Una vieja deuda (Novela del Oeste) -1-

– Escuche bien, señor juez… ¡es urgente y necesario que esa indeseable señorita abandone para siempre Laredo!
– ¿A qué señorita indeseable se está usted refiriendo, señora Morgan?
– ¡No disimule como disimulan todos los demás! ¡¡Usted el el juez de Laredo y tiene que ser siempre un ejemplo para todos los demás!! ¡¡¡Sabe muy bien que me estoy refiriendo a Mercedes Bank!!!
– No se irrite tanto, señora Morgan, porque veo que está usted al borde de un síncope cadíaco…

La señora Morgan sacó un frasco aromático y lo olió profundamente.

– ¿Puede decirme ya qué mal ha cometido la señorita Mercedes Bank para que tenga que expulsarla para siempre de Laredo?
– ¿Pero es que usted no la ha visto nunca?
– Las suficientes veces como para afirmar que es la chavala más guapa que han visto mis ojos.
– ¿Y usted cree que es un buen ejemplo para todos los habitantes de Laredo que siempre vaya con esos vestidos tan escotados y esas faldas tan cortas?
– Siento que sea usted de la Liga Feminista, señora Morgan, pero que yo sepa todo lo que alegra la vista es edificante y no destructivo.
– ¡¡Es usted tan machista como todos los demás de este pueblucho!!
– En primer lugar, señora Morgan, no soy ni machista ni feminista. Estoy al margen de las peleas que tienen ustedes las de la Liga contra los del Círculo Masculino. Yo soy el juez y como juez tengo que mostrar equilibrio en mis emociones.
– ¡Pues se emociona usted demasiado cuando ve pasar a esa tal Mercedes Bank vestida como si estuviéramos en un balneario de la costa de California en lugar de un asqueroso pueblucho de Texas!
– Muérdase un poco su lengua, señora Morgan, porque Laredo no es un pueblucho sino toda una ciudad con sus agentes del orden nombrados democráticamente por toda la población. En cuanto a la señorita Mercedes Bank ella no tiene la culpa de que su esposo, aquí presente, la mire con tanta ansiedad como la miran los más salidos de sus casillas. Y como ella no tiene la culpa…
– ¡¡Cállate, Cesáreo Fornieres!!
– Lo siento, Gimi Morgan… pero la verdad es la verdad… y no debo ocultar la verdad…
– Mira, Cesáreo. Nos conocemos desde que usábamos pantalones cortos y robábamos peras de la huerta de Benito Lacroix. Que yo sepa tú tampoco eres de piedra.
– Pero no engaño a mi esposa con todas las que se me ponen a tiro. Y perdona que lo diga pero lo sabemos todos los que vivimos en Laredo y todas las que viven en esta ciudad.
– ¡Que mi esposo tenga debilidades y haya cometido algún desliz que otro no tiene nada que ver con esa señorita tan indeseable!
– ¿Indeseable Mercedes Bank? Será indeseable para las que forman la Liga Feminista porque, que yo sepa, desearla la deseamos muchos, incluído su querido esposo.
– ¿No vas a hacer nada para taparle la boca a este bravucón, Gimi?
– Puedo hacer algo si tú dejas ya de hablar como una cotorra en celos.
– ¿Te atreves a decirme cotorra en celos, Gimi Morgan? ¿No recuerdas que sólo eras un pobre destripaterrones cuando tuve la desgracia de enamorarme de ti y que gracias a mis dineros te has convertido en el personaje más acaudalado de todo el estado de Texas?
– ¡Dejen ya de pelear como siempre! Lo que intento poder saber es para qué han venido, en realidad, a mi oficina.
– ¡¡Está bien claro que yo he venido para pedirle que expulse de inmediato y para siempre a la señorita Mercedes Bank de esta ciudad de Laredo!!
– Pero quizás su querido esposo no haya venido a mi oficina por ese motivo sino por otra razón. ¿Me equivoco, Gimi?

En la oficina del sheriff Andrew Castle, éste se estaba limando las uñas de sus manos mientras tenía extendidas sus dos piernas sobre la mesa y su ayudante George Jean Louisville le escuchaba atentamente sentado frente a él.

