Casi cada tarde

Ramón,….me dijo que se llamaba, una vez que me acerqué, abrí la puerta y entré.

Casi cada tarde, sobre la mesa una botella, para él y el vino algo transparente; tinto color amoratado, sonrojado, ruborizado, rubefaciente, rojizo; no sé, puede que peleón, travieso; cariacontecido, y vasos también para alguno de sus amigos alrededor de la mesa; conversación, charla; acompañantes.

Tapón sobre hule, de corcho, de alcornoque. Fagácea, copa hoja verde.
Y el vino, y la compañía, una suma minoría de conciudadanos tres o cuatro amigos, no más, no; junto a la botella medio llena o medio vacía o viceversa, que viene a ser lo mismo son hablares; son populares, son mecanismos, son figuraciones sonidos figurantes en el arte de platicar.

Vasos, de plástico. Unos tragos, para tomarse unos vinos o quizá llamados vinos baratos.
Y la botella de corcho un tapón, un tapón que difícilmente con Ramón delante vuelva a tapar nada el vino se acaba, nunca desaparece siempre viene y vino y vendrá el vino que es una delicia.
“Por favor traiga algo para degustar, para acompañar, algo, para celebrar, por favor”. “Traiga, traiga, a esta mesa, señor”. Pocos, pocas las aludidas, apenas entraban.

Su rostro corporal está ya muy anciano y colorado y ácido el semblante, pero él sigue fumando y fumando su cigarro tabaco de toda la vida, una vez que fue encendido, por allá en la juventud etapa tan.

Ahumado el rostro, envuelto en humo, uno tras otro, suma y sigue, cerillas o mechero; lleno el cenicero, cenizo. “Un buen enemigo es el que te va siguiendo, el que te encuentras en todas partes”, se escuchó cierto día decir a alguien; bien, de acuerdo, tiene sentido, interesante frase.

Su rostro sustantivo senil relativo a senado y anciano, pétreo, también sonrojado, pero también diezmado. Su rostro de batallas, de ideologías creyentes, rostro de acciones, de cargas juveniles de cuando creía estar a salvo de, y se creía aquello de comerse el mundo es posible.
Pasados tiempos que marcharon; aquí toca ahora es ahora o siempre.

En su rostro la culta soberbia ideológica soberbia recogida por el reivindicativo ayer de este homo señor, de temperamento osado; y huesudo, e impaciente y suspicaz, temperamento de mecha y mechero; de salud muy delicada así se andaba el hombre, voz algo altiva, crecida, voz.

Entre sus dedos un pincel, delgado como quien dijo llamarse Ramón.
Este homo, amante de los colores disecados sobre los lienzos del antiguo arte del pintar, enamorado del pintar a través de la resbaladiza paciencia, y luego, en otro día a exponer en alguna taberna, junto a una bebida del color del vino como el de la botella a medias sobre la mesa; vino, en una taberna, a exponer, con la mirada del compadre tabernero.

Ya de vuelta. De regreso. Antes de entrar, entra, va y se pide una de esas mezclas de café con aguardiente un chorro o anís una pizca o lo que sea que sea, ¡corrosiva cazalla!

Dos, tres, cuatro pinturas, algunas varias más, apoyadas en su taller sobre la pared, su otro hogar.
Por acá, por allá, por detrás de.
Más lienzos.
Tiene el hombre en su discreto estudio abierto al público; más tiene.
De entrada libre. Quien guste, por favor, adelante.
Una estantería, coste bajo, nada caro. Allí colocados, con sabida y crítica anarquía cuantos unos libros muy viejos de autores muy viejos, casi, casi longevos, casi.
De teatro, de poemas, eran cuentos.
Las cubiertas destempladas y endebles, por el humo de un cigarro inmortal, todo allí se veía a través del rojizo de la botella sobre la mesa, medio llena, medio vacía.

De Ramón señor hacia días que nada se sabía.
No lo veía desde hacía tiempo atrás; unas semanas sin señales de, y me enteré.
Lo supe, a saber.

Su cadáver, cansino agotado. Echado. Concluido.
Estaba sobre la cama fue hallado pernoctado.
Oliente embalsamado en vida por la temible nicotina rica adinerada, almacenada en los pulmones sus, ¡quién sabe dónde vive la nicotina!
Yacía el cadáver estupefacto.
Todo él, quieto, con rotundidad.
Preparado el necesario e inteligente proceso de deterioro esperando órdenes las.

