La dama

¿Quién es, quién es, esta oscura dama,
La tremendísima invasora
De los sagrados sitios del alma?
¿Queréis saber? ¡Leed las estrofas!:

Es una de diez caras,
Diez caras y mil voces;
De figura abigarrada
Y atestada de colores.

Que
Lleva el blanco de la muerte,
Junto al gris de la duda;
El dorado del nepente,
Y el sanguíneo de la angustia.

Tiene –les dije-, diez caras:
De ellas cuatro son horribles,
Otras cinco deformadas,
Y la que resta, temible.

De sus voces hay mucho -más
Que mucho- para decir,
Pero no me comprenderán,
Quienes no las puedan oír.

Porque suenan imposibles
Y se sienten aberrantes,
Son aullidos inaudibles y
Tonadas insoportables.

Y he dicho inaudibles,
Porque sólo las escuchan
Elegidos infelices,
Con voluntades difuntas.

Y estas voces invasoras
Giran órdenes absurdas,
Conminaciones hora a hora,
Que no se acaban nunca

Mientras dura el arduo día.
Y que ganan cuerpo y forma
Dentro de la abadía,
Que crea la cama en sombras.

¿Y qué puedo más decirles
Sobre esta horripilante,
Maligna y aborrecible
Acosadora acuciante?
Que
Tiene algo de pícara,
Y un poco de rara sabia,
Mucho de demoníaca,
Y cuánto más de malvada.

Dicen también que trae numen,
Y que da inspiraciones
De enormes magnitudes
Al artista sin pasiones.

Y que puebla a las almas,
De virtudes muy extrañas,
De inéditas fantasías,
Que parecen brujerías.

“Compañera” –hay quien le dice,
“Vieja amiga” –le llama otro,
Pero yo no voy a mentirles
Ni a honrarla con falsos logros.

Porque esta Dama no es más,
Que pánicos y terrores,
Grande miedo y más horrores,
Que mucho exceden el soñar

Natural del ser humano:

Son ideas tan atroces
Y temores draconianos,
Que torturan por las noches
Como agujas del diablo.

Y esta Dama es patrona,
De pobres desesperados,
De mendigos y desahuciados,
Que la suerte no perdona.

Es también desolladora,
De deudos y tristes viudos,
De fallidos, de personas
Que lloran a los difuntos.

Les dibuja cuadros que son
De extravagantes colores,
De grandiosas dimensiones,
Pero, ay, de horrible tenor

En ellos muestra sin pudores
Mil indecibles suplicios,
Que moran en los resquicios
De las mentes de los hombres.

Imágenes rarísimas,
Que exhiben aberraciones;
Torrentes de lucubraciones
Que conforman las delicias
De esta esperpéntica artista
Que, aunque pinta irrealidades,
Tiene estilo tan realista,
Y mano tan horrisonante,
Que no hay quién se resista,
A tomarlas por verdades.

¿Queréis saber qué le hace a los hombres?

Los sepulta en la tumba
De la obscena fantasía,
Lanzándoles enseguida
A la perversión más cruda.

Los encierra en prisiones
De muros inexpugnables,
Calabozos deleznables
Y poblados de visiones.

Rae sus almas hasta hacerlas
Un guiñapo lacrimoso,
Que va y viene al antojo
De su captora risueña.

Que se ríe con la risa
Espantosa del delirio,
Frente a cada suicidio
Que su voz horrible atiza.

Y querréis vosotros ahora
Que diga al fin de quién hablo,
A qué maldita Señora
Va dirigido mi canto.

No daré ya, pues, más vueltas,
Y declararé con premura,
Que esta dama tan abyecta
¡Es la horrible Locura!

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La Dama…

Cuentan en un pueblo una vieja historia sobre una dama… Una dama que siempre anda vestida de negro y que vigila un bosque que hay por el lugar. Dicen que solo se la ve durante el invierno, cuando las copas de los árboles se tiñen de blanco y la hierba se vuelve pálida y frágil. Es entonces cuando se la puede ver vagando con su vestido negro que resalta sobre la palidez de su piel y de sus labios, blancos como la nieve misma. A veces, suele aparecerse ante viajeros que pasan por el bosque o jóvenes perdidos que no encuentran su camino… Es en ese momento cuando, acercándose a si víctima, extiende sus blancos brazos mientras susurra:< >.

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