Cicatrices del alma. Capitulo. 1

Quiero dedicar estas memorias a las personas que me ayudaron tanto en esta aventura que es la vida, en general a gran parte de mi familia y a la de mi mujer.

Y en particular a mi padre, al que casi no tuve el gusto de conocer. A mi madre, Isabel, y a mis hermanas, Isabel, Rosa y María Dolores, que tanto me ampararon en la niñez. Y, como no, a mi hermano Domingo.

A mis hijos Isabel, Paquita, Juan José, Jorge, Alex, Raquel y Noemí. A mis nietos, sobretodo a Tamara. Y a tantas personas que bien auxiliándome o favoreciéndome, colaboraron a hacer mi existencia algo más fácil.

Pero este libro está dedicado principalmente a Francisca, mi esposa, que ha sido para mí mi fortaleza y mi apoyo desde que la conocí.

Gracias……………………..

Introducción.
Tengo tantos recuerdos de horror que, si fuera posible, desearía borrarlos de mi mente.

Muchos años de silencio, de esconder el dolor de unas profundas heridas sufridas siendo aún un niño, unas heridas que, aún habiendo cicatrizado, perduran en mi mente.

No pretendo dar lecciones ni culpar a nadie por lo ocurrido. Creo que el único culpable fue el destino, el tiempo tan difícil que nos tocó vivir. Pero es mi deseo dar a conocer mi drama familiar, mi vida, incluso a aquella parte de la familia que desconoce todo por lo que pasé.

Soy consciente de que más tarde o más temprano, como es ley de vida, tendré que marchar pero no quisiera irme sin dejar constancia de mi paso.

Taberno en 1937

Taberno es un pueblo pequeño de la provincia de Almería.

En el año 37 la vida en las zonas rurales de España era muy diferente de cómo es ahora.

El hambre llevaba a familias enteras en situaciones desesperadas a cometer actos igual de desesperados.

La educación no estaba, como ahora, al alcance de todos, si no de unos pocos, y la mayoría empezábamos a trabajar de muy niños para no morir de hambre.

Hoy vemos por la televisión como se vive en los países del tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir los 10 años y a mujeres sometidas al dominio de sus maridos o padres, y nos parece una realidad muy lejana cuando lo cierto es que hace apenas 70 años esa era también nuestra realidad.

A mí particularmente me encantan los programas culturales que nos ponen en televisión y procuro (siempre que me es posible) no perderme ninguno. Por eso cuando veo en alguno de ellos la forma de vivir de algunas tribus perdidas atrás en el tiempo no puedo dejar de sonreír, ya que me hacen recordar que aquí mismo, en nuestro país y muy poco tiempo atrás, yo he vivido y visto con mis propios ojos pasajes y costumbres que, si bien no son iguales, en algunos aspectos sí que son muy parecidos.

El hecho que voy a describir, sin ir más lejos, lo he vivido en mi propia familia y lo he visto en televisión en muchas ocasiones por otras tribus y culturas lejanas.

Mi abuela cuando se formaba una tormenta, temiendo que le pudiera destrozar su cosecha, no dudaba de actuar según las creencias heredadas de sus ancestros.

El primer paso a seguir era tirar un puñado de sal en la puerta de la calle al mismo tiempo que sacaba la trébedes (donde se solía poner el puchero para guisar) a la calle. Ésta la depositaba en el suelo procurando que las patas quedaran siempre hacia arriba. El significado de este proceder lo ignoraban, pues nunca se preguntaban el porqué de las cosas, ellos solamente sabían que había que hacerlo porque desde siempre se había hecho así y era una tradición heredada de sus padres y abuelos.

Antes de que llegara la tormenta mi abuela se situaba en medio de la calle a “conjurar la nube”, como ella solía decir. Este ritual no tenía otro objetivo que desviar la tormenta hacia otro sitio y, de esta manera tan práctica, poder salvar su cosecha.

El ritual de conjuro consistía en ponerse de pie mirando hacia la tormenta al mismo tiempo que braceaba y con voz muy alta rezaba unas oraciones, que debido a mi corta edad yo no recuerdo.

Si con este ritual de mi abuela la tormenta se desplazaba hacia otra dirección salvando su finca de los daños que pudiera originar, su conjuro había surtido efecto y daba gracias a Dios. Si pasaba lo contrario le quedaba el convencimiento de que algo había fallado y no le habían salido bien los rituales

Otra de las creencias era la manera tan “original”que tenían para curar el dolor de cabeza.
Cuando alguien lo padecía en la mayoría de los casos pensaban que habías cogido una insolación. Hasta aquí lo veo correcto, lo que no veo tan correcto es el proceder para solucionar este problema. Pero mi abuela, igual que muchas mujeres de aquélla época, tenía la solución.

Al afectado solían ponerle en la calle sentado en una silla con la cara hacia el sol. A continuación llenaban un vaso de agua colocándoselo en la frente y haciendo presión en forma de ventosa. Al calentarse el agua, como es normal, empezaba la evaporación y al ver el vapor salir exclamaban satisfechos
– “Mira, este humo es el sol que le sale de la cabeza”

Y de esta manera tan “sencilla” ellos creían haber solucionado el problema.

