Pepa y Lola, las de las flores.

Pepa vende rosas. Lola vende claveles. Las dos se ubican… ¡válganos el cielo cuando las da por discutir!… en la puerta del mercado donde el olor a aceitunas reclama la atención de las curiosas comadres. Pepa es una niña mientras Lola ya está bien entrada en años. La gitana Lola está deseando perder de vista a la paya Pepa…

«¡Oye, niñita de los peines! ¿Por qué no te das una vueltecita por los buenos aires y luego vienes y me lo cuentas, esaboría?» «¡Ni hablar de la peineta, doña Lola! ¡Yo he venido antes y tengo todo el derecho de mi sangre andaluza para estar donde he llegado!» ¡Válganos el cielo cuando las da por discutir! Es entonces cuando interviene él. «No discutan por culpa de las flores porque no hay razón suficiente para hacerlo. Voy a comprar un ramo de rosas y un ramo de claveles y sanseacabó la discusión» Es «El General». En el arrabal se han tejido muchas leyendas sobre «El General». La mayoría de todas ellas le presenta como un antiguo resistente. Uno de aquellos maquis que huyó a las montañas pero decidió, un atardecer cualquiera, de que era llegada la hora de ser parte de una pequeña sociedad. Y dejó sus heroísmos para convertirse en todo un personaje real dentro de todos nosotros. Las mujeres le adoran como si fuese un dios de la felicidad. Y él es feliz mientras se siguen tejiendo leyendas sobre él y su espigada silueta más propia del hambre que de las ganas de seguir en forma.

«Pues te digo yo que fue capaz de enfrentarse a todo un regimiento rival y los aniquiló a todos con una simple escopeta de esas de para ir de caza». «Si no fuera porque me lo cuentas tú no me lo creería, Adalberto». «¡Créelo porque es verdad, Miky». Adalberto es el zapatero y a «Miky» le dicen así por su sonrisa de ratón.

Hoy he visto a Marcelo recitar poemas entre los verduleros del mercado. Todos ellos ríen mientras él declama: «Cómo llegarte, soledad, sino contigo misma… De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, quieto en ángulo oscuro, buscaba en ti, encendida guirnalda, mis auroras futuras y furtivos nocturnos, y en ti los vislumbraba, naturales y exactos, también libres y fieles, a semejanza mía, a semejanza tuya, eterna soledad». No sé si él sabe que es de Luis Cernuda, pero los verduleros le regalan tomates de esos que ninguna comadre va a comprar de lo puro podridos que están. Y mientras él, sentado sobre la pila de «jabas» de cerveza, los espachurra dentro de su boca, manchándose los labios, el cuello, la camisa… yo le miro a los ojos preguntándome si sabrá lo que es estar enamorado. Creo que sí. Creo que sabe que lo está pero que también sabe que nunca le van a permitir que lo esté. Marcelo y su soledad. Su eterna soledad.

Continúo yo el poema que ha dejado sin terminar: «Me perdí luego por la tierra injusta como quien busca amigos o ignorados amantes; diverso con el mundo, fui luz serena y anhelo desbocado, y en la lluvia sombría o en el sol evidente quería una verdad que a ti te traicionase, olvidando en mi afán cómo las alas fugitivas su propia nube crean» «¿Qué estás haciendo, niño? ¡Deja ya de recitar porque te vas a ganar mala reputación en las calles!». «Conozco las calles de sobra, mamá, así que déjame hacer justicia terminando el poema». ¡Está bien pero si te llaman loco no es mía la culpa!». Sonrío mientras observo a Marcelo engullendo tomates tras tomates y manchándose cada vez más ante las risas de los verduleros. Y sigo tomando el relevo hasta reventar de necesidad…

«Y al velarse a mis ojos con nubes sobre nubes de otoño desbordado la luz de aquellos días en ti misma entrevistos, te negué por bien poco; por menudos amores ni ciertos ni fingidos, por quietas amistades de sillón y de gesto, por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, por los viejos placeres prohibidos como los permitidos nauseabundos, útiles solamente para el elegante salón susurrado, en bocas de mentira y palabras de hielo». «¿Pero se puede saber qué estás diciendo, sinvergüenza? ¿Todas esas cosas has hecho tú? ¡Verás cuando se entere tu padre!». Sonrío de nuevo sintiendo la victoria mientras Marcelo se me queda mirando, sorprendido, esperando a que yo termine de narrar para decirme que sí, que se acuerda de mí y de mis sueños…

«Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona que yo fui, que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, limpios de otro deseo, el sol, mi dios, la noche rumorosa, la lluvia, intimidad de siempre, el bosque y su alentar pagano, el mar, el mar como su nombre hermoso; y sobre todo ellos, cuerpo oscuro y esbelto, te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, y tú me das fuerza y debilidad como el ave cansada los brazos de la piedra». ¿Pero es que te estás volviendo majara del todo o te has enamorado de verdad?» Vuelvo a sonreir. «No, mamá, del todo no pero casi estoy dispuesto a admitirlo» «¿Qué tienes tú que admitir si eres más inocente que un gorrión en el juicio de Jarabo?» Se me pone la carne de gallina cuando escucho lo del juicio de Jarabo y, de repente, Marcelo se levanta, se limpia con las mangas de su manchada camisa la sangre… perdón… quise decir el jugo de tomates… para terminar lo que ronda dentro de mi cerebro…

«Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, oigo sus oscuras imprecaciones, contemplo sus blancas caricias; y erguido desde cuna vigilante soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, por quienes vivo, aún cuando no los vea; y así, lejos de ellos, ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, roncas y violentas como el mar, mi morada, puras ante la espera de una revolución ardiente o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, transparente pasión, mi soledad de siempre, eres inmenso abrazo; el sol, el mar, la oscuridad, la estepa, el hombre y su deseo, la airada muchedumbre, ¿qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; en ti, mi soledad, los amo ahora». Y grito porque no puedo seguir manteniendo tanta culpabilidad. ¡¡¡Es de Luis Cernuda, Marcelo!!!» «¡¡¡Gracias por entenderlo, poeta!!!».

Mi madre está enfadada. Enfadada y asustada ante las miradas vacías, las miradas de la ignorancia de todos los verduleros allí reunidos. «¿Se puede saber desde cuando te relacionas con el tonto del arrabal?» «Desde que la soledad le apartó del amor, mamá» Y mi madre me tapa la boca antes de que pueda seguir gritando que tengo ganas de revolverme contra todos ellos y liarme a chirlazos uno contra uno o de dos en dos si es necesario. «Si me prometes callarte ya y dejar de hablar con ese tonto te prometo que te regalo un cucurucho entero de aceitunas negras». Acepto solamente porque es mamá y no quiero que pase apuro alguno por mi culpa: pero sigo cada vez más convencido de que Marcelo conoce muchas más cosas que todos los demás chicos del arrabal juntos. Y es entonces cuando retumba el escándalo que viene desde la calle…

«¡¡¡Que te vayas a hacer puñetas de aquí, niñata de los ojos azules!!!» «¡¡¡Que le repito, vieja bruja de las adivinanzas, que no me sale del moño irme de aquí porque yo he llegado antes que ustez!!!» Me parece que esta vez «El General» no va a poder impedir la pelea mientras todo un corro de mirones y mironas rodean a las dos; a Pepa y a Lola, las de las flores. Entre la rosa y el clavel empieza una disputa general y cuando ya todos y todas están llegando a las manos con empujones y algún tortazo que otro que se pierde sin saber de dónde ha venido y en qué rostro ha estallado hasta que vemos a Mejías tapándose la cabeza para no seguir recibiendo… ¡llega el coche de los civiles!…

«!Ha empezado ella, cabo «Rubiales!» ¡»Rubio, niña, soy el cabo Rubio!» «Ya… pero como es usted tan guapo…» Ante la socarronería de Pepa al cabo Rubio, que todos conocemos que se tinta el pelo de rubio para dárselas de galán con las mujeres de «Las Brujas», se le hincha el pecho de satisfacción. «¡Es cierto cuanto dice la niña pero es necesario hacer justicia y he de decir y confesar que también Lola lleva gran parte de razón!» ¡»Cállese usted, «General», no vayamos a tener que sacar a relucir trapos sucios del pasado y salga usted condenado!» «Perdone usted, cabo Rubiales»… «¡¡He dicho antes y repito por segunda y útlima vez de que yo soy el cabo Rubio y no Rubiales!! ¡Cabo Rubio! ¡¡Cabo Rubio!! ¡¡¡Cabo Rubio!!!

Ante las voces del cabo de la Guardia Civil, el grupo de palomas que está picoteando entre los desperdicios que hay sobre la acera, remontan el vuelo asustadas. Yo recuerdo a Sara Montiel dentro de mis neuronas y tarareo en voz alta: «Si a tu ventana llega una paloma trátala con cariño que es mi persona. Cuéntala tus amores bien de mi vida coronala de flores que es cosa mia. ¡Ay! Chinita que si ¡Ay! Que dame tu amor ¡Ay! que vente conmigo chinita a donde vivo yo» Ante el pitorreo general que se ha armado, el cabo «Rubiales» -que todos sabemos bien por qué se tinta el pelo de rubio- entra en cólera. «¡Tú, jovencito, te vas a reir de tu padre!» Mi madre no aguanta eso de que se mente a mi padre en esta jerigonza y arrea un bolsazo, lleno de chuletas de cordero, al cabo «Rubiales» en los riñones. «¡Ay, ay, ay!» «Ni ay ni leches en vinagre. Usted será toda la autoridad que sea pero en mi familia mando yo y no consiente que nadie amenace a mi hijo ni que nombre a mi esposo para nada que yo no permita. ¿Me ha entendido bien, cabo Rubiales o cabo Rubio o como quiera Dios que se llame ustez?» «Sí, señora, lo he entendido perfeztamente bien! ¡Vámonos de en aquí, López, antes de que nos maten a los dos a bolsazos limpios!» Y los dos montan de nuevo en el coche y mientras se pierden por la calle del mercado ya está el colchonero Mejías intentado hacer negocio con «El Húngaro».

