Una metáfora, dos tiempos y tres cualidades de la política

Tras votar la ciudadanía debe seguir vigilante y exigente con su clase política.

Por razones familiares he vivido estas elecciones desde una Europa con mayor tradición democrática, en un idioma de gran historia cultural y desde una razonable distancia. Conversar y explicar nuestra realidad política a amigos extranjeros, y sobre todo escuchar sus apreciaciones, ha resultado sumamente clarificador. También el hecho de que, por primera vez he ejercido el derecho de voto por correo, hace unos días. Pude comprobar que es, a un tiempo y por extraño que parezca, engorroso y susceptible de manipulación. Espinoso porque exige ir por dos veces a Correos en persona, y problemático porque cuando llega la hora de votar no se requiere y no se asegura el secreto del voto, por lo que es posible –como se ha denunciado y verificado- que algún desaprensivo pueda exigir el voto por correo para controlar su destino. Esto debiera ser corregido, aunque no es el núcleo central de este artículo.

Concluidas las elecciones, y cuando todos los analistas y partidos se aprestan a usar la calculadora para explotar la aritmética del resultado, quizá lo más conveniente sea una reflexión cualitativa para la ciudadanía, haya o no ejercido su opción de acudir a las urnas. Todo ello con el fin de presionar y transmitir a nuestros representantes políticos lo que esperamos de ellos y lo que hemos de exigirles.

Una metáfora de la política. Las elecciones suelen ser vistas como competiciones deportivas, donde unos ganan y otros pierden. Es una desafortunada alegoría. Todos sentimos una relativa repulsión cuando la noche electoral todos los partidos proclaman que han ganado: ¿A quién? Porque todos percibimos que nadie nos ha ganado, hayamos o no depositado nuestra papeleta, y haya sido coincidente con más o menos de nuestros convecinos.

La política se percibe mejor como la construcción de una gran casa donde quepamos todos, donde toda la sociedad se sienta lo más confortablemente acomodada. Es cierto que cuando un municipio, una diputación, una autonomía, un estado o un continente deciden configurar un marco común de convivencia las visiones pueden ser diversas e, incluso, divergentes. Por ello, la política –que es el mejor sistema inventado para vivir en sociedad- se articula en dos etapas consecutivas y cíclicas.

Dos tiempos políticos. Para ir evolucionando y eligiendo lo mejor en cada momento histórico, las elecciones se suceden periódicamente cada cuatro o cinco años (siete en otros países). Y en cada legislatura pueden y deben diferenciarse dos fases: El período de campaña electoral y el curso de acción de gobierno. En el breve lapso previo a las votaciones conviene que las distintas opciones políticas diferencien y maticen sus mensajes alternativos para buscar y ampliar sus electorados. En estas semanas cabe exacerbar el contraste, rivalizar en las soluciones e incluso predicar la superioridad de algunas medidas en comparación con otras disyuntivas. Por desgracia, algunos políticos se confunden y permanentemente se mantienen en campaña electoral, sin ejercer su papel de gobierno o de oposición en las instituciones. Con ello, actúan en una labor de zapa que no permite el avance alcanzable bajo la batuta de quienes han sido elegidos para administrar durante un plazo.

Una vez que la ciudadanía ha hablado con su voto, incluida la abstención, el voto blanco o nulo, e incluso los resultados de partidos minoritarios, es tiempo de aplicarse al trabajo, con sistemas eficaces basados en las mayorías. Entonces es cuando se puede apreciar la bondad y la inteligencia de la clase política, cuyos mejores atributos deben manifestarse en tres ejes básicos.

Tres cualidades políticas. La misma noche electoral es un momento idóneo para advertir la calidad de los políticos, sobre una triple observación. Primero, la humildad. Alguien designado por sus conciudadanos ha de saber, aunque haya sido elegido por una mayoría abrumadora, que sólo es una designación temporal, por unos años, y que se debe no sólo a sus electores, sino al conjunto de la sociedad ante la que se ha presentado y a la que sirve con un grado mayor o menor de representación. Esta primera cualidad escasea sobremanera, y muchos de nuestros representantes políticos se creen ungidos por algo sobrenatural, o sólo por su aparato de partido, olvidando que son meros intérpretes circunstanciales de la voluntad popular.

Sin esta premisa de servidumbre en un dirigente político, es difícil cumplir debidamente con la necesaria segunda actitud: el respeto. Todo candidato electo debe, inexcusablemente, un máximo respeto a la sociedad ante la que se ha postulado, ante todo ese extenso cuerpo social, tanto ante quienes le han elegido, como ante quienes NO le han escogido por haber preferido a otras personas. Por tanto, todos los políticos democráticos deben ser respetuosos con sus adversarios políticos, porque son personas que también representan a porciones de sociedad, al igual que ellos mismos. Por ello, toda falta de respeto e incluso el habitual desprecio del oponente sólo desdice de la capacidad de representación. Tristemente, no hemos superado la época del insulto extemporáneo y de la descalificación del contrario, sin advertir que se está despreciando a los sectores sociales que han elegido a esas opciones políticas, con independencia del peso electoral relativo que alcancen.

La tercera y última aptitud política es la eficacia. Esta facultad se basa y fundamenta en las dos anteriores virtudes: la humildad y el respeto. La capacidad ejecutiva debe considerar permanentemente su respaldo temporal y la complejidad de una sociedad plural. Esta competencia debe leer el resultado global en su municipio o en su autonomía y avanzar de acuerdo con la mayor parte de la totalidad de los electores. Tampoco abunda entre nuestros políticos en este tiempo. Todavía hay quienes buscan ventajas partidistas, aún a riesgo de provocar grave división o fractura social.

Como síntesis final, y en aplicación de los resultados más próximos a nuestro entorno, podrían apuntarse algunas convenientes tendencias, que previsiblemente NO serán seguidas en ningún caso por la clase dirigente que sigue gobernando con fórmulas basadas en metáforas de competición, mezclando etapas electorales y con insuficientes cualidades políticas. En Getxo, donde PNV y PP han obtenido el mismo número de concejales (10) junto a 4 del PSOE y 1 de EB-Berdeak-Aralar, debiera gobernar un alcalde del partido más votado (PNV) en coalición paritaria y circunstancial con el PP, porque así lo ha querido el electorado de Getxo, nos guste más o menos a unos u otros. En Bilbao, con un reparto de 13 concejales del PNV, 9 PP, 9 PSOE y 2 de EB-Berdeak-Aralar, también lo más representativo sería un gobierno PNV-PP. En las Juntas Generales de Bizkaia, con 23 junteros de PNV, 14 del PSOE, 8 del PP, 4 de EB-B/A, 1 de EA y 1 de EAE.ANV, debiera presidirlo una coalición coyuntural PNV-PSOE también con amplia mayoría, y que respetase el reparto general del corpus electoral y de todas las sensibilidades representadas.

La clase política debería ser educada y educadora para toda la ciudadanía. Los políticos habrían de comprometerse a enseñarnos a convivir, con humildad del poder que se transitoriamente les otorgamos, con exquisito respeto para los demás representantes que lo son porque algunos de nosotros los hemos elegido, y con la eficacia que surge mejor de la suma de las mayorías del electorado. Si a algunos aspirantes a gobernantes les parece incómodo, no ajustado a sus expectativas o difícil de conseguir, que se retiran a las posiciones de meros electores para dejar paso a verdaderos estadistas que actúen en base a lo que las urnas fielmente han expresado.

Mikel Agirregabiria Agirre. Educador
blog.agirregabiria.net

Versión para imprimir en: mikel.agirregabiria.net/2007/123pol.DOC

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