La herencia de Madame Canaris -Capítulo 8- (Novela)

– Probablemente se citó con alguien para comer y olvidó del todo su cita conmigo.

Estaba temblando. Era miércoles. Se sirvió otra copa de coñac y miró al cielo tras los cristales de la ventana. Las nubes se estaban acumulando.

– Empiezo a estar un poco cansado de todo esto.

Quizás la lluvia se contuviera hasta después de las once de la noche. Esperó. Si se había contenido durante tanto tiempo, ¿por qué no dos horas más? De pronto estalló el tremendo resonar de un trueno que hizo que derramara el coñac sobre la moqueta.

– ¡No puedes confiar en nadie!

Alguien golpeó en la puerta…

– ¡Pase sin llamar, por favor!

Era Christian Roland Varanet Mathieu, el doctor que había llevado a cabo la autopsia del cuerpo de Piolín Canaris.

– ¡Tengo sorpresas, Jefe!

– ¿Sorpresas? ¿Qué clase de sorpresas?

– Piolín Canaris no se suicidó.

– Pero si estaba colgado del techo…

– Sí. Pero no se suicidó.

– ¿Estás seguro de ello, Christian?

– Como buen cristiano que soy estoy seguro. Hemos encontrado cianuro en su sangre.

– Eso cambia todo el sentido de la investigación.

– Además, en su cerebro hemos encontrado mercurio.

– ¿Mercurio en su cerebro?

– Sí. Al parecer se lo introdujeron por el oído derecho.

– ¿Entonces?

– Entonces alguien estaba muy interesado en que muriera rápìdamente.

– ¿Violín Canaris?

– No puedo afirmarlo. Es sólo una suposición pero pudo haber sido un ajuste de cuentas.

– ¿Qué es eso de un ajuste de cuentas?

– Piolín Canaris era un drogadicto total.

– ¿Cómo se ha sabido eso?

– Alguien llamó hace unos minutos y nos lo ha hecho saber.

– ¿Quién llamó?

– Un anónimo.

– ¿Un chivato en todo este follón?

– Por lo menos un chivato…

– ¿Se pudo confirmar eso?

– Hemos encontrado mucha cantidad de restos de morfina en todo su cuerpo.

– ¿No produce sueño la morfina?

– Exacto, Jefe.

– Puede ya retirarse, doctor. Tengo que hablar rápìdamente con alguien muy en privado.

Una vez que el doctor Christian Roland Varanet Mathieu salió del despacho, el Jefe Marlon Brandy marcó el número del móvil de «Joro».

– ¿Qué sucede, Brandy?

– ¡Dónde diablos te metes! ¡Te estoy esperando durante todo el santo dia y toda la santa noche!

– Estoy descansando, Brandy.

– ¿Cómo es eso de que estás descansando, «Joro»?

– No se preocupe tanto por mí. Estoy muy bien acompañado.

– ¡Como se entere tu chavala te cuelga de una encina!

– Probablemente sí… pero posiblemente no…

– ¡No te tomes el asunto con tanta broma, «Joro»!

– ¿Para qué me necesita ahora, Brandy?

– Porque tengo muchas noticias sabrosas sobre nuestro asunto y es necesario que las estudiemos los dos juntos.

– Pues no vuelvo a París hasta dentro de dos días o, mejor dicho, hasta dentro de tres noches.

– ¿Pero se puede saber qué clase de investigador eres tü?

– ¿Confía en mí o no confía en mí?

– Confío en ti porque no me queda otro remedio.

– Pues si no le queda otro remedio espéreme hasta dentro de dos días o, mejor dicho, hasta dentro de tres noches.

– ¡Cómo tardes más tiempo en venir el que te cuelga de una encina soy yo!

– Le doy mi palabra de honor de que sólo será el tiempo que le he dicho.

– Tu palabra de honor no me vale de mucho…

– Entonces es muy fácil la solución. Encuentre a otro mejor que yo y contrátele porque incluso le saldrá más barato. Aproveche las ofertas de promoción del mercado de investigadores y no lo dude más. Yo ahora me siento muy feliz.

– Perdona, «Joro»… no te lo tomes tan en serio… ha sido sólo una broma…

– ¿No dice siempre que no le gustan las bromas mientras trabajamos, Brandy?