Una la suya vida arrebatada por alguna enfermedad que se quedaría a residir en su trastocado organismo.
Alguna enfermedad vieja conocida de la enfermera licenciada medicina.
Su rostro tendido.
Serio como un cancerbero atento a la pena máxima vaya a ser lanzada.
Su cuerpo finado.
Su rostro inmóvil sus párpados, sus dedos amarillentos, su voz silenciada sin billete de vuelta. Sus dedos ya no más.
Su organismo sobre el lecho sordo. Ya no más.
Óbito, certificado. Fue hallado.
Quizá por algún pariente de este señor hombre Ramón de férreo carácter difícil, se pasaría por allí.
Alguna sobrina quizá; vaya uno a.
Quizá pues alguien lo sabrá en la intimidad vertical del cementerio civil, a no ser que se haya solicitado a la industria gótica de los oscuros coches señoriales ministeriales y funerales proceda una incineración versus cremación; que se encarguen las interpretaciones versus creencias de ello se hagan cargo.
Las cenizas, si así fuese, de Ramón señor y anciano como el mundo, las cenizas, sean pues esparcidas como las palabras, con o sin acentuar sobre el plano auditivo, cognitivo.
Esparcidas como una pintura sin lienzo en algún salón sin paredes y sin techumbres y sin columnas, y sin vigilantes de entrada ni puertas de salida haya.

Quién decía así llamarse Ramón señor, marchó en un marchar diferente.
Cerró su estudio metió la llave en el bolsillo del pantalón de tergal, se recolocó el sombrero de diligente artista viejo, y nunca más volvió, no se le vio, ni siquiera en el recuerdo que tantas trampas nos hace con tal de.
Y empezará, quizá a partir de ahí, de ese ahora cercano, a ser olvidado.
En un lento e inexorable olvido, como tantos y tantos entrenadores de balompié que ya no más. Y de tantos literatos, y preparadores emocionales de estrado de tarima eclesial, y entrenadores culturales, y tantas y tantos y.

Y después de la no ceremonia de Ramón, ya pocos lo recordarán, muy pocos.
¿A quién le interesaban esas cosas de novelas, cuentos y pinturas que él mostraba, y a veces, según y cómo, vendía, a dos monedas y media; a quién le interesan hoy día esas cosas?
Desde luego, estoy de acuerdo con usted, a una minoría, ciertamente cierto, salvo error de interpretación o entendimiento, porque el mundo del parecer humano, de cada una y uno, es extenso y poco, poco sabemos del.

Las pinturas de su estudio las retiraron fueron.
Quizá alguien entraría, algún pariente o interesado cercano que las compraría o compró, y se las llevaría o llevó, envueltas en telas especiales para tal llevar a.
Quizá un traficante o comerciante de arte con los papeles en regla para ser debidamente aceptado en la sociedad de las fronteras de papel administrativo y moneda dineral; y el bien documentado el quien fuere, accedería a, y afanoso se las llevaría o llevó, tras quizá negociaciones con sus descendientes, de Ramón señor el pintor, que en vida ahora fallecido, creyendo él con todas sus, que con ser buen, y reconocido pintor era suficiente, ese el error, su.

Y sus obras firmadas, abajo en un rincón su nombre Ramón señor, disimulado, egocéntrico, que creía que lo único que importaba era ser bueno pintando e ingenioso, artista, un gran. Y talento, talento de dentro, y un algo, y gustar.

Pintaba bien, esa en sus ojos era su venda transparente para dar la pincelada, una venda transparente que nadie debía advertir, sobre sus ojos puesta; su obra fue su rúbrica. Iba tras sus obras, se apegaba, enorgullecido, como una especie de narcisista; nunca tuvo cuidado con el temible prestigio.

Popular anciano, admirado, animado.
Ahora todo su estudio está cerrado su pequeño taller a cal y canto la frase popular reza.
Su refugio artístico lleno de polvo y de olvido, y nada dice una vigilante escoba apoyada en la pared, hasta que del mercado inmobiliario aparezca alguien y.

¿Dónde estarán sus obras ido a parar, no sé?
Sabemos que plasmadas sobre lienzos, sí, en algún mercadillo, quizá, con algún coleccionista una casa de, sí, quizá; pero también en algún, viejo adjetivo apócope de alguno, por ejemplo un almacén indiferente oscuro un poco siniestro. Irreconocible trayecto, o lar.
Quizá en algún diccionario anónimo de cualidades humanas de mujeres y hombres que supieron y saben obrar, hacer. Entender

Pero… ¿dónde con los interesados, las obras de ramón señor, dónde qué lugar?
¿En el marco con el que enmarcó su vida, el arte como huida?
¿En el barco con que se embarcó, trayecto hizo hasta el fin?

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