Selmo

En la guardilla de la casa tenían las palomas, todo estaba bastante dejado y sucio, las aves estaban ahí, de cualquier manera, no había demasiada higiene. El olor no era el más adecuado.

Selmo tenía la mente de un niño, pasaba de los cuarenta. Su padre lo dejaba horas encerrado en lo alto, junto a las palomas, él no podía hacer nada más que sufrir esa humillación por parte de aquel hombre padre, siempre en compañía de gente de mal y de peor. Selmo, ni siquiera sabía bien, bien, lo que era una humillación.

Selmo había sufrido un ataque por falta de medicación, los golpes que había propinado a las jaulas abrieron las puertas y las palomas enloquecían por la diminuta estancia.

El hombre estaba sentado sobre una cama, sus gritos eran desgarradores, su llanto era puro y crudo, tenía las piernas cruzadas y con las manos sujetaba la parte superior del cadáver de su madre, fallecida desde unas ocho horas. Con la parte superior de su cuerpo se balanceaba, se impulsaba hacia delante, en una danza para difuntos, las mucosidades y las babas caían sobre el rostro pálido del cadáver, no dejaba de repetir ¡Mamá, que te pasa! Una y otra vez. Entre la respiración asfixiada por el impulso rabioso de tristeza, sus lágrimas, sus gritos, sus ojos fuertemente apretados que se abrían y volvían a cerrar con fuerza, mientras lloraba desconsolado sin que nadie a su lado lo consolara y ayudara a vivir ese duelo, muy incomprensible para su poca capacidad mental; allí en medio estaba su limitada inteligencia, su duelo… De vez en cuando con el dorso de la mano se enjuagaba los fluidos que colgaban de su nariz, de sus labios; sus ojos llorosos resbalaban sobre su infantil y adulto rostro, repitiendo una y otra vez ¡Mamá, que te pasa! Apenas podía acabar la frase. El cadáver que sostenía inútilmente flotaba fríamente entre heces de paloma y el canturreo de palomos que no sabían donde colocarse e iban probando aquí y allá, y los fuertes brazos de un hijo muy alejado de un hombre que debería ser su padre, ser un padre que no hubiese dado lugar a toda aquella angustiante situación. Mientras tanto las palomas revoloteaban asustadas, por la crudeza de esa danza fúnebre de un hijo que no sabía desprenderse del cuerpo sin vida de su mamá, sentado él sobre una estúpida cama repleta de diminutas heces de paloma, de plumas pequeñas. Allí llorando, allí sufriendo, allí gritando.

Tiempo pasó que… Una Tía de Selmo consiguió rescatarlo de la reclusión estatal, de la tutela del estado. La casa fue vendida. Tiempo antes la policía logró rescatar a su padre de sus secuestradores, se pudo averiguar que se trataba de una especie de ajuste de cuentas felizmente frustrado por la policía. Sin embargo, un juez determinó graves imprudencias y descuidos por parte del padre de Selmo…

A Margarita y a su marido Eduardo, les concedieron la custodia de Selmo. Aquello significaría otros amores, otros aires, otros reconocimientos, otros cariños. Otras atenciones.

Poco después, las investigaciones policiales lograrían averiguar que ocurrió.
Selmo ya no volvería a tener relación directa con su padre, ya no volvería a inquietarse ante la estampa de aquel individuo, que entre otras cosas, tuvo el brutal valor de pedir a otra persona, que acompañase a su mujer en el parto de Selmo, mientras el padre se preocupaba en fijar unos maderos en las patas delanteras de sus caballos, para que no avanzaran más de la cuenta…

3 comentarios sobre “Selmo”

  1. sentado él sobre una estúpida cama repleta de diminutas heces de paloma, de plumas pequeñas. Allí llorando, allí sufriendo, allí gritando., desgarrador texto, me ha parecido exce4lente la metáfora de las palomas que sobrevuelan todo el escrito, lo triste de lo humano, las heces y las alas que se abren para Selmo.Saludos.

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