Otro caso que no puedo dejar de describir es el siguiente: cuando nacía un niño, en los cuarenta días primeros de su vida había que quemarle el aljorre, como ellos lo definían.

Esta costumbre normalmente solían hacerla las mujeres y consistía en introducirle por el ano un palito de espliego caliente. Sinceramente no sé en que se podía favorecer al niño con esta práctica tan absurda ni porqué lo hacían, pero lo considero una atrocidad, ya que lo único que conseguían era un sufrimiento inútil para él.

Más casos: el “mal de ojo” tan arraigado sobre todo en Andalucía.

Como todos sabemos esta creencia aún perdura en nuestros días, pero en aquella comarca para este mal tenían remedio mediante el rezo.

Los más propensos a sufrir este mal eran los niños, pues según sus creencias existían personas que, aún en contra de su voluntad, tenían la desgracia de ocasionar este mal. Si por cualquier circunstancia el niño tenía la desgracia de ponerse enfermo, la familia pronto empezaba un estudio exhaustivo de todas las personas que habían tenido la gentileza de hacerles una visita.

Después del recuento de todas estas personas pronto encontraban algún culpable de la desgracia, y en lo sucesivo pondrían todos los medios para librarse de esta persona tan desagradable, quedando fichado como un trasmisor del mal.

Una vez que al niño le habían hecho el “mal de ojo” lo único que se podía hacer ya era buscar a alguien que le pudiera rezar para que el niño llegara a sanar. Pronto encontraban a alguien, porque por aquella comarca abundaban las personas que tenían esa facultad. Ni siquiera hacía falta que vieran al niño, pues con algún pelo o alguna prenda de ropa del niño que llevaran a la sanadora ya era suficiente para que ésta le pudiera rezar y el niño quedaría curado. Lo curioso de todo esto es que esa facultad sólo la tenían las mujeres.

No solamente hacían “mal de ojo” a las personas, también se lo hacían a los animales. Cuando paría alguna yegua al potrillo le hacían una cruz con la tijera en la culata y le colocaban una cinta en forma de lazo en la cola. De esta manera si venía a verle alguien que tuviera esa facultad de hacer “mal de ojo” fijaría más su atención en la cruz y en el lazo que en el potrillo, quedando éste a salvo, ya que la creencia era que el “mal de ojo” lo hacían con la mirada, y muchas veces en contra de su voluntad, al alabar la hermosura del sujeto.

La ignorancia sin duda tenía mucho que ver en las costumbres y el día a día. Las labores estaban divididas en “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”.

A partir del nacimiento de una niña su suerte ya estaba echada: sería una esclava durante toda su vida. Primero de los padres y después del marido, “el cabeza de familia” como se suele decir.

En aquel entonces la norma era la esclavitud a que se veían sometidas aquellas pobres mujeres por parte de su pareja, la discriminación ejercida hacia la mujer, que se llevaba a cabo por todos aquellos jerarcas egoístas y sin escrúpulos.

El dominio del cabeza de familia sobre su mujer, sus hijos, y a menudo sobre sus nietos, era absoluto.

A los niños nacidos en aquella época se le solía poner el nombre de los abuelos. Prevaleciendo siempre el machismo, había que cumplir primero con los paternos y secundariamente con los maternos. Si el número de hijos continuaba en aumento habría que hacerlo con los padrinos. Esta norma siempre se llevaba a cabo ya que de lo contrario nunca te lo iban a perdonar.

El trato que daban los nietos cuando se dirigían a sus abuelos era de padre y madre. Cuando te dirigieras a ellos que no se te ocurriera llamarlos abuelos, ya que esto sería una ofensa para ellos y estaba muy mal visto.

En cuanto a los malos tratos de los abuelos hacia sus nietos, era normal que, con pasividad por parte de la mayoría de los padres, los maltrataran físicamente.

Para aplicar el castigo no te pegaban con la mano, sino con la famosa correa para que te dejara bien marcado.

Yo mismo procuraba ver a mi abuelo lo menos posible ya que por el mínimo motivo, éste no dudaba en sacar de su cintura esa arma tan arraigada en aquel entorno y tan temida por los niños de la época.

Mi abuelo era una persona terriblemente tacaña a pesar de que gozaba de una situación económica bastante holgada. A él, gracias a Dios, no le faltaba para comer ya que su finca además de grande era generosa, produciendo lo suficiente para poder vivir sin sacrificios.

A pesar de todo, para evitar tener que trabajar y eximirse de responsabilidades, decidió partir las tierras y darlas en herencia a los hijos. Dividió la finca en cinco partes iguales y distribuyó a cada cual lo que le correspondía. Las condiciones de escritura fueron que de toda la cosecha que se recolectara, la tercera parte sería para él, no pudiendo los herederos bajo ningún concepto vender la herencia.

Si en un caso de necesidad a él le hiciera falta para su sustento tendría atribuciones para recoger la herencia y en un último extremo venderla si así lo creía conveniente.

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