La herencia de Madame Canaris -Capítulo 7- (Novela)

– Nos quedamos aquí, Angeline.

– ¿En el Novotel Thalassa?

– Si, chavalilla. Me gusta.

Un portero salió a su encuentro.

– Bienvenidos, joven pareja. Si se van a quedar con nosotros pueden meter el automóvil en nuestro parking.

– Vamos, princesa.

Ella no esperó más órdenes y, tras dejar su flamante Peugeot Sport en el parking del hotel, los dos entraron a la Cafetería Restaurante.

– Todavía es muy temprano para cenar, José Roberto.

– Lo sé pero te invito a un vermut.

– ¿Es importante ahora?

– Sí. Mienrtras nos refrescamos un poco la garganta con el vermut puedo pedir una guía telefónica para saber dónde se encuentra el despacho del abogado Benoit de la Colette Saint-Julien D’Arc. ¿Se llama así verdad?

– ¡Buena memoria! Se llama así.

Se les acercó el camarero al otro lado de la barra.

– Me llamo Antoine Parés Armillo y estoy a su completo servicio para lo que deseen.

El camarero le tendió la mano a José Roberto y este se la estrechó con mucha frialdad.

– Ella es intocable… aunque usted fuese pastor ella es intocable… por muy anciano que sea usted…

– Le comprendo, joven. Yo tampoco lo permitiría siendo tan hermosa como es.

– Entonces sírvanos un par de vermuts dulces y, por favor, páseme una Guia Telefónica de Le Touquet.

– ¿No desean nada más?

– Yo sólo deseo lo que deseo y lo que deseen los demás no me interesa para nada. Espero que lo siga comprendiendo.

– Comprendido.

– Pues ya está todo dicho entre usted y yo. Sírvanos y guarde silencio.

El camarero Antoine Parés Armillo se dio cuenta de que José Roberto Ortero de Jumilla no deseaba hablar con él sino que tenía prisa por ser servido.

– Sólo serán dos minutos, joven.

– Páseme la Guía Telefónica ya.

Antoine tuvo que obedecer de inmediato.

– Vamos a ver si tenemos suerte, princesa.

– ¿Era necesario ser tan descortés con ese tal Antoine?

– Sí. No quiero perder el tiempo hablando con nadie más que contigo. No podemos admitir cotillas por muy serviciales que sean. Recuerda que estamos investigando y que debemos pasar lo más desapercibidos posibles. Ese tal Antoine Parés Armillo no me cae simpático y no quiero que sepa nada de mí y mucho menos de ti.

– De acuerdo. Estoy de acuerdo contigo.

– Entonces ojeemos la Guía.

Comenzaron a buscar por las páginas de «Despachos de abogados de Le Touquet».

– ¡Aquí está, José Roberto! ¡Abogado Benoit de la Colette Saint-Julien D’Arc, en el número 43 de la Rue de Metz!

– ¡Fantástico, princesa! Ahora bebamos nuestros vermuts con total tranquilidad.

– ¿Cuándo vamos a hacerle la visita?

– Tranquila. Esta misma tarde hablaremos con él.

Llegó Antoine con los dos vermuts en su bandeja y un par de croissants.

– ¿Se van a quedar en el Hotel?

– Eso lo decidiremos entre ella y yo. Ahora dígame cuánto es el costo de los vermuts porque me gusta pagar por adelantado.

– Esto… ¿me permite que les invite yo?…

– No. No le permito que nos invite usted. No quiero tener deudas con alguien que luego me pida algo a cambio o me reclame a pesar de haberme invitado. Se puede llevar los dos croissants.

– Era un detalle mío.

– Tampoco admito detalles de nadie a quien no conozco lo suficiente.

José Roberto Ortero de Jumilla dejó un billete de diez euros sobre el mostrador.

– Si sobra algo quédeselo usted.

– Gracias, señor.

– No me de las gracias. Al fin y al cabo vale ser menos gracioso para ganar amistades sinceras y yo no creo que usted sea sincero. Si ella no estuviera aquí estoy seguro de que ni tan siquiera se me habría acercado a un kilómetro de distancia. ¿Me ha entendido?

– Yo… yo…

– Usted no dice nada más y aquí se corta nuestra comunicación. Corte el rollo y vaya a ligar con otra. ¿Me sigue entendiendo?

