Las dos caras de Craso.

Está oscura la tarde de su alma. Está oscura y penetra, por las rendijas de la soledad de su piel, el eco de una estrofa que inundó su sensación al levantarse esta mañana. Y es que Otelo anoche soñó que a Dios veía y que él a Dios escuchaba. Después… despertó… («Otelo… si hoy descubres que cantan todos los juglares de la frívola farsa… no sufras… no llores… no agonices… toma tu costumbre gris y sal de la cárcel de papel donde alguien quiere retenerte como prisionero»).

– Es usted genial, señor Baroja, y si consigue plasmar en imágenes las mismas ideas que ha escrito en el papel… ¡estaremos produciendo la comedia que romperá todos los moldes!

Otelo mira al amigo Baroja quien, con la barba cada vez más «media luna», escucha el canto de los grillos de su «medianoche» mientras parece decir…

– ¿Viste, Otelo? ¡Yo soy el «árbol de la ciencia» y sólo comen de mis frutos -las manzanas prohibidas para el común de los mortales- los tipos del realismo más radical! ¡No hay lugar para los lunáticos ni para los soñadores!

Otelo mira después al amigo Alvarenga que, pleno de imitaciones interpretativas, es un continuo conflicto de personajes dispuestos a describir un «aire falso» de teorías donde la multitud de opiniones está destinada a sustituir los verdaderos impulsos de la creación racional por una extraña degeneración llamada «excitable estrellato». La luna de los soñadores y las estrellas de la honradez no aparecen en el cielo errante de esta tarde decembril…

– ¡No se ría del Amor, compadre, no se ría del Amor… no sea que la espada del desengaño hunda su acerada materia en lo profundo de su corazón!

Y el señor Craso -filósofo del marketing existencial- sonríe, ocurrente y satisfecho de su voz argentina, mientras su abultado estómago de papayo hace «glu-glu», «glu-glu», «glu-glu», al mismo tiempo que las patas de la langosta son victimarias del gourmet. Su último mandato «celular» es «¡Aló! ¡A lo mejor puede salirnos bien el negocio!».

«El Romance del Amargo» trae a los resecos labios de Otelo el áspero «sabor de las retamas» y, sin apenas quererlo, los versos de García Lorca retruenan en los recovecos de su inspiración.

«Y la sábana implacable,
del duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con los restos de sus paños».

¿Qué extraña intuición penetraba por los sonámbulos párpados de su pensamiento? Guillotinado entre Baroja y Alvarenga (que iban, sin saberlo, hacia las metáforas de la crucifixión), Otelo sentía las correas de la usurpación helando todos los naipes donce el brujo Craso consultaba oráculos sobre misterios y leyendas…

– ¡¡¡Nooooo!!!

Resonó profundamente el grito de lo que hasta entonces había sido solamente un patético ambiente de ensoñaciones iluminadas bajo los focos de «Teleusa». La ensoñación más adorable comenzaba a convertirse en una escritura de cumplidos donde las razones de la creatividad dejaban de tener valor… deglutidas todas ellas -una por una y hasta dos por dos- por el tiburónico quehacer de los hechizos que embrujaban aquel atardecer…

– Señoir Baroja, quite usted a la «Domenchina», añada un poco más de «Perlimpín» y rebaje la actuación del «Policéfalo» y su señora. ¡Con eso bastará para ganarnos el contento de don Jaime Mencía de Ávalos!

Y la dentadura de Craso hacía ahora «crac-crac», «crac-crac», «crac-crac», porque las patas de la langosta perdían su angostura bajo los incisivos, los caninos y los molares del glotón…

En el vano de la vanidosa ampulosidad, sólo existían las encías de un vacío… y Otelo palpaba las abultadas ojeras de un insomnio semestral donde se agolpaban ciento ochenta madrugadas sin dormir; envueltas en las neblinas de las teclas del computador…

– ¡Rápido, Otelo! ¡Toma papel y esferográfico de tinta azul, busca el escondite del rincón de tus conciencias y escribe… esclavo… escribe sin que nadie pueda observar los maderos de tu cruz! ¡Que sea bond, que sea un papel bond, Otelo!

