Historial de tus Máscaras -Parte I-

Sonaba el teléfono móvil mientras ella escribía en una de las ventanitas abiertas del chat. Cuanta tecnología al alcance de la mano, demasiada.
Se levantó de la silla de la computadora y contestó. Caminaba.
Hola?
Era él. Así comenzó.
Aquella voz indescifrable parecía nunca terminar de expresar realmente lo que quería decir, sino -en aquel entonces- muy probablemente lo que ella quería escuchar.
Que tu nombre, que tu apellido, que la calle tal y cual, que la sede del Partido, y que se yo mas bla, bla, bla. Risas y palabras cordiales.
Pudo haber transcurrido una hora de reloj, serían entonces las tres o cuatro de la tarde cuando colgó el teléfono y las letras en la pantalla seguían tintineando. Entonces, en ese preciso instante, ella pareció quedar inmóvil con una sonrisa estúpida esbozada en su rostro.

Él tenía que �seguir trabajando�, se excusó. Te llamo luego.
Después más llamadas, algunos mensaje de texto, invitaciones vía Facebook a eventos relacionados con el Partido, y especialmente una invitación a la fiesta de Despedida del Año del Espacio.
Ese mismo día, mucho antes de la tardecita, vuelve a sonar el teléfono móvil, número desconocido. El calor de diciembre parecía calcinar las calles de Montevideo, y uno dudaba antes de salir a la intemperie. Una voz de mujer saludó cordialmente, era la secretaria del diputado, quien la invitó a �la otra� Despedida del año del mismo Partido, pero diferente sector.
Dos invitaciones el mismo día�
Pleno período de exámenes.
Pleno período pre-enero, pre-temporada de verano, estación particular que enarbola a todos los que vienen de un largo año de parciales y grupos y hospitales y lluvias y cosas así.
Ambas invitaciones eran para el veinte de diciembre.
Pero el encuentro sólo sería en un lugar, dónde estaría él. Cómo olvidarlo.
Ella se decidió �atónita de su propia elección- por la invitación de la calle Eduardo Acevedo, a pocos metros de la Facultad de Derecho, y por ende, de la Avenida 18 de julio. Entonces, salteando algunos imprevistos de última hora, fue.
Pero antes, digamos que aquí se abre un paréntesis, las circunstancias la llevaron a otro sitio, dónde resultaba muy accesible acercarse a la botella de whisky.
Sonó su teléfono móvil durante la madrugada.
Acompañada de dos amigas, de esas que están enojadas con el otro género, desilusionadas y dolidas por la idiotez masculina y sus minucias, pararon un taxi en Pocitos alrededor de las cuatro de la mañana y se dirigieron al local �B�.
Bajaron las ventanillas del auto, por supuesto, el alcohol y ese calor húmedo y pegajoso de la noche lasciva era agobiante.
Llegaron. Entonces estaba él. Las recibió cortésmente. Fue esa la primera vez que ambos cruzaron miradas. La invitó a recorrer el lugar, a conocerlo, cual si fuera un guía que muestra sus logros y destrezas a la invitada.
Las banderas del sangriento color del Partido decoraban el ambiente con una mezcla de optimismo y arrogancia, la gente con sus respectivos vasos en las manos, las luces bajas igual que la música, y una inquietante y verdísima mesa de pool en el medio del salón, que muy pronto volvería a ver, y a sentir.
En la parte de arriba, habían algunos sillones.
Entonces, pasado un momento, se saludaron; y ellas se fueron. (Volvería)

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