– Yo no lo haría. ¡Me parece una traición!
– ¿A qué se está refiriendo, jefe?
– Gimi Morgan es el propietario de casi todas las tierra de Laredo y el hombre más adinerado de todo el Estado de Texas. Sólo le falta conseguir el extenso terreno de El Poyote que es propiedad de esa sensacional belleza llamada Mercedes Bank.
– Y eso nos va a traer complicaciones, ¿no es verdad?
– Efectivamente, George Jean, eso nos va a traer complicaciones porque Gimi Morgan ya ha venido a hablar conmigo y supongo que ahora lo estará intentando con el juez Cesáreo Fornieres.
– ¡Por San Saturnino! ¿Qué me está queriendo dar a entender?
– Que yo he rechazado su proposición pero Fornieres y Morgan son amigos desde la más tierna infancia; desde que eran unos simples robaperas de la huerta de Benito Lacroix.
– Por cierto… ¿qué sucedió, al final, con el viejo Benito? Un día desapareció y ya no hemos vuelto a verle.
– De eso hace tantos años, George Jean, que seguro que está criando malvas en alguna tumba de El Paso por poner un ejemplo.
– ¡Por San Saturnino! Éramos muy niños entonces, jefe, pero nunca se supo la verdad.
– Quizás Gimi Morgan y el juez Cesáreo Fornieres sepan más de los que contaron en su día.
– Bien. Volvamos al día de hoy. ¿Qué sucede entre Gimi Morgan y Mercedes Bank?
– Ese no es el verdadero problema, George Jean.
– No le entiendo, jefe.
– El verdadero problema no es, en esta ocasión, lo que sucede entre Gimi y Mercedes porque entre ellos no sucede ni ha sucedido nunca nada hasta el momento. El problema es lo que sucede en la cabeza de la señora Morgan.
– ¡Por San Saturnino! ¿Está loca la señora Morgan?
– Peor que eso, George Jean, peor que eso.
– ¿Puede ser más concreto, jefe?
– Está celosa. Está tan celosa que anda pidiendo a todas las autoridades de Laredo que la expulsemos para siempre de esta ciudad.
– ¡Por San Saturnino, jefe! Pero… ¿no le ha puesto innumerables veces los cuernos su esposo y nunca ha pasado nada?
– El problema no es que Gimi ponga los cuernos a su esposa sino que se los pueda poner con Mercedes Bank.
– ¿Es que existe alguna diferencia con las demás?
– Eso es. Las demás eran menos inteligentes que la señora Morgan y por eso nunca le importó que Gimi la engañara con todas ellas… pero esta vez…
– Esta vez Mercedes Bank no sólo le supera en belleza sino que también le supera en inteligencia a la señora Morgan.
– ¡Por San Saturnino, George Jean Louisville! ¡Eres el ayudante más inteligente que puedo tener en Laredo! Sabía que pocas cosas debía contarte para que fueses comprendiendo…
– Pero… ¿qué sucesos realmente graves pueden suceder a partir de ahora?
– Tranquilo, Louisville, tranquilo! Demos tiempo al tiempo.

Como hacia un tiempo realmente veraniego y sofocante, Mercedes Bank estaba descansando unos momentos sentada en la puerta de su domciilio de madera y con la escopeta siempre en su regazo, cuando le vio llegar montado en su caballa alazán.

– ¡¡¡Alto ahí!!! ¡¡Detén tu caballo y no des ni un paso si no quieres que te convierta en un colador!! ¡No intentes acercarte ni tan siquiera un metro más!
– Perdone señorita… pero es usted demasiado hermosa para ser tan poco caritativa…
– ¡Si vienes de parte de Gimi Morgan ya puedes dar media vuelta a tu caballo y desaparecer de mi vista para siempre! ¡¡Dile a tu jefe que no vendo ni un sólo palmo de terreno de El Poyote!!
– Si me dice quien es Gimi Morgan y dónde puedo encontrarlo le daré esa noticia con mucho gusto.
– ¿No eres de los hombres de Morgan?
– Soy de los hombres que no obedecen nunca a ningún jefe porque no tenemos ningún jefe que nos dirija ni hacemos caso a ningún jefe salvo a Dios.

Mercedes Bank quedó dudando entre dispararle ya a la cabeza o dejar que se acercara un poco más.

– Lo único que quiero es que mi caballo pueda beber agua. En cuanto a mí no me importa seguir pasando hambre un poco más de tiempo.
– ¿Es usted uno de esos pistoleros sin ley?
– Mi ley es la liberación y para vivir liberado en el Oeste hace falta tener un buen par de pistolas, un buen pulso a la hora de disparar y una buena estrella.

Mercedes se atrevió a confiarse pero sin dejar de apuntarle con su winchester.

– ¿Estrella? ¿Eres un sheriff o el ayudante de un sheriff?
– Yo solo soy ayudante de mis principios. A pesar de mi juventud conozco demasiado bien todo el oeste americano como para no ser ni sheriff ni ayudante de sheriff.
– Entonces… ¿quién eres?…
– ¿Sabes cómo se llama al horizonte?

Mercedes se quedó sorprendida porque nadie le había dicho nada igual.

– No sé lo que significa ese acertijo.
– ¿Puedo dar de beber a mi caballo? Si es necesario y para que te convenzas de que no formo parte de ninguna guerra el lo hará sin que yo me baje de la montura.

Mercedes se entretuvo, por unos segundos, en mirar fijamente a los ojos del desconocido.

– Quizás me equivoque y esté siendo excesivamente confiada pero creo en tus palabras. Tengo la comida a punto de terminar. ¿Quieres comer algo?
– No es totalmente necesario.
– ¿Cómo que no es totalmente necesario? ¿Quieres o no quieres?
– Cuando digo que no es totalmente necesario es que puedo seguir sin comer pero por supuesto que tengo hambre.

Ella sonrió ligeramente…

– Entonces baja del caballo, déjale suelto para que beba en libertad y tú siéntate lo más lejos posible de mí. Sacaré de la cocina algo para que puedas comer pero… ¡mucho cuidado si estás pensando en usar tus pistolas!…

El desconocido también sonrió ligeramente….

– Mis pistolas nunca se usan para matar la belleza. Sería un crimen horrendo que me martirizaría la conciencia durante el resto de mi vida.

El desconocido bajó de su caballo…

– Está bien. ¿Cómo se llama tu caballo?
– Sheraton. Se llama Sheraton.
– Bonito nombre para un caballo. Déjale que vaya libremente hacia el abrevadero y no se te ocurra moverte ni un centímetro o…
– O me dejas como un colador…
– ¡Jajaja! ¡Me caes bien, forastero! Voy a seguir confiando en tí, por lo menos de momento, así que si quieres entrar pasa a mi casa y te serviré la comida como a las personas decentes.
– ¿Crees que soy tan decente como estás pensando?
– Quizás más de lo que estoy pensando…

Ella dejó entrar en la casa al forastero pero sin dejar de apuntarle con el rifle.

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