El chico duro vuelve a la libertad (por Olavi Skoda y José Orero).

OLAVI SKODA:

Del correcional no salió el mismo Olavi que había entrado, sino que en él quedó parte de su inocencia y sensibilidad. El correccional me arrancó de mi casa, de mi ciudad y de los ambientes conocidos y seguros aunque peligrosos. Al salir me sentía más fuerte e independiente para hacer lo malo. Había aprendido a luchar por mi puesto en el fango. Si los demás no se animaban a cometer algún delito, lo hacía yo solo. No necesitaba de la fuerza del grupo.


Me había independizado de mi madre. Su estado de salud había empeorado durante mi estancia en el centro y tenía que acudir de continuo al hospital. Yo me sentía aprisionado en casa y mi modo de vivir no beneficiaba en nada a mi madre. Por la noche volvía borracho y la policía continuamente preguntaba por mí. No tenía fuerzas ni capacidad para pensar en su bienestar.

Una de las veces cuando ella regresó a casa se encontró con un gran charco de sangre en el suelo. Me había partido la lengua por la mitad y me habían ingresado en el hospital. Hoy es el día que ignoro cómo sucedió. Inconsciente por las pastillas y el alcohol llegué arrastrándome hasta el sofá donde me tiré. Si mis colegas no hubieran venido por la mañana a verme, probablemente hubiera muerto atragantado con mi propia sangre. Este panorama lo tenía mi madre a menudo.

Quería evadirme, huir de ese ambiente de enfermedad que se respiraba en casa. No se me ocurría pensar en mi madre, quería vivir mi egoísta libertad. No podía pensar tan siquiera en mi futuro, mucho menos en el futuro de los demás. Me faltaba el sentido de la responsabilidad.

Decidí marcharme y ¿a qué otro sitio sino al mar podría ir a parar alguien que ha vivido en el puerto y ha respirado su aire?. !Hay que ser desalmado para dejar a tu enferma y angustiada madre llorando en la cocina!.

Al principio la estancia en el mar fue como haber encontrado el paraíso perdido. La vida de marinero me resultaba atractiva por su comodidad. Tenía la comida preparada en la mesa y un lugar donde recogerme. La libertad del mar y el ambiente que allí se respiraba eran adecuados para mi espíritu. La imagen idílica que yo tenía del mar cuando era niño era casi verdad. Hubo algo que la destrozó: “el rey alcohol”. En el barco teníamos mucha marcha y mucho tiempo libre. Así no podía seguir. Quería irme. Si no conseguía que me echaran yo mismo me despediría. Esta misma situación se repetiría en los diferentes barcos en los que trabajé.

Por temporadas vivía en los bosques de las playas cercanas al puerto, en unas casuchas de rayas y me dijeron: PRESO NÚMERO 630/65. Entonces sentí que de mí no quedaba ni ese poquito que tenía hasta entonces, mi nombre. A todo te acostumbras.

Había recibido una educación “elemental” en el correccional y por lo tanto rápidamente me sentí como en casa. Encontré las rendijas por las que podía conseguir pastillas. Todas las pagas que me daban me las gastaba en ellas. Empezó el círculo cárcel-libertad-cárcel. Estar en libertad era actuar como un loco por conseguir alcohol y pastillas. Cada dos por tres las sirenas de la ambulancia sonando, llevándome al hospital para hacerme un lavado gástrico; otras veces al psiquiátrico y siempre vuelta a la cárcel.

En uno de mis cortos períodos de libertad, toqué fondo. Porque si de algún sitio se puede decir que no se puede llegar más abajo, ése era en aquellos tiempos “La Cueva del Murciélago”.

Era una conocida nave de pinturas en una isla de Helsinki que se la habían cedido a los alcohólicos sin hogar, a hombres que bebían cualquier cosa que pudiera embriagarles; hombres que vivían en la antesala de la muerte. Me hice amigo de ellos y era el inquilino más joven. Pasábamos el día tumbados en finas colchonetas tiradas por el suelo. El olor era nauseabundo pero ellos no lo percibían. El lugar era tan repugnante que al poco lo abandoné y me fui a vivir a la canalización de calefacción de una constructora.