– Sólo intentaba ser cortés.

– Pues ya que es tan cortés corte del todo. Reconozco a los linces a más de diez kilómetros de distancia. Sé de la viveza mucho más que usted. Así que haga el favor de dejarnos solos.

Antoine se puso rojo de vergüeza, cogió el billete y se dedicó a servir al otro extremo de la barra.

– ¿Por qué has sido tan duro con él?

– Mira, preciosa, descubro a los que se las dan de listos mucho antes de que ellos se den cuenta. Pero ahora olvidemos el incidente. No deseo hablar nada más relacionado con ese tal Antoine Parés Armillo.

– ¿Es que le has cogido en algún renuncio?

– Por supuesto que sí. Te ha visto y ha creído que tú eras fácil para él.

– ¡Jajaja! ¿Yo ligando con un camarero de hotel?

– No. Es a la inversa. Un camarero de hotel intentando ligar contigo.

– No es por hacerle de menos; pero nunca ligaría con nadie salvo contigo. Y si no existieses tú al menos me dedicaría a ligar con algún príncipe europeo. ¡Jajaja!

Comenzaron a beber tranquilamente sus vermuts.

– Me gustaría saber una cosa de ti, Angeline.

– Me conoces del todo y muy bien. Por eso me he casado contigo y no con ningún cantamañanas.

– Pues yo por las mañanas suelo cantar bastante.

– Ya te he oído cantar por las mañana, José Roberto.

– ¿Y qué tal lo hago?

– Podrías ganar algún festival que otro.

– ¡Qué ilusión! ¡Quizás lo intente alguna vez con el Festival de San Remo por ejemplo!

– ¿Por qué el de San Remo?

– Porque es muy romántico.

– ¡Jajaja! ¿Qué quieres saber ahora de mí?

– ¿Te gustan los cuadros de Renoir?

– Sabes que me encanta el impresionismo.

– Pero me refiero a Renoir en concreto.

– Es uno de mis favoritos. Quizás el más favorito de todos.

– ¿Qué me dices de «Diana la cazadora»?

– Una verdadera diosa.

– Eso ya lo sé. Se parece mucho a ti aunque tú estás mejor que ella un millón de veces. Lo que quiero saber es qué opinas tú como crítica de arte.

– Cuando nació el impresionismo francés, los pìntores de esta técnica no eran bien aceptados en el Salón de París y por eso, en 1867, «Diana la cazadora» de Renoir fue rechazada por el jurado.

– Demasiado carcas e incapaces de entender sobre diosas de la belleza.

– ¡Jajaja! Estoy de acuerdo contigo, José Roberto.

– Sin embargo, el tal Saura que hemos conocido en el Café de Nueva Atenas de París no parece tan tonto como aparenta.

– ¿Celoso tal vez?

– Jamás. Solamente que hay que tener mucho cuidado con los moscos que atienden detrás de las barras. Son muy cotillas y siempre buscan algo.

– ¿Y eso?

– Mejor te lo explico cuando hayamos terminado con nuestra misión en Le Touquet. ¿Has terminado tu vermut?

– Sí. Estaba fantástico. La verdad es que lo necesitaba.

– Pues vamos a por el Peugeot y adelante, princesa, adelante… te vuelvo a repetir que podemos… y sin tener que usar coleta para nada…

– ¡Jajaja! ¿Qué tienes en contra de los que llevan coletas?

– Que usan demasiado pegamento.

– ¡Jajaja! ¿Demasiado pegamento en la cola?

– En el buen sentido de la palabra cola.

– ¡Vámonos porque si seguimos así no voy a dejar de reír jamás!

– Si. Vámonos ya. Algunos en vez de coleta tienen colita.

– ¿Como si fueran chinescos?

– Tú lo has dicho, princesa. Se manejan muy bien en las sombras…

– ¿Algo que ver con el mundo político tal vez?

– Exacto, bombón. Son demasiado políticamente incorrectos para ser del todo verdaderos.

– ¿Esconden alguna falsedad?

– Podemos decir, sin duda alguna, que tienen sus propios intereses. Nunca te fies jamás de los muy políticamente incorrectos. ¿Ya sabes por dónde aúllan los lobos?