(Ni el Agente 007 hubiera podido interpretar tan magnífica escena de secretos ocultos en el oscuro lugar donde el desvencijado butacón crujía sus agonías rodeado de utensilios polvorientos y la obsoleta «arpa davidiana», en el ángulo agudo, cobijaba entre sus cuerdas el trajín de las arañas salmodiando el poema de la canción de los olvidos).

– Estoy soñando todavía. Esto es sueño. Este es un tiempo robado a la realidad. Es la madrugada que me ha sorprendido dormido y sentado sobre la noche sin paz. Es, por tanto, un abandono de la idea original y estas dimensiones no son mi Verdad.

Pero no era sueño. Al otro lado del tabique, el trasiego de aquellas voces, que bebían con vehemencia los brindis de la traición, eran voraces y veraces…

– ¡Baroja y Otelo Sociedad Limitada! ¡Ridículo! ¡Qué ridiculez, Baroja, qué ridiculez! ¡Es como mezclar el fino y espiritual vino de la Consagración con la negra hez de la Apostasía!

Y Craso continuaba engullendo ricos emparedados de caviar… regados con el hilo tinto de un rioja excepcional…

– Vamos a ver, Baroja… ¿quién es ese tipo tan negro que dice saber escribir?
– Un simple escritor de comedias y sainetes…
– ¿Y cuánto le has ofrecido por garrapatear estos guiones?
– Como formamos Sociedad Limitada pensé que lo justo era ir al cincuenta por ciento de las utilidades…
– ¡Qué barbaridad, Baroja, qué barbaridad! ¡Ni el mismísimo García Márquez gana cinco millones de sucres semanales por ofrecernos sus Cien años de soledad!

La soledad de Otelo, sin embargo, no era cuestión de tiempo… porque el tiempo estaba detenido en la quietud del polvoriento butacón mientras las secretas magias de sus frases surcaban las ondas del blanco papel…

– ¡Ofrécele ochenta mil por capítulo!
– Pero Otelo escribe como los ángeles del Partenón …
– ¡Baroja! ¡Ofrécele sólo ochenta mil y todos en paz! -intervino Alvarenga.

Craso empalagó un dulce trago de Condorcet y, en forma de chispeante burbuja, lo soltó…

– ¡Eso es! ¡Baroja y Alvarenga Productions! ¡Dejémonos de pendejadas!

Baroja se rascaba la pilosa «media luna» del mentón. Alvarenga miraba un cartel que, clavado en la pared del despacho de Craso, rezaba «made in USA» bajo la fotografía del «Hollywood on Ice».

– ¡Nada de ochenta mil, Baroja! ¡Eso queda para los consagrados! ¡Al negro démosle simplemente treinta mil sucres! ¡Es más de lo que pudiera soñar en sus noches de tizón!
– ¡Muy bien, señor licenciado!

Mas en la creciente «media luna» del mentón de Baroja brillaba ahora el canoso filamento de una blanca vanidad… mientras una verde gusarapa zigzagueaba por entre los pies planos del comilón…

– ¿Cuántos capítulos tienes en tu poder?
– Uno.
– ¿Pero no eran veinticuatro los que habíamos acordado en la reunión del mes pasado?
– El resto los tiene todavía él.

Las mágicas metáforas de Otelo seguían surcando por el blanco limbo de las albas de papel…

– «¿Y quién es él que, surgiendo de la Nada, cambió todos tus geranios y te convirtió en mujer con el sol de los relentes forjando el puente levadizo de los misterios?».