JOSÉ ORERO:

Y por gritar bien fuerte !!!LIBERTAD!!! en aquel Departamento de exportación de mentiras y de importación de necedades fui nuevamente castigado; algo así como al paredón donde “metafóricamente” fusilaban a los rebeldes. No me importó en absoluto. Dejé el Negociado de la exportación de las mentiras y la importación de las necedades con mi siempre perpetua sonrisa bohemia y, en el Departamento de los Castigados, porque demostré lo que era “cuadrar” la vida al primer intento y ser abierto a cualquier trabajo con el que querían minar mi moral, me vovieron a castigar a los ficheros de los “malditos”. Pero los verdaderos malditos eran ellos. Hasta que se descubrió cual era la verdad que me hacía seguir siempre en pie a pesar de todo. Fue una especie de “pájaro bobo” el que dijo el nombre de la chavala que más interesante y atractiva me resultaba de todas ellas (sin menospreciar a otras que me encantaban también) y cuando fue descubierta aquella verdad que quisieron castigar de nuevo, pero el Señor Sabio que observaba desde arriba hizo sonar la campana. Y aquella campana, me salvó por un buen tiempo. Algo así como cuándo a un boxeador que al final va a ser el vencedor del combate y que sin embargo pasa un mal momento y están a punto de contarle hasta diez le salva la campana. Aquella campana salvadora de aquel duro asalto fue el Servicio Militar Obligatorio.

Allí me fui a vivir a plena luz del sol el tiempo que el Señor Sabio me había concedido para recuperarme de la fatiga y volver de nuevo al combate hasta vencer o morir. Yo entonces no sabía que iba a vencer porque, de verdad, me sentía más cerca de la muerte. Pero en el Servicio Militar Obligatorio aprendí a fajarme con los mejores pugilistas de la región. Aprendí, en el mayor de los silencios, a pasar inadvertido salvo en algunos pocos casos de rebeldía en los que, voluntaria y conscientemente, participé en activo porque eran cosas de hacer justicia o aceptar injusticias. Pero en la mayoria de aquel tiempo silencioso en que pasba como un anónimo chaval nada más… seguía creciendo y fortaleciendo mi cuerpo y mi alma. Y como mi corazón ya le pertenecía, desde que tenía siete años de edad a mi princesa, no me importaban en absoluto las novias de los demás que venían a visitarles sábados y domingos. Los sábados y domingos los aprovechaba yo para volver a la ciudad y seguir siendo amigo de mis amigos y bohemio de los anocheceres. Seguía fuera de casa todo el tiempo que podía. No me incliné jamás a los caprichos necios de mi madre y al silencio, aún más necio, de mi padre. Y es que yo no sabía que Don Florencio, por orden del Señor Sabio de arriba, les había ordenado que me dejaran en paz… que yo era yo y que el Señor Sabio de arriba no iba a consentir que me destrozaran como hicieron con mi hermnao mayor.

En el Servicio Militar Obligatorio aprendí a ser de los buenos soldados, de los fieles soldados que jamás iba con chismes ni chivatazos (que algunos los había) a los oficiales para que castigaran con el calabozo, la cárcel o el destierro al alguno de mis compañeros. Me lo pidieron una noche de luna llena y bajo la luna llena respondí: “!No!.!Jamás delataré a ninguno de mis compañeros sean amigos o enemigos!. !Esta guerra no es la mía!”.

Mi guerra seguía siendo escapar definitivamente del infierno donde los envidiosos me seguían esperando con sus puñales en las manos y sus risas hipócritas en el rostro. Pero no. Yo ahora no me acordaba de ninguno de ellos sino que aprovechaba el Servicio Militar Obigatorio para aprender cosas tan interesante como la vida de los mitológicos superhombres como Hércules y Ulises. Aprovechaba el Servicio Militar Obligatorio para seguir creciendo en la sana bohemia de las calles oscuras y los soportales donde la muerte se agazapaba para atrapar a los ingenuos. Pero yo era de buen corazón más jamás un ingenuo y siempre sabía cómo salir del laberinto de la muerte.

Allí, en el Servicio Militar Obligatorio supe que existen oficiales de alta graduación que aman más a los buenos soldados que los pequeños oficiales y suboficiales que están reprimidos por no poder subir en el escalafón militar y acomplejados porque un simple soldado les demostraba que cuplía sus misiones sin ningún miedo o temor a los galones de los sargentos, a las estrellas de los capitanes… y es que seguia todavía siendo el añorado capitán de las estrellas olímpicas y los deportivos olímpicos a los que nunca jamás defraudé.

En los momentos de rebeldía mi voz se escuchaba limpia y neta (sin oscurantismos de los falsos profetas de la libertad) pero nadie sabía de dónde venían esas voces ni quién las había pronunciado. Sabía mantener mi silencio a pesar de que hablaba claro y sincero. Sabía mantener silencio para pasar desapercibido salvo al más superior de todos ellos que, conocedor de quién era yo, supo mantener también silencio mientras me daba la oportunidad de crecer sirviéndole de escribiente. Y yo seguía escribiendo… cuentos para mi princesa…

Un comentario sobre “El chico duro vuelve a la libertad (por Olavi Skoda y José Orero).”

  1. Me recuerda tu relato a mi vida misma, tantos altibajos, tantos ocasos, y amaneceres, tanto de malo como de bueno, me he estado engañando durante muchos años, ya no me engaño, un beso amistoso y mucha libertad

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