El Caballero de la Rosa. (capítulo 5)

Mientras Ginebra esperaba, impaciente y nerviosa, la entrada del Caballero de la Rosa en su habitación número 13; éste había cogido un papiro de un lote que había depositados sobre una pequeña mesa del salón privado de Camelot. Trazaba sobre él diversos signos, líneas diagonales y números formando una especie de mapa de rutas imaginarias para hacer algunos cálculos sobre la aventura que iniciaría al llegar el alba. Ginebra seguía, mientras tanto, cada vez más excitada. El Caballero de la Rosa dobló el papiro y se lo guardó entre sus ropajes.

Llegaron en esos momentos El Rey Arturo, Lanzarote del Lago (llamado El Príncipe Valiente) y Perceval de Gales. Estos eran sus dos queridos brazos (derecho e izquierdo respectivamente) del monarca de Camelot. Venían con un grande cargamento de palomas, perdices y codornices y algún que otro conejo más dos enormes jabalíes.
– ¿Cómo os ha ido con las damas? – soltó a carcajadas El Príncipe Valiente – parece que no habéis tenido suerte alguna con ellas. No veo a ninguna por aquí.
– Sin embargo yo, ya veo que a vos os ha ido muy bien con las palomitas y los jabalíes cornudos.
– Se llaman colmillos – inquirió Perceval.
– Se llaman colmillos pero yo los llamo cuernos; pues, en verdad, existen verdaderas semejanzas en este caso entre colmillos y cuernos. ¿Os apetece que hablemos de este tema ahora? – respondió El Caballero de la Rosa con media sonrisa.
– !!No empecemos de nuevo!! – les rogó El Rey Arturo – lo mejor es que hagamos levantarse de la cama a las cocineras para que nos preparen unos buenos y suculentos estofados de carne regados con buenas jarras de vino.
Efectivamente llamó al lacayo mayordomo y le dio la orden. Poco tiempo después 4 lindas cocineras hacían presencia en la cocina a donde el lacayo había llevado, con grandes esfuerzos, todo el gran lote de animales muertos.
– Ahora mismo llamamos a las 5 damas a que regresen de nuevo a este salón privado.
– Mejor no las llaméis ahora Arturo… – insinuó El Caballero de la Rosa.
– ¿Por qué no puedo llamarlas ahora, sir Joseph?.
– Dice un refrán popular que a veces es mejor ser un mandarina que un limón… porque si se enfadan las gallinas ¿para qué nos sirve el espolón?.
Rió a carcajadas el Rey Arturo; mientras Lanzarote y Perceval no deseaban darse por aludidos aunque entendieron perfectamente lo que significaba aquel refrán.
– !Vamos a ver, Sir Joseph!. ! Sacadme de dudas! -exclamó Arturo- ¿están enfadadas nuestras damas?.
– Están más que enfadadas Rey Arturo. Yo diría que están muy calientes. En especial su esposa Ginebra.
El Rey Arturo entendió perfectamente el mensaje mas no se calló y haciéndose el no enterado cambió de tema.
– !Comamos y bebamos entonces los 4 en perfecta camaradería!.
– Escuchad – le dijo Sir Joseph- yo no me considero amigos de ustedes.
– ¿Por qué no podemos ser amigos? – le interrogó Lanzarote bajándosele los humos.
– No podemos ser amigos porque de una misma fuente no puede salir, al mismo tiempo, agua dulce y agua salada. Ya veis vos lo que es la vida. Que se le llama valor a la falsedad y se le llama falsedad a la valentía.
Lanzarote volvió a callarse, totalmente herido en su amor propio. Así que retuvo su lengua ante el silencio mustio de Perceval.
– Es mejor que seamos solo compañeros, como dice El Caballero de la Rosa -dijo Arturo- no vaya a ser que alguien de nosotros salga hoy trasquilado – apuntilló mirando a Sir Lanzarote.
El Rey Arturo comenzó entonces a perder la paciencia.
– !!Venga!!. !Ya están aquí los primeros platos traídos por nuestras bellas cocineras!. !Hagamos causa común y comamos y bebamos en abundancia!.
– Yo prefiero no comer ni beber nada ahora, pues sabéis que dentro de un par de horas me alejaré de Camelot para siempre. !No deseo comer ni palomas, ni perdices, ni codornices cazadas con halcones ni mucho menos conejos deslumbrados con linternas ni jabalíes cornudos.
– !Vos os lo perdéis! – apostilló Perceval.
– ! Váyase lo perdido por lo ganado! – dijo sonriendo El Caballero de la Rosa – a veces perder es lo suficientemente sabio como para ganar una pieza mejor. Esto es como el ajedrez…
– ¿Sabéis jugar al ajedrez? – dijo Arturo.
– Rey Arturo, sé lo suficientemente para saber que a la Reina no se la debe dejar al descubierto.
– ¿Podríais quedaros solo unos minutos más con nosotros una vez que hayamos comido y bebido en abundancia?.
– Si sólo son unos breves minutos, acepto. Pero nada más.
– Es que deseo entablar una conversación con vos en privado.
Ya Lanzarote y Perceval estaban comiendo a dos carrillos y bebiendo como cosacos. El Rey Arturo apenas probó aquella noche bocado alguno. Sólo un poco de pechuga de paloma y un poco de la pierna de un jabalí.
Una vez terminada la suculenta cena Sir Lanzarote y Sir Perceval quedaron totalmente amodorrados en sus respectivos asientos. Y con las cabezas sobre la mesa comenzaron a dormitar mientras, de vez en cuando, vomitaban sin querer…
– Ahora es cuando vos y yo podemos pasar a la biblioteca un momento, Sir Joseph.
– ¿Y qué me deseáis contar? – preguntó El Caballero de la Rosa una vez ya en la citada biblioteca donde estaban tomando un par de tazas de café.
– Es muy sencillo, Sir Joseph, cuando veníamos de la cacería nos topamos con El Mago Merlín quien hablando conmigo en un aparte, me contó todo lo hablado y sucedido entre las damas y vos esta noche.
– ¿Es que El Mago Merlín estuvo presente?.
– Estuvo escondido tras los cortinajes sin que nadie le viese. Bueno. El asunto es que le estaré eternamente agradecido. No es culpa suya. La verdad es que sois el único caballero noble que conozco de todos los componentes de la Tabla Redonda, incluido yo mismo. Lo que jamás pensé es que el ingrato Príncipe Valiente me pusiese los cuernos a mí, que tanto le he querido… no os preocupéis. Lo sé todo. Y por eso no sé cómo agradeceros…
– No fue nada. Y si queréis agradecerme con algo sólo os pido un gran favor.
– !No me importa lo grande que sea!. !Os lo daré inmediatamente!.
– !Sólo deseo una barca lo suficientemente firme como para aguantar una travesía de 3 meses y comida suficiente para esos citados 3 meses!.
– !Concedido!. Pero… ¿hacia dónde queréis ir?.
– Desde ahora mismo quiero irme hacia el oeste, más allá de los mares…
Arturo llamó a uno de sus lacayos.
– !Acompañad al Caballero de la Rosa allá a dónde él desee ir!.
– !Ah!. Arturo de Pendragón. Entregadle de mi parte esta rosa blanca que llevaba yo escondida desde que llegué a Camelot a vuestra esposa Ginebra…
– ¿Pero no son rosas rojas las que entregáis vos a las damas?.
– En este caso es una excepción. Sólo entregádsela y no comentéis nada salvo que se la regalo con mucho afecto. Ella comprenderá…
– No entiendo…
– Lo único que deseo deciros es que, por favor , la perdonéis. No es suya la culpa del pecado que ha cometido. ¿Me comprendéis vos ahora?.
– Comprendo. Haré como vos habéis dicho. !Que tengáis un feliz viaje a dónde quiera Dios que vayáis!.

