Ana Grama

Está ya felizmente solo; no sabía que podía sentirse así, se puso a recordar desordenadamente todo lo que había vivido y pensaba que era hora de, rebosante, verter. Conoció a destellos a todo tipo de gente y quería relatarlo todo desde el bobo que fuera su mejor amigo hasta sus pensamientos más mórbidos o costumbres más ocultas como cuando metía sus narices bajo la camisa mientras defecaba para oler profundamente sus propias pestilencias; era un sujeto diferente -quién sabrá cuan diferente- cuando cada persona lleva su propia particularidad sobre su coronilla.

Su tablatura mosaica no tenía diez líneas era un papel, una piedra vacía; tal vez no siempre fue así, tal vez sencillamente sólo vivía por vivir; cuando era solamente un niño, era un ser sin secretos y tal vez así es como mejor se hubiera quedado, quién lo sabe o quién lo podrá adivinar. Los orígenes del mundo, el verdadero significado de la libertad o la vida de este o la vida de aquel; no son cosas que desde siempre le hayan preocupado.

El haber pasado del cielo a la gloria y del infierno a la mendicidad lo hicieron nacer tantas veces como haber muerto otras tantas; bueno, a lo mejor no fueron tantas si tan sólo contaba de cuatro a seis cuando había vivido la mitad de su existencia. El creer que cuando ya razonaba tenía el sentimiento de una mujer aunque fuera macho, macho de latinoamérica con todo el peso que eso arrastra con esas cadenas – y sale un arco iris – que más bien le recuerda al pacto de la biblia más que un símbolo homosexual que nunca creería que él fuera uno aunque un buen día en un acto de quemeimportismo total, sin prejuicios besó a un travesti en un bar de esos en los que se canta con pistas.

Y le vienen a la memoria su hermanita cuando era bebé o se le cruzan por la mente su único hijo vivo cuando era también un crío de pecho pero ya nada puede atarlo a nada; encontraría tras un teclado y escondido frente a un monitor, esos tipos que vienen y son condenados a ser hundidos por los dedos que van recibiendo la información de todo lo que su cabeza quiere escupir y vomitar para convertir esas palabras y frases en líquido bendito que puede adentrarse en otras cabezas para cerrar el círculo de todo lo que iba maquinando como un viento que no hace otra cosa que querer ocupar un nuevo espacio o permanecer en constante movimiento.

6 comentarios sobre “Ana Grama”

  1. Hola, abuelita. Me has hecho, como siempre, sonreír. Eso de ser autista no mola cuando se usa para confundir al personal. Y ya que de personal hablamos pues eso… que dos mejor que uno… pero que tres peor que cuatro… que ya es decir… y a ver qué nuevo cancionero estival nos saca Eduardo en sus fabulosas giras por las tierras colombinas… porque a veces parece un culombófilo… esto… perdonen ustedes pero quise decir colombófilo… por lo de que le gustan mucho las americanas… aunque aparezcan bastante arrugadas las que usa… jejeje… bueno… me voy a almorzar… que ya se sabe que es mejor una en mano que cientos volando en este mundo de las sinrazones.

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Ana Grama

Está ya felizmente solo; no sabía que podía sentirse así, se puso a recordar desordenadamente todo lo que había vivido y pensaba que era hora de, rebosante, verter. Conoció a destellos a todo tipo de gente y quería relatarlo todo desde el bobo que fuera su mejor amigo hasta sus pensamientos más mórbidos o costumbres más ocultas como cuando metía sus narices bajo la camisa mientras defecaba para oler profundamente sus propias pestilencias; era un sujeto diferente -quién sabrá cuan diferente- cuando cada persona lleva su propia particularidad sobre su coronilla.

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