Antes del ocaso II

-0Si te quedaras, seríamos felices.
– No lo dudo. La felicidad es un producto publicitario0tan de esta época que n creo e~contrar otra razón mejor para vivir. Y eso me da miedo.
– ¿Temes la felicidad?
– ¡Cláro! ¿Acaso tú no?
– Pues, no sé.
– ¡Ves! Incluso ignorar la felicidad es más sabio que desearla. El hombre y la mujer comúnes, ni siquiera lo piensan. El deseo de felicidad es un derivado moderno, un placebo para las «masas educadas». Los simplones son más sabios en este respecto.

– Cierto, soy una simplona, ¿verdad?
– Pues, no me lo tomes a mal. No pretendo hacer de esto una ofensa, es más bien un cumplido. La complejidad de la personalidad «moderna» me parece más bien artificial: como los adornos y extravagancias de un nuevo rico.
– No entiendo.
– Mmm… sólo creo que la humanidad no existe para un objetivo tan limitado como la riqueza material.
– …
– ¡Disculpa, soy un merolico! Nunca aprendí a guardar silencio y me lleno la boca de palabras con mucha facilidad.
– No, esta bien. Sólo tú dices cosas como estas. Nadie más que yo conozca piensa así. Por eso eres especial para mí, por eso te quiero.
– Por favor, no digas eso. Me haces sentir como una mala persona.
– Pero eso no es cierto, tú no eres malo.
– Lo soy, en verdad. Te lo advierto.
– No me importa, así te quiero. Para mí tú eres el más bueno de los hombres.
– Mirame a los ojos…
– …
– ¿Lo ves?
– Sí, tú no me amas.
– Como tampoco he amado nunca y quien no tiene amor, no es bueno.
– Pero tampoco malo.
– ¡Jajaja! Me has escuchado demasiado. Tanto que comienzas a hablar como yo.
– Me gusta como eres, y además quiero ser como tú.
– ¿En serio?
– Te amo.
– … esas son palabras terribles.

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