Cuento I

El frío llegó de pronto. Invadió la ciudad y se colaba por las rendijas de la casa. Sólo había una estufa de leña para calentar todo el edificio. Era una casa antigua, de aspecto victoriano. El hombre se afanaba echando leña a la estufa. Vestía pantalones de pana y camisa blanca. Cuando salía de casa se ponía una chaqueta prestada para tapar los remiendos de la camisa. En las manos tenía manchas de tinta, la señal del escritor.
En la habitación se amontonaban papeles y libros por todas partes, por el suelo y encima de todos y cada uno de los muebles.
Una vez que consiguió que en la habitación hubiera una temperatura que disimulara un poco el frío se sentó a escribirle cartas a los editores, como hacía todos los días desde hacía años. Después de terminar con las cartas empezaba a escribir sus relatos.
Suena el timbre, el cartero. Con otra carta rechazando sus escritos. «Escribe algo que guste», le decía su amigo, con el que se reunía todas las noches en el pub del barrio, «Algo romántico, con final feliz, no esos poemas y relatos tan tristes». Pero él se empeñaba en seguir cantándole a la luna poemas y relatos de desamor y melancolía…

7 comentarios sobre “Cuento I”

  1. Me gustó mucho. Es una historia que está escrita con la valentía de tener confianza, fe y constancia. En ella describes muy bien una frase que alguien me dijo en su día: «La constancia logra lo que la dicha no alcanza». Resulta que el escritor es aquel que escribe sus historias voluntarias y no las historias que ninguna otra persona o grupo de personas (por muy Grande Editorial que sea), quieren imponerle. Veo a un personaje verdaderamente coherente con su realidad pero sueña, y sueña despierto, y falta el final que podría ser (por ejemplo y perdona que me atreva a tanto): «Un día llamó a su puerta esa palabra llamada AMOR y siguió escribiendo, con su libre voluntad, muchas historias porque se había liberado de imposiciones. El beso de Ella fue el éxito más grande que cualquier escritor pudiera espera. Él se sintió feliz y siguió escribiendo».

  2. «Escribe algo que guste» es la respuesta de los prepotentes, de los que se creen poseedores de la verdad literaria, de los que no saben distinguir entre lo que es sincero y lo que es aparente. ¿Escribir algo que guste a quién? es lo que me pregunto yo siempre que me pongo a escribir. Entonces salgo, un momento, a la noche oscura alumbrada por la luna y las estrellas y encuentro la respuesta: escribo para que guste a quien ama el silencio para convertirlo en palabras. Los autosuficientes, los grandes editorialistas que sólo publican a los «apalancados» porque escriben lo que se les pide que escriban, son tan fatuos que olvidan que la fatuidad es el fracaso de los ineficaces. Cantar poemas a la luna, escribir de desamores convertidos en un solo amor, desalojarse de las vestimentas de gala para sentir que somos escritores y escritoras «desnudos» ante nuestras verdades. Eso es escribir algo que guste. En tu cuento has colocado una frase que me queda en el recuerdo: «Algo romántico, con final feliz, no esos poemas y relatos tristes». ¿Y es que acaso la tristeza no es un buen final si después llega el tiempo de la felicidad? Algunos de los «grandes» prohombres de la Literatura se creen los «dioses de los sentimientos»; algo así como Júpiter colocándonos la espada de Damocles en el corazón para eliminar nuestros sentimientos. Quizás, antes de rechazar a quienes se manchan los dedos con la tinta, deberían pensar que los de «las manos blancas» no se manchan nunca porque nunca han sentido de verdad lo que han escrito. Cada vez que leo este cuento me gusta más.

  3. Eso es Océano. A veces dejamos finales abiertos para que cualquier lector o lectora pueda inmaginar cómo le gustaría a él o a ella el final del cuento o del relato. Me parece que es una forma inteligente de escribir, tanto como los finales cerrados. Hay quienes creen, equivocadamente, que somos muy tristes cuando sentimos la tristeza. Son los que no piensan que la tristeza es un sentimiento tan noble que nos hace dignos. Un abrazo cordial.

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