– ¿Y tú quieres que yo deje de beber alcohol tal como están las cosas?

– ¡Voluntad, Brandy, voluntad!

– Escucha, «Joro». Acepto que tardes dos días o, mejor dicho, tres noches en venir a París; pero este asunto se está poniendo muy feo.

– Hablando de eso, precisamente esta tarde he conocido a un tipo excesivamente feo y me lo he tenido que quitar de enmedio, Brandy.

– ¿Estás utilizando las artes marciales?

– No se preocupe más por eso, Brandy. No llegó la sangre al río.

– ¿Hay más sangre en este asunto?

– Ya se lo contaré cuando vuelva.

Marlon Brandy cortó la comunicación.

– ¿Qué quería Marlon, José Roberto?

– Nada importante, Angeline.

– Entonces apaga la luz.

– ¿Por qué tenemos que apagar la luz?

– Por si los moscos de los que tanto hablas.

Marlon Brandy miró a la botella de coñac pero recordó lo de la voluntad y se decidió por un vaso lleno de cocacola.

– ¡Vaya porquería! ¡Si esto es la chispa de la vida, como decían antes los de la radio y hasta los de la tele, yo no le veo la gracia por ninguna parte!

No pudo hacer otra cosa sino recordar…

– Era una situación imposible. Ahora me doy cuenta de que era una situación imposible. Lleva toda la razón este tal «Joro».

Como aquella noche Marlon Brandy tenía insomnio, decidió ir a hacer una visita a Charles Saura Renoir en el Café de Nueva Atenas.

– ¡Hola, Charles!

– Estamos ya cerrando, Marlon.

– Es que necesito desahogarme con alguien.

– ¿Y me ha tocado a mí ser el conejillo de indias?

– No tengo ningún otro mejor amigo en todo el mundo salvo tú, Charles.

– Espera a que cierre el local; pero si me presento en mi casa una hora más tarde de lo acordado… ¿cómo se lo explico a mi Renata?…

– No te preocupes por eso. Te acompañaré a tu casa para dar la cara ante ella.`

– Si es así espera un momento…

Charles Saura Renoir echó el cierre del establecimiento.

– ¿Puedes servirme una de calisay?

– Ya sabes de sobra dónde están las botellas, Marlon…

– Sólo una de calisay, Charles. Tengo un poco de ardor en el estómago y seguro que ha sido por culpa de la cocacola.

– No me digas que ahora te has convertido en un adicto a la cocacola…

– ¡Me falta muy poco para serlo!

– Entonces el asunto debe ser muy grave. Canta.

– Es sorprendente que no lo sepas ya.

– ¿Saber qué? Madame Canaris está muerta del todo y eso lo sabe toda Francia.

– ¡Estaré aquí un rato malditamente largo!

– ¡No me jodas la noche, Marlon! ¡Una cosa es que llegue una hora tarde a mi casa y otra, muy distinta, es que llegue ya muy avanzada la madrugada!

– Que no te preocupes por eso. Que yo daré la cara por ti.

– Pues prepárate para recibir unas cuantas ostias seguidas. ¡Menuda se pone mi Renata cuando está enfadada!

– Estaré preparado para poder esquivarlas.

– ¡Vaya! ¡Canta y que sea lo que Dios quiera!

– Bueno, como ya te he dicho en otras ocasiones, quiero escribir un libro propio.

– ¿Qué clase de libro, Brandy? ¿Tú eres capaz de escribir un libro?

– Has de saber, ignorante, que yo inicié la carrera de Literatura en la Universidad de París.

– ¿Y no llegaste a terminarla del todo?

– No. Abandoné en el primer Curso… pero siempre quise escribir un libro basado en la vida real y tengo en mi mente un argumento ortodoxo terminado en una nota de esperanza.

– ¡Brandy! ¡Lo siento mucho!

– ¿Qué sientes, Saura?

– No poder ayudarte. Yo sé pintar muy bien pero no sé escribir ni una jota en cursiva.

– En boca de otro hombre eso habría sido un comentario sarcástico; pero te perdono porque eres mi único amigo verdadero.

– ¿Y ese tal «Joro»?

