Continúa…

El respeto que quería conseguir lo tenía frito tal vez no tenía los ropajes ni la estatura, ni el timbre grave de voz ni el dinero, ni las medallas o el poder que se necesitan para inspirarlo; en todo caso esto era mejor que querer morirse todas las noches en verdaderas luchas contra sueños apretado a su almohada en agonizantes quejidos que más de una vez lo vieron tirado en un bar de copas o siendo presa de algún inescrupuloso bandido del lugar en el que estaba. La máxima expresión de respetabilidad que un poco lograría es por su corazón de buen cristiano aunque muchas veces negara su verdadera existencia en este mundo terrenal; tal vez terminaría creyendo en que Jesús era real por el hecho de haber propiciado que su filosofía del amor se hiciera carne en las personas o por la esperanza de que esa promesa fuera una única alentadora respuesta a esta miserable miseria en la que todos vivimos – quizás-.

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