Rápidamente el lacayo se presentó debidamente armado y con su caballo mientras El Caballero de la Rosa tomaba su escudo y su espada. Ambos, el Rey Arturo y El Caballero de la Rosa, se fusionaron en un amistoso abrazo, en el momento en que apareció en escena el Mago Merlín.
– !Esperad, sir Joseph!. !Tomad este aparato!. !Es una brújula perfecta para que nos os perdáis por el mar!.
– Gracias Mago Merlín.
– Y este saco de baratijas por si os sirven para algo!.
– Supongo que para algo me habrán de servir.
El Caballero de la Rosa montó por último en su caballo y ordenó.
– !Vamos hacia Pembroke pues quiero partir desde la Bahía de Milford Haven!.
Pocas horas después, en la Bahía de Milford, el Caballero de la Rosa, junto con su caballo, partían con su barca hacia el horizonte del mar justo en el mismo momento en que el sol, rojizo, rielaba sobre las aguas del Pacífico.

2 comentarios sobre “El Caballero de la Rosa. (capítulo 5)”

  1. Hola Diesel.. el ultimo de estos que lei habia sido el capitulo 2, pero y ame he puesto al dia!. Vaya que relato!.. Esperaré la continuación, espero no sea este el último, me queda curiosidad por saber que sucede después. Saludos Diesel. 🙂

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