La Mariposa Encantada.

Erase una vez un Reino que no tenía color porque en él no había alegría y no cantaban los pájaros. Estos sólo piaban en las ramas de los árboles grises. Siempre quietos, nunca volaban bajo las nubes grises. Las casas eran grises, las flores y las gentes eran grises y las mariposas no existían. El Sol no podía penetrar debido a que todo el cielo estaba cubierto con feas nubes de color gris parduzco. El Reino se llamaba Gris.

En un pueblo fronterizo, perteneciente al Reino llamado Color, una niña supo de la eterna tristeza en la que vivían los habitantes de Gris. Todos los días iba a la catedral a pedir a Dios que tuviese misericordia e hiciese volver todos los colores al Reino Gris… porque pensaba que esa sería la única forma de que allí volviese a reinar la alegría. Aquella niña se llamaba Carolina y era hija de María (hermosa princesa india de la región de los Andes) y José (noble español que había unido su amor y su destino con el de la hermosa princesa andina).

El lindo pelo de Carolina era de color castaño, su hermosa piel era de color trigueño, tenía unos grandes y profundos ojos de color azul claro y su corazón era tan bello como el de su madre india y tan noble como el de su padre español.

Un día, mientras la niña paseaba por el atrio de la catedral pensando en qué podría ella hacer para ayudar a que la alegría volviese a reinar en Gris, se encontró con un gusanito muy amarillo que tomaba el sol sobre la hierba del jardín.

– Gusanito, gusanito…
– ¿Quién me llama de esa manera tan triste?
– Soy yo, gusanito.
– ¡Hola, Lina! ¡No sabía que te gustase pasear por los atrios!
– Es que…
– ¿Qué sucede, Lina?
– Es que estoy muy preocupada…
– ¡Vamos a ver! ¡Vamos a ver! ¿Tú crees que una niña tan linda como tú puedes vivir preocupada?
– No es por mí, gusanito…
– ¡Ajá!
– ¿Ajá?
– Bueno… ejem… ejem… ejem…
– ¿Ejem?
– De acuerdo, Lina… ¡dejaré de decir palabras mágicas!

Carolina comenzó a reír como ella siempre reía. Con ganas. Con felicidad. Con color.

– ¡Jajajajaja! ¡Qué simpático eres gusanito! ¡Palabras mágicas son «abracadabra pata de cabra», «ábrete Sésamo» y «pim pam pum». O también «alabí, alabá, alabimbombán»… pero… ¡ajá! y ¡ejem ejem ejem!… ¿qué clase de magia tienen esas palabras?
– No creas que no la tienen, Lina. ¡Ajá! fue lo que dijo Peter Pan antes de convertirse en niño volador y «Ejem ejem ejem! eran las palabras que empleaba Aladino antes de frotar su lámpara maravillosa.
– ¡Jajajajaja!
– Escucha… ¿no son maravillosas las palabras que hacen reír?
– ¡Ahora que me lo recuerdas, gusanito! No puedo seguir riendo. Se supone que debo estar triste y, además, estoy triste de verdad.

La niña volvió a quedarse seriamente pensativa. El gusanito avanzó unos pasos hacia ella y desde allí, desde el verde césped del jardín del patio del atrio de la catedral, puso gesto de preocupación.

– ¡Bien, bien, bien! Dejemos a un lado las risas. Parece que tienes un serio problema.
– Sí…
– Entonces cuéntamelo, Lina. ¡Los problemas sólo pueden solucionarse cuando se sabe cuáles son! Si ocultas un problema nunca sabrás cómo salir de él y el problema seguirá en tu mente siempre… hasta que crezca tanto que entrará en tu corazón y entonces ya no podrá ser jamás solucionado y perderás todos los colores de tu felicidad. Antes de que un problema entre en el corazón hay que resolverlo cuando habita en la mente para poder eliminarlo.
– Gusanito… no es un problema mío…
– Los problemas son siempre nuestros.
– Lo que quiero decir es que no me afecta a mí…
– Los problemas siempre nos afectan a nosotros.
– ¡¡Gusanito!!