– Supongo que por donde andan sus presas.

– Sí. Podemos decirlo así. Podemos incluso pensar que juegan a ser lobos disfrazados de corderos pero que, a la hora de la verdad, son solamente tan gavilanes como todos los demás a los que combaten.

– ¿Las mismas monedas pero con distintas caras?

– Sí. Los de las coletas le echan mucha cara a la vida. Por eso van con toda la cara por delante… hasta que tropiezan, sin darse cuenta, con los postes de seguridad y se parten la jeta… ¿me vas entendiendo?

– ¡Jajaja! Te entiendo. Se llama populismo.

– Y como debes de saber el populismo tiene mucho de aristocracia del engaño. ¿O no es verdad que el hermano de Fabiola engañaba hasta a su propia hermana?

– Si no dejas de hablar no vamos a poder ponernos serios.

– Guardaré silencio hasta que hablemos con Benoit.

Al pasar por Recepción, Ortero volvió a tomar la palabra.

– Señorita, una habitación matrimonial para tres noches seguidas.

– ¿Son ustedes un matrimonio?

– ¿Usted qué cree?

– Reconozco que ha sido una pregunta indiscreta.

– Pues sea más discreta y no haga de cotilla. Usted a lo suyo y nosotros a lo nuestro.

– Pero no se enoje conmigo.

– No me enojo ni con usted ni con cincuenta como usted. Simplemente dedíquese a cumplir con su oficio que para esa le pagan una buena pasta.

– ¿Le gusta la 56?

– Perfecto. Me encanta eso de 56.

– Pues no se hable más. Tienen ustedes adjudicada la 56.

– ¿Es necesario pagar por adelantado?

– No. Solamente les exigimos pagar por adelantado a los que parecen sospechosos.

– Muchas gracias por no considerarnos sospechosos y ya que está todo aclarado deme la llave de la 56 y no se hable más.

La recepcionista entregó la llave a Ortero y éste, junto con su bellísima esposa, salieron del hotel en busca del flamante Peugeot Sport, subieron al automóvil, siempre ella como piloto y él como copiloto, y salieron camino del número 43 de la Rue de Metz. Hasta que llegaron a su destino ambos guardaron silencio.

– Ya estamos aquí, José Roberto.

– De acuerdo, muñeca. Aparca y entremos en el local.

Después de aparcar muy cerca de allí y una vez ante la puerta, les salió al paso un señor muy bajito y muy feo, con bigote a lo Arrocet y unas enormes narices, muy a la francesa, como de boniato.

– ¡No pueden ustedes pasar, jovencitos! ¡Hace un par de horas que el señor Benoit de la Colette Saint-Julian D’Arc ha terminado su jornada laboral y no admite más visitas!

– ¡O se aparta usted de mi camino por las buenas o le aparto yo de mi camino por las malas, liliputiense con peluca!

El señor muy bajito y muy feo, con bigote a lo Arrocet y unas enormes narices, muy a la francesa, como de boniato, se hizo a un lado y les permitió el paso mientras se palpaba la peluca.

– Ven detrás de mí, princesa, y no te alejes de mi lado.

Después, Ortero llamó a la puerta del abogado.

– ¡Sea quien sea no puedo atenderle a estas horas! ¡Mi jornada laboral ha terminado y estoy ocupado en mis tareas!

– ¡No me sea usted un colegial, señor abogado, porque vamos a entrar a pesar de que esté usted haciendo sus tareas!

Ante la voz serena pero firme de José Roberto Ortero de Jumilla, el abogado se levantó de su silla y abrió la puerta.

– Le he dicho que…

De inmediato quedó boquiabierto a verla a ella.

– ¿Puede o no puede atendernos ahora mismo?

– Esto… sí… claro… pero necesito algo que demuestre que son ustedes tan importantes como para que yo les reciba fuera de hora.

– ¿Le sirve esto? Es una autorización del Jefe Superior de la Policía de París, el señor Marlon Brandy, para hablar con usted o con quien sea.

El abogado miró el documento y luego se lo devolvió a Ortero.

