Petanca.

El Tío Eulogio sabe que, bajo la calor del estío, es muy difícil controlar el pulso; pero necesita alejar la bola de Remigio para alzarse con el triunfo. Remigio parece como adormecido por el sopor de la tarde. Un grupo de gorriones picotea en el solar vecino y el vecino, asomado al borde del abismo, sigue la partida con tanta intensidad que parece introducido en el combate. El Tío Eulogio toma su bola y se queda pensando. Remigio no piensa. Remigio no sufre. Remigio sólo espera que alguien le invite a un sorbete de limón para apaciguar el sopor que le recorre el rostro desde la misma boina de siempre. Esa boina de color pardo oscuro que le asemeja a un grajo en busca de algún misterioso soñar.

– ¡Vamos, Eulogio, que es tuyo!

El Tío Eulogio desvía su mirada hacia el vecino. Es Caracena, el de la tienda de comestibles y ultramarinos, el que desde el borde del abismo del puente de madera ha apostado por él. ¿Y Remigio? ¿Quién se ha atrevido a apostar por Remigio si hasta su propio compañero de juego desconfía de su inteligencia?

– ¡Atina bien, Eulogio, atina bien y dale en el centro!

¿Qué es el centro para Caracena?

– ¿Por qué no bajas tú y tiras tú y ganas tú y vences tú y triunfas tú y ligas tú?
– ¡No te enfades, Eulogio, y dale ya! ¿Es que un tonto te va a derrotar?

¿Qué se creen todos los demás que es Remigio?

– ¡Estamos esperando, Eulogio! ¡Arroja ya esa puñetera bola y dale en todo el centro!

El Tío Pedro no ha podido aguantarse más y ha desatado su boca.

– Si te crees tan superior a todos, Pedro, resuelve tú la partida.
– ¡Escucha, Eulogio! ¡O ganamos esta partida o la próxima vez juegas con tu tía la de Arcas!
– ¿Es que no te puedes callar ni diez segundos seguidos, Pedro?
– Veo que no estás hecho para estas lides, Eulogio.
– Y yo veo que no puedo concentrarme con tanta calor y con tanto listo diciéndome lo que tengo que hacer o lo que no tengo que hacer.

Remigio ha cortado una margarita y la está deshojando ajeno por completo a la tragedia en que se ha convertido el último punto de la partida. Para Remigio es más divertido pensar en el amor de un imposible que ganar o perder a la petanca. El sol cae de plano y al vecino Caracena le sudan las manos.

– ¿Por qué puñetas me ha tenido que tocar a mí?
– ¡No protestes tanto, Eulogio, y sé valiente!
– ¿Es que te crees único en toda la ciudad, Caracena?
– Es que creo que no tienes valor.

La cara del Tío Eulogio se descompone. Mira, de hito en hito, al vecino Caracena y suelta un improperio.

– ¡Ostias! ¡Me cago en tu sombra!

Remigio sonríe. Nadie sabe por qué sonríe Remigio. Lo que sucede es que al terminar de deshojar la margarita ha salido que sí.

– No puedo… no puedo, Pedro… no puedo concentrarme…
– ¡Eulogio! ¡Olvida a Caracena y saca valor!

Interviene el cronista Chirveches para dar solemnidad al tiro.

– ¡Si eres capaz de atinar a la bola de Remigio mañana sales en la portada del ABC!
– ¿Yo en la portada del ABC?
– Sí. Tú en la portada del ABC aunque nadie te conozca en absoluto.
– ¿Eso de absoluto qué quiere decir?
– Que la noticia no eres tú sino las Fiestas de San Julián. Tú sólo serás un anónimo en la fotografía de la portada del ABC.
– ¿Y si gana Remigio?
– Remigio no sabe nunca ganar…

Remigio solamente sonríe.

– ¡Esto es para comer cerillas!
– ¡Que hagas el puñetero favor de callarte, Caracena! ¡Si esto es para comer cerillas a qué esperas para empezar a comerte la caja entera!
– ¡Contigo no va la fiesta, Pedro!

El cronista Chirveches apacigua los ánimos.

– Ya es hora de templar los ánimos. Quien debería estar nervioso es mi compañero de partida Remigio y, sin embargo, solamente sonríe. Nunca será un ganador pero nos está venciendo a todos.
– ¿El tonto de Remigio?
– ¿Por qué le llamas tonto, Eulogio?
– Es para darme ánimos, Chirveches.
– ¿Y para tener valor es necesario insultar a los santos inocentes?
– Mi sobrino nieto dice que sí.
– ¿Quién de ellos?
– El mayor de todos.
– ¿Es nacido en esta ciudad?
– Eso dice su carnet.
– Sería interesante hacer una entrevista a su sobrino nieto mayor…
– ¡Lanzas o no lanzas ya, calzonazos!
– ¡Escucha bien, Caracena! ¡Si lanzo la bola y acierto tú saldrás ganando en las apuestas! Así que me dan ganas de fallar adrede.
– ¡Ni se te ocurra fallar adrede, Eulogio!
– ¡No te preocupes, Pedro! ¡Voy a conseguir un tiro perfecto! Pero si no ganamos tampoco gana Caracena…
– Como cronista de esta ciudad nunca he podido comprender ciertos atavismos sociales.
– ¡Pero leches Chirveches!
– ¿Eres capaz de hacer poesía en estos momentos tan dramáticos?
– No soy capaz ni de escribir un terceto pero eso de atavismos sociales no sé qué significa.

A Chirveches la da un ataque de risa que descompone a Pedro.

– ¡Escuche, señor cronista de esta ilustre ciudad, todavía no han ganado la partida!
– Espero no ganarla… no soy tan narcisista como para querer salir yo en la fotografía de la portada del ABC… porque eso sólo queda para los anónimos o para los personajes de la alta sociedad…
– ¿Y qué opina de todo eso Don Torcuato?
– A Don Torcuato sólo le interesa la noticia nada más.
– ¡Odo, odo y odo! ¡Tiras ya la bola o no la vas a tirar nunca, vecino!
– ¡Caracena! ¡Después del triunfo vamos a celebrarlo tú y yo, pero de una manera muy especial!
– ¿Me estás amenazando, Eulogio?
– Solamente te estoy avisando.

Remigio hace tiempo que ya no está presente. Se ha hundido en su propio mundo y no sabe bien cómo expresar sus emociones. Por eso solamente sonríe.

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