léeme la cadera

Soy sin ser, sin aliento, cual suspiro que robó el viento. Y no es cierto si no miento, en mi vida no hay cabida ni al dolor ni al sufrimiento.
Quiéreme lento, pero no despacio. Pues si sacio con lujuria los pecados de mi mente, no seré sin ser razón, aun si fuese suficiente.
Soy la carne de tus besos, presos necios entre hambre y penuria. Y con alambre ato tu sexo al cabo convexo de mi furia.
Soy el silencio que abruma el sabor de la venganza, con coraje y corazón, sin fé ni confianza.
Soy la gota de tu llanto cuando falto en tu cama, que con amianto espanto la sonrisa de tu almohada.
Soy el fin de cada historia, el muerdago en navidad, soy de piel y de papel, de cartón y de cristal.
Me duele, no se explicarlo. Aunque tampoco sé de que serviría.
Dame alas en todos tus sueños, dame penas y alegrías. Pues todo lo que soy tiene un motivo, y no soy todo lo que soy, si no soy siendo contigo.

Un comentario sobre “léeme la cadera”

  1. Reflexiones. Quizás la «concavidad» convexa de todo el texto sea reflejo de una definición mucho más enriquecedora que simplemente decir «ser o no ser». Me quedo meditanto en cada uno de los párrafos y descubro que, en ciertos momentos, somos parte de una historia mucho más interesante que la que nos han contado… porque esa historia nuestra es en la que, como has expuesto, la mente es a la razón como la pena y la alegría es al corazón. Leo muchas cosas más pero es mejor sentirlas que explicarlas. Un abrazo cordial.

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