– De acuerdo. Puedo hablar con usted… pero ¿es necesario que ella esté presente?…

– Es mi compañera de trabajos en el más amplio sentido de la palabra trabajos y por supuesto que no se va a quedar afuera mientras charlamos. Es necesario que esté presente aunque sólo sea como testigo presencial y sin decir palabra alguna.

El abogado se quedó cortado y sin saber qué decir…

– No me sea usted infantil, señor Saint-Julien, y hablemos como personas adultas.

Esto último terminó por convencerle al abogado francés quien, invitando a que se sentaran Angeline y José Roberto, les atendió gustosamente.

– ¿En qué puedo servirles?

– ¿Era usted el abogado privado de la ya fallecida Madame Canaris?

– Efectivamente. Yo era su único abogado.

– Debía pagarle una buena cantidad de euros por sus labores…

– No me quejo. Me pagaba muy bien. ¿Qué quieren saber de ella?

– Antes de hablar de Madame Canaris… ¿puedo hacerle una pregunta algo indiscreta?…

– Depende de lo indiscreta que sea.

– No se moleste, por favor, pero… ¿de verdad se llama usted Benoit de la Colette?…

– No. Realmente sólo me llamabas Benoit pero añadí lo de la Colette por mi hermosa coleta. La amo mucho. ¿Eso le extraña tanto?

– No me extraña nada, señor Benoit, porque si en realidad hay muchos que aman a sus mascotas… ¿por qué no va a haber algunos que amen a sus coletas?… yo he conocido incluso a uno que amaba a su serpiente venenosa…

– ¿Qué más le llama la atención de mi hermosa coleta?

– ¿Desde cuándo empezó usted a usarla?

– Desde aquellos felices principios de la década de los 60 del pasado siglo XX. ¡Me encantó tanto el movimiento de los hipys que me convertí en uno de sus más fanáticos seguidores! ¡Fue una época prodigiosa!

– Entiendo. Fue usted uno de esos «hijos de papá» que se divirtieron de lo lindo haciendo de vagabundos sucios sin dar ni golpe hasta que se aburrieron del jueguecito.

– Era la moda, joven. Mi papá tenía mucho dinero y todos los hijos de papás multimillonarios nos aburríamos como una ostra, así que se nos ocurrió la idea de querer cambiar el mundo.

– Una idea más falsa que un euro de hojalata… ¿no es cierto?…

– Sí. Fue una falsedad muy bien montada; pero fue, a su vez, muy divertido.

– Hasta que, sin importarles para nada los que cayeron por el camino al seguirles el jueguecito, ustedes se volvieron a aburrir y regresaron a la casa de sus papá para convertirse en yupis. ¿Me equivoco?

– Así fue.

– ¿Y cuál fue su mejor momento?

– ¡El mayo del 68! ¡Fue genial! ¡Fue increíble! ¡Fue histórico!

– Se ha olvidado usted añadir que, además de histórico, fue histérico.

– Si. Algunos se desmayaban de gusto.

– O sea, que usted estuvo detrás de las barricadas… ¿verdadero o falso?…

– Verdadero. ¡Fue una gozada estar tras las barricadas! Yo era un estudiante de Derecho de la Universidad de París y estaba obligado a demostrarlo.

– ¿Haciendo el «apache» tras las barricadas?

– ¡Fue grandioso! ¡Llegué a conocer tanto a los líderes que fui amigo íntimo de ellos!

– ¿Amiguito de todos ellos quizás?

– Bueno, si. Es mejor decir amiguito de todos ellos. Me encantó tener relaciones íntimas con Daniel Cohn-Bendit más conocido como «Dani El Rojo» que era anarquista total, Alain Geismar y Jacques Sauvageot.

– ¿Y no le parece que eran demasiadas relaciones íntimas?

– ¿Qué me está queriendo decir?

– Aquello tan famoso de «haz el amor y no la guerra» y, sobre todo, lo de «¿qué importa el sexo si el amor es puro» y lo de «menos porras y más porros».

– Estaba todo controlado. trabajábamos seguros.

– ¿Porque cuando les detenían entraban por una puerta y rápidamente salían por otra gracias a los dineros de sus papás?

– Sí. Eso es lo que ocurría.

– Menos para los pobres ingenuos que pagaron el pato.

– En la vida hay que saber nadar y guardar la ropa antes de que te la roben y te quedes en pelotas.

