Destellos

Luego de una larga espera, la lluvia paró. Ahora se escuchaban a los grillos escondidos en la noche. Ciertas gotas golpeaban las piedras atrapadas por charcos. Algunos postes iluminaban la neblina casi disipada. Aunque hacia mucho frio había una misión que cumplir. Con el paraguas, por si el cielo quería llorar, la abrí y empecé a caminar, como temeroso del firmamento y sus sorpresas. De algunas casas salían pasos, casi inseguros, pero entusiasmados; también seguirían. El cielo estaba de luto, eso parecía sugerir. Con los niños, estrellas en la tierra, se respiraban las ganas de potentes sonidos que iluminen el gran manto negro. Y con sus ponchos andaban persiguiendo la dirección de “los castillos”, eso escuche decir.

Pasando por el puente, donde se pisaban mas piedras que pista, pensándolo mejor, más charco que pista. Hasta ahí se escuchó la potencia de uno, de dos, y hasta tres truenos que podían ensordecer cada paso decidido e inquieto. Se sentía la emoción de lo que mucha gente comentaba y de lo que me hizo venir hasta aquí; era la fiesta, de las profundas costumbres, del intenso recuerdo, de cada año y de cada festejo. Por otro pasaje seguían más pasos con los ojos que hablaban y decían: “por allá”. A la distancia se escuchaba a la banda que pronunciaba sus destrezas. Y al llegar al parque de extensión verdosa, allí los sentidos esperaban expectantes. Quien viera desde el cielo, notaria a la gente organizada, llena de pasión, que regocijaban el centro y el entorno de su tierra, de su sangre hermana que esta noche se festejaba. Allí me encontraba, entre el tumulto de gente que parecían estrellas en la tierra, ellos mismo miraban el gran castillo. Solo di un suspiro más y mis ojos reflejaron luces en la tierra y en el cielo, entonces entendí…El cielo no estaba de luto; de la tierra se enviaban destellos para el presente y para siempre.

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