Lilo y las gaviotas…

Son marineras y todas las mañanas cuando Lilo se acerca a las cornisas del malecón de aquel pueblo impregnado de olores y sal, mientras las olas del mar azotan la playa rompiéndose en las arísticas piedras del muro de contención, ellas llegan para escoltar a las barcas de los pescadores y poder comer los pescados que éstos arrojan al mar. Y están también los otros. Los de la caña y el sedal -ajenos a la voluntad de las gaviotas- intentando capturar «tiburones» en forma de atunes, carpas y congrios; pasando sus vidas entre anzuelos y carretes mientras Lilo abandona sus abigarrados pensamientos y se sienta sobre la roca para descansar envuelto en las blancas presencias de las gaviotas. En esfecto, es Lilo contemplando las vaporosas nubes que impregnan, de blanca sensación, la llegada de ellas.

Todas las gaviotas vienen en alegres y bulliciosas familias aéreas… pero aquella mañana la brisa marinera trajo a una muy especial, Llegaba mezclada entre un centenar. Sus compañeras pasaron lejos de Lilo mas ella, que era diferente, cruzó como un relámpago ante los ojos de él. Y volvió a pasar dos veces más…

En el pico traía una rama plena de ilusiones verdes y emociones en forma de esperanza que llenaron el corazón de Lilo. Desde entonces todas las madrugadas llega ella y se posa en los hombros de él, toma alimentos de las manos de él, charla, amantísima, con los recuerdos de él…

Lilo halló un nombre diferente para ella. Le quitó el número comunal, le otorgó una identidad personal y la llamó Ana.

Lilo y Ana miraban, todos los atardeceres, el regreso de las embarcaciones que atracaban en el pequeño puerto. Ambos conocían los océanos. Ella por viajera. Él por soñador. Y todos los anocheceres hablaban de viejos mundos bajo el Sol y de nuevas fronteras más allá de las estrellas. A la Luna la nombraron mensajera de los pleamares y cuando el reflujo de las olas acariciaba, mansamente, las arísticas piedras del malecón, él amaba las blancas ilusiones de ella y ella traía, en el pico, oleaginosas esperanzas para él. Ambos sabían que no era necesario vivir en el tiempo y que lo único agradable, para ellos, era vivir la intensidad de todos los segundos que removían las olas del mar. El ondulado caminar marino se convirtió en tobogán de la existencia: la única forma de vivir sus sinceridades.

Una de aquellas tardes, ella le preguntó:

– ¿Por qué miras tanto al cielo?.
– Porque deseo acompañarte hacia tus azuladas ilusiones.
– Pero no tienes alas, Lilo, no tienes alas…

En el siguiente atardecer Ana volvió a preguntar:

– ¿Por qué miras tanto al horizonte?.
– Porque ansío unir tus ilusiones a mis esperanzas.
– Pero no tienes barca, Lilo, no tienes barca…

Pasaron muchas horas, muchos días, muchos meses… y pasaron muchas tardes preguntándose y respondiéndose mutuamente… tan mutuamente que unieron sus vivencias en una sola canción.

– Tienes el corazón demasiado grande, Lilo, demasiado grande…
– Y tú tienes el alma demasiado extensa, Ana, demasiado extensa…
– Porque tengo alas y puedo volar hasta muy lejos del atardecer.
– ¿Podrías mostrarme ese atardecer de tus distancias?.
– Quizás…

Y la «q» de aquel quizás, que sabía tanto del querer de Ana, se introdujo en el quebrantamiento del corazón de Lilo. Fue por eso por lo que ambos quisieron viajar juntos…

Un amanecer él se sujetó a las alas de ella y remontaron el espacio; mas ocurrió que la mañana era demasiado violenta y Lilo se desprendió cayendóse al mar.

– !!Sujétate a las olas, Lilo!!.
– !!Lo intento, pero son muy blandas!!.

Y las olas lo arrastraron hasta las arísticas piedras del malecón.

Fue un golpe tan brutal que Lilo yació inmóvil. Y cuando Ana lo vislumbró, viéndolo inerte, lo dio por muerto… y marchó lejos, muy lejos, a secar sus lágrimas bajo el Sol… pero éstas eran tantas que aumentaron el caudal de las aguas del mar y Lilo fue arrastrado, remansadamente, hacia la playa. Hasta quedar depositado en la fina arena deonde las estrellas de mar descansaban sus fatigas.

Llegó el anochecer y la Luna montó guardia sobre el cuerpo de Lilo y cuando, al amanecer siguiente, el Sol despertó… un peregrino, que venía caminando desde el interior del lejano desierto, encontró al inconsciente Lilo y lo reanimó dándole de beber de una concha marina que llenó del agua de una hueca calabaza que colgaba de su cintura. Después, una vez reanimado lilo, refrescó el rostro del muchacho hasta que éste despertó del todo.

El peregrino guió a Lilo hasta la cueva donde habitaba un ermitaño en las estribaciones de la sierra que servía para separar la costa del desierto. El peregrino volvió a sus caminos y un día, pasado el mes del accidente, Lilo preguntó por Ana. El ermitaño, que había conocido a todos los seres del mundo, le respondió que lo único que él sabía de Ana era lo que comentaban los habitantes de la aldea costera.