– ¡Démosle al negro solamente treinta mil por cada guión que televisemos! ¡Muy bien, licenciado Craso, muy requetebien! -Y se le emborrachaba la barba «media luna» a Baroja…
– ¡¡Genial, don Geovanny!! -Y Alvarenga ya soñaba con su rol estelar del cual le colgaban doce hermosísimas colegas pidiéndole el amor de todas las noches que viviría -desde aquel mismo día- bajo la luz de las candelas femeninas y los bronceados candelabros de su imperecedora masculinidad.
-Y no sólo es eso… (glu-glu-glu y cras-crac-crak).
– ¿Existe algo más, don Geovanny?
– No te hagas el honesto, Baroja, porque no te va ese papel. ¡Tú conoces muy bien mi manera de hacer las cosas! ¡¡Pues claro que hay algo mucho mejor!! Pero tomemos antes un buen café y os lo cuento…

Y mientras la secretaria (cuerpo para tirar de espaldas y boca para caer de frente) taconea sobre las baldosas del zócalo… Otelo sigue confiando en sus escrituras que, de tan «blancas» que son, podrían ser hasta «sagradas».

– «Te amo, Buendía» -Y Diana seguía sin darse cuenta de que no amaba al buen día sino a la mala leche de una noche sin café…

– ¡Anímate, Alvarenga, tenemos la fama en nuestras alforjas!
– ¡Pues yo no me fío para nada de Craso!
– ¡Ahora no importan nuestros sentimientos!
– ¡Pero yo no puedo traicionar a Otelo!
– ¿Por qué? ¿Qué importancia tiene un negro?
– Él es mi amigo…
– ¡Por Dios, Alvarenga, no me vengas ahora con eso de que él es tu amigo! ¡Es un negro y los negros no entienden de amistad! ¡Son sucios por fuera y por dentro!

Se habían detenido ante el cuarto oscuro de la oscura soledad de Otelo; de un Otelo que aún seguía confiando sin saber por qué…

– «Lo siento Diana… porque yo amo a Albita…».
– «Te equivocas, Buendía…» -Pero Diana no especificó nada más.

Pasaba la escultural secretaria y pasaba su profundo sonar de tacones cercanos que hacían dolor en el alma de Alvarenga…

– Yo no puedo hacer esto, Baroja…
– ¡Tranquilo, Alvarenga, tranquilo!

No dio más tiempo al actor. Baroja sacó un puñado de cuatro monedas de a cincuenta centavos de sucre cada una…

– ¿Qué ves, Alvarenga?
– Cuatro monedas de cincuenta centavos.
– Siempre hemos tenido cuatro monedas de cincuenta centavos nada más y… ¿sabes cuánto vamos a tener si estamos del lado de Craso?…
– Muchos millones de dólares.
– ¡ Eso es, Alvarenga!
– ¿Pero te das cuenta, Baroja, de lo que vamos a hacerle a Otelo?
– ¡Ni pío! -señaló Baroja- ¡No debemos decir ni pío a nadie!

Baroja lanza las cuatro monedas al cuarto oscuro. Él no sabe que allí está el negro confundido con la negra oscuridad. Y las cuatro monedas -¡¡clinc-clinc-clinc-cliiiiiiiinc!! -alborotan la paz del silencio.

– No sigo, Baroja, no sigo con esta traición…
– Tú te lo pierdes, Alvarenga…
– Quién sabe lo que me pierdo yo y quien sabe lo que tú vas a ganar..
– ¡No seas terco, Alvarenga!

Y ambos se pierden por entre los pasillos de Teleusa por donde la bellísima secretaria taconea mientras cimbrea sus caderas al son volandero de su minifalda.