– «Joro» es muy especial. Para ser un verdadero amigo de «Joro» es necesario estar bien loco.

– Pues yo ya estoy echándole en falta y eso que sólo le acabo de conocer…

– Yo también Charles, yo también le estoy echando en falta…

– ¿Se sabe dónde está?

– Sí. En paradero desconocido.

– ¡Vaya desgracia! ¡Sería formidable que estuviéramos los tres juntos!

– Pues él no está tan solo como nosotros porque me ha dicho, por el móvil, que se encuentra muy bien acompañado y que es muy feliz.

– ¡Ostras! ¿Y eso lo sabe su Angeline?

– Deduzco que sí.

– ¡Ostras! ¡Se le va a caer el pelo!

– Deduzco que no.

– ¡Te estás volviendo muy escéptico y muy enigmático, Marlon!

– ¡Me estás haciendo daño, Charles!

– ¡Maldita sea! ¡Mecachis en los mengues! ¡No era esa mi intención!

– Soy un alcohólico y lo siento…

Permanecieron callados por un largo tiempo, como cuando entraban en crisis de melancolía…

– ¿Quieres de verdad un calisay?

– Sí, Charles. Te lo agradezco.

Charles Saura fue al lugar de las botellas, escogió una de calisay y le sirvió un vaso a Marlon Brandy, llenando otro vaso para él.

– Quiero brindar por el olvido…

– Está bien. Brindaremos los dos.

– ¡Por que se mueran todas las mujeres!

– ¡De eso nada, Marlon! ¡Yo no brindaré jamás por esa barbaridad!

– Entonces brindemos por aquellos que conocieron el amor verdadero…

– Eso sí merece la pena.

– ¿Cuántos amantes de verdad habrá en el mundo, Charles?

– Supongo que habrá algunos.

– Supongamos que sí… pero… ¿cómo se consigue eso?…

– Quizás sin tener que buscarlo. Por lo menos eso me sucedió a mí con Renata.

– Canta tú ahora…

– Fue en una noche tan lluviosa como esta. Yo estaba refugiado en un portal y apareció ella. Nos miramos. Me sonrió. La sonreí y le di un beso en la cara. Todo lo demás fue verdaderamente sencillo.

– ¿Así de sencillo es enamorarse de verdad?

– Sí. Lo que pasa es que la mayoría de la gente ya no se lo cree.

– Hay muchos incrédulos en los últimos tiempos.

– Por culpa de quienes han reducido el amor al simple hecho de acostarse juntos.

– ¿Qué opinas de ellos?

– Que no tienen ni puñetera idea de lo que es el amor verdadero. Ese que ni se compra ni se vende porque no hay dinero en el mundo para comprar los quereres.

– Eso mismo pienso yo de mí.

– Tengo que irme, Marlon. Mañana pensarás de otra manera.

– ¡No te vayas todavía, por favor! ¡No quiero quedarme a solas con mis fantasmas!

– Sólo media hora más, Marlon.

-¿Tú crees que en media hora puede cambiar la vida de un hombre?

– Yo creo que la vida de un hombre puede cambiar en un segundo.

– La lluvia lo ha revuelto todo. ¡Al diablo todas sus coartadas y todos sus esfuerzos por conseguir que sea demasiado tarde!

– ¿De quién hablas, Marlon?

– De un fantasma…

– Si sigues así nuncas podrás derrotarlo.

– No. Esta vez me refiero al fantasma de Madame Canaris.

– ¡Ostras, ostras y ostras!

– Una curiosa mujer, Charles. Después de todo estaba loca.

– ¿Y qué haces tú pensando todavía en una loca?

– ¡El fantasma de una loca, Charles! ¡El fantasma de una loca!

– ¡Ya está bien, Brandy! ¡Para el rollo!

– ¡Parecía una pesadilla que cruzó por mi mente!

– ¡Y nunca podrás eliminarle si es que no te convences de que ya todo eso pasó!

– Supongamos que en realidad yo no la amaba…

– Entonces… ¿para qué seguir sufriendo?… ¡Está muerta!… ¡Date ya cuenta de una vez por todas de que está muerta!

Marlon Brandy soltó una larga y loca carcajada…

– ¡Jajajajajaja!

– ¡Ostras, ostras y ostras!

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