Sagitario (Novela del Oeste) -1-

Kansas City. En época de historias y leyendas del Viejo Oeste, un «pingüino» llamado así por su nariz aguileña, el estrafalario corte de chompa que usaba y su patosa manera de caminar debido a su enorme gordura, estaba siempre a merced de los caprichos de la bruja Mari Juana. En realidad se apellidaba Sagitario y todos le conocían como Sagi. Le encantaban las pistolas más modernas del Viejo Oeste de aquellos tiempos, a las cuales él las denominaba «pipas» porque descendía de padres y abuelos argentinos.

Sagi solamente era un pistolero bravucón, feo como el Demonio, que siempre se balanceaba en las barras del saloon «Milboona», mientras la Mari Juana lo convertía, tantas veces como le daba la real gana, en un pelele titiritero o incluso en macho cabrío, entre copas y copas de ron, cuando daba rienda suelta a los celos y las envidias contra «La Chica», que cantaba y bailaba sobre el estrado todos los viernes por las noches. Entre ron y ron por aquí y ron y ron por allá, Sagitario, Sagi para todos los que se burlaban de él, se quedaba ronco intentando hacer compañía a la linda y escultural «Chica» del «Milboona» viernes tras viernes.

En aquel saloon, y esto era muy famoso y conocido en todo el Viejo Oeste, se reunían lo pistoleros más duros, rudos y matones, que la imaginación pudiera concebir. Entre ellos destacaba el famoso Cisco King. Ninguno de todos ellos hacia caso alguno del bravucón Sagi que se empeñaba, viernes tras viernes, y para deslumbrar a «La Chica», en retar a un duelo a muerte nada más y nada menos que a Cisco King quien, sin embargo, seguía jugando, viernes tras viernes, en la mesa de póker donde todos se pasaban el tiempo pensando siempre en 0 hacer las conocidas y sabidas trampas de aprovechar los descuidos ajenos para guardarse los ases en las bocamangas de sus camisas vaqueras.

Mientras tanto, de manera muy disimulada, Cisco King (al igual que hacían todos los allí presentes) no perdía de vista las ocasiones propicias para poder contemplar a «La Chica» que cada día era más linda con su rostro totalmente juvenil y cada día más sexy y sensual con su cada vez más escultural cuerpazo.

La noche de un viernes del mes de mayo, Mari Juan no pudo aguantarse más.

– Sagi… -ronroneó por lo bajo, como gata celosa, a su pelele.
– ¡¡Livogeid!! -maldijo entre dientes Sagi quien, como siempre, estaba ya borracho del todo.

Decían los que le conocían bien que era casi imposible verle en otro estado que no fuese el de borracho perdido y lo de ¡¡Livogeid!! era su exabrupto preferido porque significaba su nombre y primer apellido, Diego Vil, pero al revés. Sagi era Diego Vil Sagitario y su exabrupto preferido ¡¡Llivogeid!! era muy típico en su torpe manera de hablar cuando su borrachera llegaba ya a extremos verdaderamente graves.

– ¡¡¡Quiero bailarrr… bailarrr… bailarrr…!!! -le gritaba la bruja Mari Juana al pobre pelele Sagi.
– ¿Para qué quieres bailar ahora, Maruja?

Mari Juana bajó la voz hasta hacerla casi inaudible.

– Para hacerlo mejor que ella…
– ¿Mejor?
– Mejor…
– ¿Mejor, Ana?
– Haz el favor de llamarme Maruja solamente. Lo de Ana déjalo para momentos importantes.
– ¿Y qué quieres que haga yo si ella te gana en todo?

Mari Juana le soltó una sonora bofetada al asustado Sagi mientras chillaba para que todos la pudiesen oír con total claridad.

– ¡¡¡Hombres de Kansas City!!! ¡¡¡Selectos machos del Oeste más bravío de toda América!!!¡¡¡Yo lo hago mejor que ella!!!
– Perdona que lo dude -ironizó Cisco King sin demostrar interés alguno.
– ¡¡¡Me refiero a bailar, vaquero!!!
– Llámame Cisco King… pero no estoy interesado en bailar contigo…

Mari Juana apretó los dientes con furia.

– ¿Qué tiene ella que no tenga yo, Cisco King o como quiera que te llames?
– ¡Jajaja! No puedo dar respuestas a preguntas absurdas.

«La Chica» dejó de cantar y sonrió a Cisco King por su amabilidad aunque era un extraño para ella. Mientras Mari Juana ardía ya de celos y de envidia.

– ¡¡¡Sagi!!! ¡¡¡Quiero bailarrr… bailarrr… bailarrr…!!!

El aludido no sabía que decir ante la risotada de todos los parroquianos del «Milboona»

– ¡¡¡Jajajajaja!!!

Cisco King siguió jugando al póker mientras volvía a ironizar.

– El pobre Sagitario sólo puede bailar esta noche con la escoba de una bruja.
– ¡¡¡Vamos a demostrarles a todos estos ignorantes cómo se baila un tango argentino en pareja en lugar de esas tontas canciones del country!!!
– No puedo esta noche, Maruja…
– ¿Cómo eres tan poco hombre?
– No es eso. Lo que pasa es que estoy como una cuba.
– ¡Y cada vez más gordo, idiota!
– Sagitario no quiere decirle, señorita, que está más gordo que nunca, aunque eso es verdad, sino que está borracho por completo.
– ¿Y tú te atreverías a bailar conmigo un tango, bravucón?

