La última palabra

La maravillosa última palabra tardaba en surgir. Era un guión continuo de sorprendentes propuestas iniciáticas. Uno tras otro, en cascada torrencial , se agolpaban jolgóricamente (con sus brillantes presentaciones) los más célebres oradores que se dirigían al público con la inagotable apuesta sensorial de ocupar lo más alto del podio dialéctico. Pero ninguno de ellos obtenía el ansiado y definitivo galardón de alcanzar el triunfo descubriendo la última palabra.

Entrenados para una larga duración de la memoria, se llenaban de palabras hermosas y retumbantes con el súbito retorno del oleaje de sus sinfonías. Eran hombres canoros. Todos ellos cantaban sus sonoras oratorias como entonando una larga composición sinfónica envolvente en el repaso requerido de sus duelos interpretativos.

Miles de palabras llegaron de aquellas recónditas sinfonias. Palabras alegres, saltarinas, como felices torbellinos arremolinados en los brazos de la maternal orquestación de sus metáforas; ellas afloraban en medio del maravilloso paisaje de la dialéctica de las memorias de aquellos célebres y afamados oradores. Miles de palabras infalibles coronando superficies de floridos campos léxico gramaticales.

Juguetonas de por sí, aquellas palabras saltaban de un lugar a otro, de una boca a otra, como pompas de múltiples colores festoneadas por incesantes alegrías literarias. Palabras dulces, tiernas, melosas, locuaces por su perspicacia e inmortalidad, como hechas de éter para halagar las sensaciones de quienes las escuchaban. Eran construcciones de castillos pirotécnicos donde las luminarias incandescentes de sus sonoros trinos repercutían sus presencias en el ánimo sonriente del pleamar de aquella primavera.

Miles de palabras llegaron desde la dorada plenitud de los oradores. Palabras cálidas, combatientes y combativas, llenas de ardorosas sangres y de fuegos palpitantes; plenas de amor y de sueños encendidos. Todas ellas deslumbraban a los oyentes con el colorido estético de su interpretación juvenil. Palabras sonoras, interesadas en el enfervorizado encanto multiplicativo de sus ubérrimas expresividades. Eran como percepciones musicales sanas y saludables, enormes en su extensiva y provocadora insistencia sensual para hecarse notar con su caliente aspecto de amar la vida.

Miles de palabras llegaban desde la pacífica y plácida madurez de los joviales labios de los oradores. Palabras pausadas, consecuentes, confeccionadas como con pétalos de rosas almibaradas con los acentos de los vuelos de las palomas de los jardines cercanos, mientras los «giransules» del tiempo irradiaban riachuelos de frases espirituosas e ingrávidas como pompas de jabón. Palabras que flotaban en el ámbito sereno de la meditación entreabierta bajo el reflujo de las emociones. Miles de palabras latiendo en el corazón atardecido.

Y llegó la noche. Y, en medio del crepúsculo acumulativo del cansancio general, los oradores se dieron por vencidos y guardaron silencio. No aparecieron más palabras. Estaban todas agotadas. Nadie había conseguido el triunfo. La última palabra nunca apareció. No apareció jamás la palabra más bella de todas, la más significativa, la más motivadora… porque esa palabra solo era, simplemente, el silencio.

Nota.

«Giransul».- Palabra del diccionario vorémico (dieseliano) que significa: «Tiempo donde los oradores se encuentran en estado de éxtasis. ensimismados en sí mismos ante la belleza que les transmite su torrente dialéctio, se giran sobre su eje y dan vueltas para que el sol les alumbre el rostro».

2 comentarios sobre “La última palabra”

  1. Me ha encantado lo de «jolgóricamente», lo de los «hombres canoros» y, como no, lo de «giransules».

    Una pregunta: ¿Se puede aplicar también giransul (según el diccionaio dieseliano) al tiempo en que los diferentes artistas (músicos, pintores, etc.) se encuentran igualmente en estado de éxtasis?

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