fueron las flores más lindas que me han regalado en la vida!

– ¿Unas simples florecillas recogidas directamente del campo?

– Sí. Las mejores de mi vida porque estaban llenas de amor noble y verdadero.

– ¿Tú crees que valieron algo?

– Valieron más que todo un imperio. ¡Jamás las he olvidado!

Como los paracaidistas españoles ya se habían ido de la playa, Angeline regaló el grande y hermosos ramo de rosas rojas a una humilde ancianita que estaba observando la escena…

– Me gusta más tu compañía que cualquier gran ramo de rosas rojas por muy hermosas que sean.

– Si quieres, princesa, ahora puedo cantar yo…

– Canta, por favor.

– Vengo a emborrachar mi corazón para apagar un loco amor que más que un amor es un sufrir y aquí vengo para eso a borrar antiguos besos en los besos de otras bocas. Si su amor fue flor de un día porque causa siempre mía esta cruel preocupación. Quiero por los dos mi copa alzar para después brindar por los fracasos del amor. Nostalgias de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración. Angustias de sentirme abandonado y pensar que otro a su lado pronto pronto le hablará de amor. Hermano yo no quiero rebajarme ni pedirle ni llorarle ni decirle que no puedo más vivir. Desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud. Nostalgias de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración. Angustias de sentirme abandonado y pensar que otro a su lado pronto pronto le hablará de amor. Hermano yo no quiero rebajarme ni pedirle ni llorarle ni decirle que no puedo más vivir. Desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud.

– ¿Lo has cantado por mí?

– ¿A quien se lo iba a cantar salvo a ti que estás siempre a mi lado y, además, eres la única que yo deseo que esté a mi lado durante toda mi vida y más allá de toda mi vida?

– Pues entonces te equivocas del todo porque te quiero más que a mi propia vida y te amo y te amaré siempre… siempre… siempre…

– ¿Deseas amarme para toda la eternidad?

– No solamente para toda la eternidad completa sino para dos eternidades completas si es que después de la eternidad existe otra eternidad.

– Dejemos, de momento, las eternidades para el futuro…

El beso en la boca fue inevitable.

-¿Te gustó, “Joro”?

– Ha sido el éxtasis de la gloria, “Lina”.

– ¿Y ahora?

– Ahora volvemos ya a nuestro Hotel.

– ¿Tenemos que volver ahora?

– Sí. Debo hacer una llamada muy importante para cierta persona que me está esperando y quiero que tú estés presente.

Ya en la habitación 56 del Novotel Thalassa, José Roberto marcó el número del móvil de Marlon Brandy.

– ¡Cielos, “Joro”! ¡Por fin das señales de vida!

– No se moleste conmigo Brandy, le llamo para hacerle saber que todavía estoy vivo.

– ¡Tengo muchos datos para compartir contigo, “Joro”!

– ¡Sé lo tremendamente importante que es para usted descubrir la verdad de todo ese lío de la herencia de Madame Canaris y que necesita triunfar ante la sociedad pero, tal como le dije, mañana al mediodía estaremos los dos juntos para poder hablar del asunto. Yo también tengo mucho que contar, pero ahora estoy felizmente acompañado de “Lina”.

– ¡Dios mío! ¿Qué estás haciendo? ¿Quién es “Lina”? ¿Lo sabe tu mujer?

– Espere un momento, Brandy. Ella le va a dirigir un saludo.

José Roberto entregó el móvil a Angeline…

– ¡Hola señor Brandy! ¡Yo soy “Lina” y la esposa de “Joro” lo sabe!

– ¡Zambombas! ¿Tan liberales sois en España?

– ¡Jajaja! Sí. Sabemos conservar las tradiciones. Por eso yo soy la Fantasía de “Joro” hecha realidad.

Y Angeline cortó la comunicación.

– ¿Qué pasa con Brandy, José Roberto?

– No ha tenido suerte…

– La suerte no existe y tú lo sabes incluso mejor que yo.

– Entonces digamos que no ha tenido nunca la oportunidad de acertar.

– ¿Cuestión de mujeres tal vez?

– Solamente una mujer nada más; pero resultó ser esa mujer fatal en la que nunca debió fijarse. Ella no se merecía ni tan siquiera una mirada de Brandy.

– ¿Se murió ya?

– Sí. En el año 1995 después de Jesucristo.

-¿Quién fue esa arpía?

– Te lo voy a decir solamente a ti porque sé que guardarás el secreto. Se llamaba Marie Patricia Plagman.

– ¿Y quién fue esa? ¿A qué se dedicaba además de destrozar el corazón de hombres como Brandy?

– No importa saberlo. Es mejor que no lo sepas pero… ¿comprendes ahora por qué tiene tanta importancia para Brandy solucionar este caso de la herencia de Madame Canaris? Un triunfo de esa magnitud le hará de nuevo importante ante los demás y, sobre todo, le hará de nuevo importante ante sí mismo. Por eso necesito ayudarle mucho más allá de lo que nos vaya a pagar por nuestros servicios. No le importa el dinero. Le importa acabar con el fantasma.

-¡Atiza! ¿Hay un fantasma de por medio en la vida de Brandy?

– Sí. Tiene también nombre de mujer.

– ¿Qué nombre, José Roberto?

– Marijanne. Pero no quieras saber quién es porque tampoco merece la pena saberlo.

– Sólo una última pregunta curiosa antes de irnos a la cama. ¿Tú crees que una sola mujer es capaz de destruir el corazón de un millón de hombres?

– Sí. Pero no me preguntes ni cómo ni porqué. ¿De acuerdo?

– Apaga la luz, José Roberto.

– ¡Jajaja! ¿Por eso de los moscos de los que tanto hablo yo?

– Es por eso. ¡Jajaja!

Comenzó a llover copiosamente en el pueblo de Le Touquet.

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