Cisco King ya estaba otra vez montando el cisco sin que él tuviera la culpa pero una extraña maldición hacía que siempre estuviese armando broncas y peleas por donde pasaba. Y como Sagi no hacía nada más que buscar la oportunidad de aparentar ser un héroe ante «La Chica» que seguía sonriendo a Cisco King le provocó a éste.

– ¡¡Usted no es más que el Rey Bronco!! ¡¡Pero más macho soy yo!!

Cisco King, impertérrito, no hizo caso del pelele Sagi y siguió jugando al póker donde era un verdadero as haciendo toda clase de trampas sin que nadie se diera cuenta y desplumando, de esta manera, a los rudos vaqueros que jugaban contra él. Ninguno de aquellos famosos pistoleros hacía caso de las provocaciones del borracho Sagitario en el saloon «Milboona» que se encontraba, como todos los viernes en que se anunciaba la presencia y actuación de «La Chica», lleno de bote en bote, lleno hasta los topes y, como sucedía todos los viernes en que ella actuaba, abarrotado de muchos hombres y de bastantes mujeres que habían venido incluso desde puntos tan lejanos como la Región del Great Basin o incluso de Canadá para verla y admirarla pues su belleza y su sensualidad verdaderamente sexy ya traspasaba las fronteras.

Mientras estos acontecimientos sucedían en el «Milboona», en la acera de enfrente, justo ante el saloon, se encontraba la oficina del sheriff Mendoza Bolt, quien ahora descansaba sentado en una silla y con los pies apoyados en la balaustrada de madera donde se ataban a los caballos. Fumaba sus acostumbrados cigarrillos junto a su ayudante llamado «El Solitario» quien, igualmente, estaba descansando de la misma manera que el sheriff. «El Solitario» tenía a su yegua «Blanca» siempre atada al postigo de la oficina, mientras que el sheriff Mendoza Bolt dejaba a su caballo «Yupanqui» (cruce de potro blanco con yegua cobriza) libre por la cercana pradera porque sabía que, lanzando un suave y sencillo silbido, rápidamente el caballo iba a donde él se encontraba.

«La Chica» cantaba, reía deliciosamente con mucha sensualidad en su juvenil rostro, lleno de hermosos y alucinantes reflejos sexys junto a la boca, y emanaba gran erotismo involuntario de todo su cuerpo… bailando mientras contoneaba su escultural cuerpo que era totalmente natural y virgen. La Mari Juana se la «comía» con los ojos y la deseaba con una ansiedad que se reflejaba en sus febriles miradas. Tanto en frío como en caliente, nadie había visto a una mujer tan hermosa como «La Chica»… que despertaba violentas pasiones tanto en los hombres como en algunas mujeres como sucedía con Mari Juana y su íntima amiga Coca Ina que servía de alcahueta y mensajera de los deseos de la bruja y que, por ello, le gustaba que la llamasen con el apodo de «Vigía» por lo de alcahueta y mensajera. Así que todos los hombres allí arremolinados «devoraban» con sus miradas a «La Chica» e incluso bastantes mujeres ansiaban llevársela a la cama, de manera muy especial la bruja Mari Juana que sentía verdadera obsesión por poseer sexualmente a aquella jovencita de tan solo 16 años de edad pero ya toda una mujer.

Por allí pululaba también Adri Els, cuyo verdadero nombre era Adriel Alphonse Ciano, un francés que se había convertido en millonario con la venta de reses bravas y que ahora era dueño del famoso Hotel Gable y del Morange Club, sólo para la gente más distinguida y de mayor clase social de Kansas y el resto de todo el Viejo Oeste. Adri también, cómo no, deseaba ir a la cama con «La Chica». Pero ésta sólo actuaba el pequeño tiempo de media hora y, rápidamente sin decir nada a nadie, cobraba un cheque de una muy buena suma de dólares y se iba al Hotel Gable a descansar en su cómoda habitación, cuya ventana también dejaba ver a la oficia de Mendoza Bolt, a quien observaba atentamente «La Chica» (sin que él se percatara) ya que le llamaba poderosamente la atención la manera tan simple y sencilla con la que el sheriff fumaba sus cigarrillos.

– ¡¡¡Quiero bailarrr… bailarrr… bailarrr…!!! -repetía una vez más Mari Juana a Sagi.

Pero esta vez ya era demasiado tarde. «La Chica» se había ido y sagi se tomó un vaso de tequila de un sólo trago. ¡Cuánto le gustaba a Sagitario meterse entre pecho y espalda un buen vaso de tequila desde los tiempos en que, mucho más joven, había vivido amorosas experiencias, tanto con mujeres como con hombres, en las lejanas tierras mejicanas de California del Sur,a donde había llegado desde su Argentina natal y de donde tuvo que salir huyendo de las autoridades mejicanas que querían detenerle por poseer, fumar y vender públicamente, sobre todo en los colegios de los adolescentes, cantidades bastante grandes de cocaína y heroína!. ¡Ahora no! Ahora sólo la Mari Juana era su heroína predilecta. Pero los chillidos histéricos de la bruja estaban destrozando, en esos momentos, los nervios de Sagitario, quien gritó a pleno pulmón en medio de la fiesta del «Milboona».

– ¡¡¡No puedo, Mari Juana!!! ¡¡¡No puedo!!! ¿No ves que soy un impotente?

Y, «salido» como estaba recordando las imágenes de «La Chica», salió de estampida del saloon «Milboona» porque pudo, gracias a la inestimable ayuda que le brindaron los recién llegados al local, el sheriff Mendoza Bolt y su ayudante «El Solitario», a montar más o menos bien en su potranca «Flor»… con la cual se perdió en el horizonte hasta llegar a Omaha.

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