– Dicen que una gaviota blanquísima, la más blanca de todas, se acerca todas las madrugadas a las barcas a por algo de comer y que, después, en vez de seguir la costa como hacen las demás gaviotas, ella se marcha lejos, muy lejos,,, hacia el altamar.
– ¿Es verdad o invención tal historia?.
– Ya sabes que los rumores de los aldeanos son a veces realidades y otras veces sólo son mitologías.
– Quisiera poder verla.
– No puedes. Se va muy lejos. Hacia lugares donde ningún marinero se atreve a seguirla. Además… no puedes todavía caminar porque no estás totalmente restablecido. Tus piernas necesitan más reposo,
– Pues yo caminaré hoy mismo.

Lilo tomó dos palos que se encontraban dentro de la cueva del ermitaño y, agradeciendo a éste por la atención recibida, caminó con dichos palos haciendo de muletas hasta la cornisa donde se encontraba el malecón. En su caminar se acompañaba de una botella de agua natural que le había regalado el ermitaño.

– Cuando tengas sed bebe de ella…

Al llegar, por fin, a la playa, casi exhausto por la fatiga, descubrió que la botella ya estaba vacía de contenido acuoso y pensó que podría utilizarla para introducir un mensaje en ella. Tomó un bolígrafo que también le había regalado el ermitaño y escribió en un papel blanco que encontró sobre la arena:

– «Tú me enseñaste a querer como quieren los olivos la tierra para crecer y los pájaros el nido. Tú me enseñaste a sentir como sienten los poetas sus versos para vivir y los niños sus cometas. Tú me enseñaste a amar como aman las gaviotas sus alas para volar y las olas sus derrotas».

Y arrojó la botella al mar.

Lilo permaneció durante dos días y dos noches sentado sobre una de las arísticas piedras del malecón costero. Mirando al cielo, Sólo mirando al cielo y en le más absoluto de los mutismos. Mirando al cielo por ver si volvía la gaviota blanca. Fue por eso por lo que no descubrió a aquel marinero hasta que le viejo «lobo de mar» le tocó en el hombro derecho, Entonces Lilo dejó de mirar al cielo y vio que el viejo marinero fumaba una pipa tan vieja como él. Y vio, igualmente, que en la mano izquierda sujetaba la botella que él arrojó…

– ¿Es tuya?.
– Si. La arrojé al mar hace dos días.
– Yo la encontré mientras faenaba. Apareció envuelta entre los pescados de mi red.
– ¿Leyó el mensaje que iba dentro?.
– Yo no sé leer. Yo sólo sé faenar en el alta mar. Mi puesto de trabajo es el alta mar y es ella mi único lenguaje escrito,
– ¿Y la ilusión de los viajes?.
– Eso queda para los poetas…

El viejo «lobo de mar» entregó la botella a Lilo y se despidió de él. Caminó hacia la playa, donde le esperaban sus compañeros para repartirse los pescados que habían sacado del mar. En la botella aún se encontraba el papel escrito en su interior.

Lilo se acercó al grupo…

Le dejaron sentarse junto a ellos y comer. Él escuchó las alegres conversaciones de los marineros de «La Esperanza» y después consiguió el permiso para quedarse toda la noche vigilando la barca mientras ellos se iban a festejar a las aldeanas cantinas. a festejar con mujeres, ron, ginebra y algo más que sabía a «incienso dominical» con regusto a fresa.

Lilo permaneció junto a «La Esperanza» hasta muy entrada la noche. Y serían las dos de la madrugada -y quizás algún minuto más- cuando, aprovechando las horas del pleamar, arrastró la barca hacia las aguas y subió a ella. A remar.

Aquella noche, bajo las estrellas del cielo y sobre las estrellas del mar, una extraña corriente marina -nunca conocida hasta entonces en aquella región- empujó a «La esperanza» hacia lo más interno del océano. La brisa hacía que el remar de Lilo triplicase sus avances hacia el horizonte. Allí, al llegar hasta la última frontera de las aguas… donde el cielo se junta con el mar… Lilo se quitó la camisa y la transformó en bandera sobre cuya nívea blancura pintó un S.O.S. Después la dejó caer sobre las olas atada con una cuerda a la quilla posterior de «La Esparanza».

Nunca más se supo de él. Pero todavía es muy común oír hablar a los viejos marineros, cuando cenan en todos los hogares de las aldeas costeras, sentados con sus familiares alrededor del fuego de las chimeneas, que aquel muchacho permanece allí… y que ha habido algunos que consiguieron distinguir, más allá de las neblinas y la bruma marinera, en las claras noches de luna llena, a una gaviota muy blanca que vive continuamente volando sobre una barca habitada por aquel misterioso joven. Y que son felices juntos. Y se comenta que él pesca los mejores pescados de la región para ella y que ella le lleva los mejores alimentos de las lejanas costas. Que permanecen juntos diás y noches y que son felices de verdad.

Como dijo el ermitaño: «A veces los relatos de los viejos «lobos de mar» son reales y a veces sólo mitoloógicos…» pero la existencia de Lilo y Ana, amándose día y noche junto a «La Esperanza», es un relato de los más verídicos que cuentan los marineros del mar…

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