«¡En mire ustez, Chichinosky! ¡No hay mejores colchones que los de borra y no hay mejores colchones de borra que los que yo le ofrezco por unas simples y miserables diez mil pesetas nada más!» «¿Egtá ugté logco?» «Hablemos en cristiano entendible, Chichinosky. Le repito que donde estén los colchones de borra que se quiten todos esos de «Flex» que acaban de aparecer en el mercado» «Quég demognio ser eso de borrag» «¡Borrag no, Chichinosky! ¡He dicho borra y no borrag y no me sea borrego y aproveche la ocasión que le estoy en ofreciendo!»

Medito para mis adentros mientras mi madre me ha cogido de la mano para que no me meta otra vez más en camisa de once varas: «Antes de la entrada del verano las mujeres de casa hacen una limpieza general. Limpian todos los rincones, los cajones de las cómodas, los armarios… friegan a conciencia los suelos con lejía, jabelgan la fachada y, sobre todo, hacen de nuevo los colchones de borra que ya están duros de tanto uso durante el resto del año, estos colchones que tanto conocemos en casa, endurecidos y con la lana hecha pelotas de borra, apelmazada y lastimando los rinoñes de quienes dormimos en ellos. Para renovarlos acuden a los colchoneros como este gitano de Mejías». Los coclchones en los que pienso, y a los cuales tengo que sufrir junto con todos mis hermanos, están formados por un saco o tela que suele ser a rayas rojas junto con rayas blancas. Antes de renovarlos mi madre los deshace, lava la tela en el pilón de la cocina y cuando está limpia acude al gitano Mejías para que lo vuelva a llenar de borra después de esponjar la lana».

«¿Has conseguido parné, Mejías?» «¡Ni pa pipas, «Gitano», ni pa pipas! ¡Este «Chichinosky» es más roñoso que una chapa de Coca Cola en el vertedero de escombros que hay al costado del puente del tren de Arganda en tirada allí hace cinco años o más! ¡No pita el negocio, «Gitano», no pita ya el negocio y los del «Flex» van a terminar con todos nosotros!» «¡Malos tiempos pa los gitanos, malage!» «!Si no fuera por lo que me en da doña Obdulia por cuidarle sus terrenos ya estaría ya más en muerto de jambre que Carpanta en medio de un convento de monjas de clausura!».

«¡Escucha, monina»! «¡Si yo soy una monina ustez es una gorilona!» «¡Pero por la Virgencita de las Mercedes! ¿Se puede o no se puede hablar contigo? ¡Cómo me la maravillaría yo para hacerte comprender, preciosa y resalá que los hombres de verdad prefieren los claveles reventones antes que las rosas cursilonas!». «!En primer lugar respetando mi persona si es que ustez quiere que yo respete también la suya y en segundo lugar respetando mis frescas rosas rojas lo mismo que yo respeto sus vetustos claveles chuchufríos!». «¡¡¡Limones!!! ¡¡¡Tengo limones frescos!!!» «¿Se enpuede ustez encallar, Sandalio, ahora que ya estamos empezando a dialogar esta niña tan preciosa y yo?». Pero Sandalio no quiere saber nada de nada y sólo va a lo suyo: ¡¡¡Limones!!! ¡¡¡Tengo limones frescos!!!

Y así paso toda la mañana acompañando a mi madre al mercado que apesta a olores de sardinas podridas que han desechado y tirado en unos cubos al aire libre adonde acuden los mosquitos como una legión de quebrantahuesos dispuestos a hartarse a picar por todas partesde sus víctimas. Antes de irme ya está Marcelo recitando a la melonera por ver si cae algo más con lo que matar el hambre.

«La cebolla es escarcha cerrada y pobre: escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla: hielo negro y escarcha grande y redonda. En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre». «Te doy el melón pero antes me tienes que decir quién es el loco que te enseña esos poemas» «Miguel. Los aprendo de Miguel». «¡Ya decía yo que este «Zábal» va a traernos la ruina a todos los del arrabal! ¡Nos va a traer la ruina!» «¡No me refiero a mi primo, señora «Juja»! «La Juja» queda descolocada. «¿No es tu primo Miguel el que te las enseña?» «No señora «Juja», las aprendo de Hernández»! «La Juja» se presigna tres veces y se echa las manos a la cabeza. «¡Por Dios, por Dios y por Dios! ¿Quién será ese tal Hernández que enseña cosas tan irreverentes y revolucionarias a los niños de hoy en día sobre todo cuando son más tontos que Perico el de los Palotes?» «¡Llámeme tonto si quiere pero deme el melón prometido que de enlistarme ya me ocuparé yo a su debido tiempo». «¡Virgencita de los Remedios! ¡Ay, Virgencita de los Remedios, a ver si vamos a terminar en otra guerra civil!

Claro que el melón está totalmente pasado pero a Marcelo le sabe a gloria bendita…

(Cuarto cuento de la serie «Cuentos del arrabal» especialmente dedicados a «Pandito» el del guitarrón).

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