Ya Otelo lo sabe todo. Ya Otelo ha descubierto la verdad. Ya Otelo se introduce en las conciencias…

– «Te vas porque yo quiero que te vayas, Diana».
– «Me voy porque tú sólo quieres a Albita».
– «Y a ti también te quiero, Diana».
– «No Buendía, no! No te esfuerces en quererme a mí también…

Otelo deja de escribir. Se levanta del desvencijado sillón. Se acerca a las monedas. Brillan en la penumbra de las baldosas. Tres han caído dando la cruz a las sombras. La cuarta muestra la cara de la luz. Recoge esta moneda y se da cuenta de todo. Alvarenga es la doliente amistad de la traición. Baroja es la codicia sin límites. Y Craso… ¡ay don Geovanny de la voz argentina!… es la estafa hecha virtud.

Otelo escribe una última frase: «Pasa el hombre con una tal cantidad de siglos a sus espaldas que no puede hacer otra cosa sino pecaminar»…

Mientras Baroja y Alvarenga marchan hacia el miserable pedazo de gloria que ansían alcanzar… ambos meditan…

– Nada, nada, Alvarenga. Lo tengo todo muy bien pensado. Se le contrata a Otelo por treinta mil sucres el capítulo y cuando hayamos emitido el primero de ellos lo cambiamos por otro escritor que sea de aquí.
– ¡Otelo es más de aquí que Craso, tú y yo, juntos! ¡Otelo es más honesto que Craso, tú y yo, sumados! ¡Y Otelo es más noble que Craso, tú y yo unidos!
– ¿Aún sigues dándole vueltas al asunto? Has de saber que Ángel Lucero, aún sabiendo que los guiones son de Otelo, no ha puesto ningún inconveniente en plagiar los textos y acondicionarlos a nuestro gusto.
– Pues te equivocas conmigo. En primer lugar porque los textos de Otelo están totalmente acondicionados a mi gusto en lo referente a lo que debe ser comedia en televisión y, en segundo lugar, porque Otelo es un magnífico amigo y, además, escribe mucho mejor que el empalagoso y morboso Lucero. ¡Lucero es un chapuzas que vive a costa del esfuerzo de los demás! Y por eso y por muchas otras cosas que he vivido con Otelo como amigo verdadero y no como tú que traicionas más que Judas… no contéis conmigo para esa bufonada que vais a representar. Adiós, Baroja… y que la histora de la televisión, ya que de Literatura no tienes ni idea, te pille confesado…

Y salen a la Avenida de la Aguja. Y se separan en la Calle American City. Y no vuelven la mirada hacia atrás porque no quieren convertirse en estatuas de sal amarga.

Quien sale ahora es Craso; el gordo señor don Geovanny que a todos empalaga con su voz de argentinos acentos. Llega hasta donde se encuentra el portero de Seguridad.

– ¿Ha visto visto usted salir a un negro, Delgado?
– No… mi señor Craso…
– Tenga la vista bien preparada, Delgado… y cuando vea que un negro sale del edificio… ¡deténgalo inmediatamente!
– ¿Ha robado algo, mi señor Craso?
– No, Delgado. Pero necesito hablar con él hoy mismo para firmar un contrato.
– Pero mi señor Craso… ¿no iba usted a firmar un contrato con Baroja y Alvarenga?
– ¡No metas las narices donde nadie te ha llamado, Delgado! ¿Entendido?
– Ssssssiiiiii mi sssssseeeeeeñor Craso…

Mas el gordo Geovanny Craso no se da cuenta de que Otelo está a su lado una vez que ha salido por la puerta principal de Teleusa…

– ¿Le puedo servir en algo?
– Ni en nada ni para nada, señor…
– ¡Soy don Geovanny Craso, Director Comercial de Teleusa! ¿Desea alguna información señor… señor… señor…?
– José.
– Que tenga buen día, señor José.

Y Otelo escribe en su mente, con la pacífica mirada de sus ojos…

– «No te creo, Buendía, no te creo. ¡Pero si es verdad que Albita es sólo un capricho pasajero! No te creo, Buendía, no te creo».

Craso queda inmovilizado por aquella mirada tranquila…

– ¿Le sucede algo, señor Craso?