– Muy buena imagen literaria, señor Benoit de la Colette, además de cierta y verdadera. ¿Qué más recuerdos le quedan de aquello tan emocionante?

– Prefiero no decir nada más de todo aquello. Es usted muy joven pero muy sarcástico al mismo tiempo.

– De acuerdo, señor Benoit de la Colette… ¿podemos hablar ahora de la Madame en cuestión?

– Podemos… pero podemos hasta cierto punto…

– Entiendo muy bien eso de hasta cierto punto cuando tratamos de podemos o no podemos.

– Es usted un gran animador de charlas. Me gusta que entienda cuáles son mis límites.

– Sí. A veces los límites son necesarios aunque no nos gusten demasiado.

– Menos mal que me comprende; así que abreviemos la charla por favor.

– ¿Es que hay cosas ocultas en este asunto?

– Yo no tengo conocimiento de ninguna cosa oculta. ¿Qué desea saber de Madame Canaris?

– Sólo quiero que me diga cómo era Madame Canaris como mujer.

– ¿Es que usted nunca llegó a conocerla?

– Nunca me he preocupado en conocer a gente famosa. ¿Cómo era esa mujer?

– Toda una señora desde la cabeza a los pies.

– Sí. Pero quiero saber cómo era de verdad.

– Le repito que era toda una señora… pero fue toda su vida muy desdichada y sufrió demasiado…

– ¿Siendo la persona más millonaria de Europa fue toda su vida una desdichada? ¿Cómo se puede explicar eso?

– Cometió muchos errores en su juventud.

– ¿Cosas inmorales tal vez?

– Pero
– Perdone que no responda a esa pregunta. Son cosas muy íntimas que me confesó un poco antes de morir pero con la condición de que no se lo dijese a nadie.

– No estoy enjuiciando, para nada, a Madame Canaris… y mucho menos sabiendo que ya está muerta…

– No es que no quiera sino que no debo…

– Quien no debe no teme.

– No es temor…

– Ella y yo somos muy jóvenes pero no somos, precisamente, una niña y un nilño jugando a policías y ladrones.

– Pero el secreto de mi profesión es el secreto de mi profesión.

– Lo entiendo. Hay muchos secretos profesionales hoy en día.`

– ¡Soy mucho más liberal de lo que tú crees, jovencito!

– Entonces… ¿puedo encender mi puro?…

– ¡Repito que soy mucho más liberal de lo que tú crees! ¡Puedes encender el puro!

Ortero sacó el Montecristo que le había regalado Saura y lo encendió comenzando a fumar tranquilamente.

– Ya veo que es usted muy liberal. Tiene un hermoso póster de la Janis Joplin adornando su despacho laboral.

– Yo… la verdad es que yo…

– Está bien. No le voy a obligar a que vaya contra sus propios principios profesionales. Pero… ¿tiene usted alguna fotografía de ella?

– ¿De la Janis?

– No. La Janis no me interesa absolutamente para nada y mucho menos su forma de pensar y actuar en la vida. Me refiero a Madame Canaris.

– Tengo su álbum de fotografías familiares pero también di mi palabra de honor de que no se lo enseñaría a nadie salvo que no tuviese una orden judicial.

– Ya. Pero resulta que yo no necesito saber nada de ese álbum mas el señor Inspector Jefe de la Policía de París sí lo que va a necesitar. ¿Me comprende ahora?

– ¿Qué va a hacer con el álbum?

– Con el álbum nada… pero quiero que mi bombón de compañera elija la dos fotografías que le parezcan mejores.

– Antes me dio su palabra de que sólo iba a ser testiga presencial pero que no intervendría para nada en nuestra conversación.

– Le dije que iba a ser testiga presencial y que no diría nada ni participaría de nuestra conversación… pero para elegir las dos fotografías que más le gusten no tiene por qué hablar nada. Por otra parte siempre tiene muy buen gusto. Le prometo que no voy a dañar para nada el álbum y se las devolveré en cuanto las vea el jefe Marlon Brandy. Le prometo que las cuidaré como oro en polvo; mucho mejor que si fuesen dos cromos de futbolistas del Athetic Club de Bilbao.

– ¿Me está contando un chiste?

– No. Lo que sucede es que yo soy un león.

– ¡Jajaja! Bueno. Está bien. Ojeeen el álbum y que ella elija las dos que más prefiera.

El abogado abrió uno de los cajones de su mesa escritorio y sacó el álbum entregándoselo a Ortero.

– Vamos a ver, bombón, ojeemos despacio y elije las dos que más te gusten.

Ante el silencio y el asombro del abogado Benoit de la Colette Saint-Julien D’Arc, Angeline y José Roberto comenzaron a ojear todas las fotografías del álbum.

– ¿Quién es este niño tan rubiales que aparece siempre jutno a ella?

– Ese es su único hijo, el heredero universal Piolín Canaris.

– ¿Es que no sabe usted que Piolín tiene un hermano gemelo llamado Violín?

– ¿Está usted de broma conmigo?

– Yo no gasto bromas cuando de muertos se trata. En la radio Europe 1 han confirmado que existe un gemelo de Piolín Canaris llamado Violín Canaris.

– Pues es las primera noticia que tengo.

– Pues lo están informando por las emisoras de radio.

Angeline, sin decir palabra alguna para no romper lo pactado, eligió dos fotografías.

– Nos llevamos estas dos. Una de Madame Canaris y otra de su hijo Piolín Canaris.

– ¡No se las puede llevar!

– Sólo se las pido como unn préstamo hasta que las vea el jefe Marlon Brandy. Le prometo otra vez que las cuidaré mejor que si fuesen dos cromos de futbolistas del Athletic Club de Bilbao.

– Deje las bromas aparte.

– Pues hablando de dejar las bromas aparte, ¿por casualidad la Madame en cuestión no le entregó alguna otra fotografía que no forme parte de este álbum familiar?

– No… esto… espere… un poco antes de morir me entregó una fotografía que estoy completamente seguro de que era del mismo Piolín Canaris.

– ¿Dónde tiene esa fotografía?

– Un momento.

El abogado abrió otro de los cajones de su mesa de trabajo, sacó la fotografía y se la entregó a Ortero. Era la fotografíaa de un niño completamene rubio.

– Parece el mismísimo Piolín Canaris…

– Entonces… devuélvamela, por favor…

– Son tan iguales como dos gotas de agua pero perdone, señor abogado, porque también se la pido prestada por unos cuantos días nada más.

– ¡No abuse de mi confianza!

– ¡Y usted no abuse de mi paciencia!

– Es que…

– Confíe más en mí.

– Bueno. ¿Necesitan algo más?

– Nada más. Ha sido un honor haberle conocido y un mayor honor haber hablado con usted.

Cuando Angeline y José Roberto se encontraron de nuevo en la calle cruzaron uns breves palabras.

– ¿Qué te ha parecido el abogado, chavalilla?

– Me parece un hombre honesto y muy honrado. Ha sido muy sincero contigo.

– Estoy de acuerdo. Demasiado sincero conmigo. Pero yo no sé si me merezco tanta sinceridad porque me abruma…

– No nos ha ocultado nada de lo que le hemos pedido.

– Si, princesa, no nos ha ocultado nada de lo que le hemos pedido.

– ¿Qué hacemos ahora?

– De momento tengo una idea.

– ¡Tiemblo! ¡Tiemblo cuando tienes alguna idea! ¡Desembucha!

– Nos hemos ganado un feliz descanso; así que ahora regresamos al Novotel Thalassa, cenamos tranquilamente y nos vamos a la cama; pero mañana…

– ¡Dios mío! ¿Qué se te ha ocurrido para mañana?

– Que nos volvemos hasta Amiens.

– ¿Otra vez a Amiens?

– Sí. Pero para visitar el «Courrier Picard».

– ¿La redacción de un periódico?

– La hemeroteca de un periódico.

– ¿Crees que nos van a permitir eso?

– No tengas ni la menor duda. Para eso somos colegas aunque estemos al otro lado de los Pirineos.

– ¡Jajaja! ¡Siempre me sorprendes con tus ideas!

– ¡Pues sí! ¡Tengo una idea y creo que es muy buena! ¡Menos buena que tú pero muy buena!

– ¡Jajaja!

Y la pareja se encaminó, con el flamante Peugeot Ford de ella, hacia el Novotel Thalassa de Le Touquet.

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