Craso se siente inseguro…

– Esto… sí… ¿no le conozco yo a usted de algo, señor José?
– Quizás.
– ¿Por casualidad no ha sido usted escritor?
– Sigo siendo todavía escritor.
– Perdone. Es una manera de hablar.
– Pues para ser usted todo un Director debería haber aprendido ya a utilizar bien los tiempos verbales. No he sido escritor sino que lo sigo siendo. Y no es por casualidad sino por talento que Dios me regaló cuando nacì.
– ¿Usted no ha hablado nunca conmigo en mi Despacho de Teleusa?
– ¿Dónde trama usted sus sucios negocios?
– Los extranjeros también tenemos que vivir.
– Viendo lo gordo que está usted veo que es verdad que vive muy bien engañando a los ciudadanos de este país. ¿O me estoy equivocando? Porque si es usted de verdad un Director Comercial de Televisión no me explico que compre tanta telebasura para tener a esta digna nación en un continuo subdesarrollo mientras rechaza programas de gran calidad.
– Es que no hay buenos guionitas en esta nación.
– Pues yo creo y esto y seguro de que sí los hay.
– Acabo de rechazar a dos petardos llamados llamados Baroja y Alvarenga.
– ¿Así que usted cree que el único gran guionista de Ecuador es Geminiano porque vino de Italia?

Geovanny Craso ve otra oportunidad de hacer un gran negocio para su ya crecida cuenta corriente en Panamá.

– ¿De dónde es usted, señor José?
– De España.
– Me da la sensación de que es usted un hombre muy inteligente y muy interesante. ¿Le puedo proponer un trato beneficioso para los dos?
– ¿Es bueno para la cultura de los ecuatorianos?
– ¿La cultura? ¿A quién le interesa, hoy en día, la cultura en este país?
– A mí sí. Por eso no voy a ganarme ni un solo centavo de sucre escribiendo basuras.
– No se cierre en banda como ha sucedido con un negro llamado Otelo cuando tenía el triunfo, el éxito y la fama en la mano.
– Estoy seguro de que se ha negado a participar de sus supercherías. Considere que ese tal Otero soy y le voy a dar un regalo.

El gordón Craso se frota las manos de puro placer.

-¡Busco algo que sea muy comercial.
– ¿Aunque sea una de las muchas basuras que programan, gordón?
– No importa que sea basura o no sea basura. ¡Sólo me importa el negocio para mi bolsillo!
– ¡Entonces le voy a regalar algo que le va a encantar!
– ¿Ahora mismo?
– Ahora mismo y sin ninguna clase de engaño.

José saca del bolsillo derecho de su pantalón la moneda de los cincuenta centavos de sucre.

– ¡Tome,avaro! ¡Qué bueno sería usted haciendo el papel del viejo Shylock de Shakespeare! ¡Ya tiene usted, Craso, cincuenta suculentos centavos de sucre más para seguir engrosando su figura física y, de paso, su fabulosa cuenta corriente en Panamá.

Pasa por la Avenida de la Aguja el cantautor con guitarra…

– ¡Yo quiero ser tu hermano y compañero y que seamos amigos de verdad! ¡Parapapá papá papá!

Craso toma, movido por el vicio de la avaricia, la moneda, mientras la voz del cantautor y el sonido de su guitarra se van perdiendo en la distancia…

– ¡Más allá del tiempo y la distancia, más acá de la pena y del dolor, Amigos para Siempre seremos tú y yo, Amigos para Siempre seremos tú y yo!

-Me voy con él, Craso y… por favor… olvide, si es que su conciencia puede hacerle olvidar, al negro Otelo. Espero, para que usted siga disfrutando a costa del humilde pueblo de este digno país, que nunca se entere don Jaime Mencía de Ávalos cómo trabaja usted y con qué fines trabaja usted. Pero no es mi problema que tenga usted dos caras.

Y José se marcha siguiendo el camino del cantautor con guitarra.

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