– No te ofendas, Lina. Es cierto cuanto te digo. El problema puede haber nacido en otra persona o en otro lugar pero ha entrado en tu mente y te afecta a ti. Y si no lo resuelves pronto entonces dejarás de ser la niña feliz que eres ahora. ¡Cuéntame el problema y veamos si puedo ayudarte con la solución!

Carolina dudó por unos segundos. ¿Sería prudente informar a aquel gusanito de la tragedia de los habitantes del Reino Gris?

– ¡Vamos. Lina! No debo perder el tiempo con dudas que no conducen a nada. O me cuentas o ¡adiós niñas, que tengas un feliz día!

Ya el gusanito daba media vuelta cuando Carolina se atrevió.

– Lo que sucede es que en el Reino Gris nadie ríe…

El guisanito, sorprendido, dio media vuelta sobre sus patas.

– ¿Te preocupa el hecho de que nadie sea feliz en Reino Gris?
– Pues… ¡ejem ejem ejem!
– ¡Jajajajaja! ¿Tienes vergüenza de confesar que te preocupa la tristeza de los demás?
– ¿Quién? ¿Yoooooooo? ¡Oh, no, gusanito! ¡Cada uno es cada uno! La verdad es que llevas razón. Debemos buscar ser felices nosotros mismos. Cada uno debe resolver sus propios problemas…

Ahora fue Carolina quien dio media vuelta…

– ¡Ajá!

Carolina se volvió inmediatamente.

– ¡Jajajajaja! ¡Pues sí! ¡Me interesa mucho la tristeza de los demás! ¿Pasa algo?
– ¡Eso es Lina! ¡Muy bien! ¡Eres una niña con corazón! ¡No dejes nunca que nadie te quite esa linda cualidad! ¡La gente ya no se quiere preocupar por lo que les ocurre a los demás! Pero tú no eres gente, Lina, tú eres tú… y yo me alegro de ello, de que seas persona y no gente.
– Está bien, gusanito… gracias por tus palabras… pero nada de eso que dices va a ayudar a los habitantes de Reino Gris…
– ¡Veamos qué podemos hacer! Buscas la ayuda de un amigo. ¿Cierto?
– Sí.
– Entonces acude a casa de Coneja Maya y ella te dirá algo muy importante para que puedas ayudar a los habitantes de Reino Gris, el reino sin colores…
– Gracias, gusanito.

Carolina salió rápidamente de la catedral y comenzó a caminar hacia la casa de Coneja Maya, quien vivía en el bosque que servía de frontera entre los dos reinos.

Una vez ante la puerta de la casa de Coneja Maya, la niña golpeó con la aldaba y un numeroso grupo de pájaros que se encontraban sobre el tejado emprendió el vuelo, asustados todos ellos por el ruido.

– ¿Quién golpea de esa manera? -protestó Coneja Maya, que estaba preparando un guisado de zanahorias con perejil…
– ¡Soy Carolina, la niña que vive en la última casita de la ciudad!
– ¡Está bien! ¡Está bien, Lina! ¡Deja de golpear la puerta que ya salgo a recibirte! ¡Si sigues haciendo tanto ruido vas a molestar a todos los vecinos!

Instantes después Coneja Maya abría la puerta de su domicilio.

– ¡Ajá! ¡Qué niña más linda!
– ¡Jajajajaja!
– ¿Cómo que jajajajajá?
– Perdón es que…
– ¡Ya comprendo! ¡Has estado hablando con ese loco gusanito de la catedral y te ha contado lo de sus palabras mágicas! ¿Cierto?
– Pues…

– No es necesario que lo digas. ¡Nadie más podría haberte enviado hasta aquí! Y… si eso ha ocurrido… es porque tienes un grave problema. ¿Cierto?
– Cierto…
– Entonces… ¿qué haces ahí parada? ¡Pasa! ¡Pasa dentro de la casa y cuéntame qué es eso que te preocupa tanto! Por cierto… ¿te gustan las zanahorias con perejil?
– ¡Ejem ejem ejem!
– ¡Jajajajaja! No te preocupes. Seguro que no las has probado nunca pero cuando lo hagas… ¡verás qué sabor más delicioso!

Coneja Maya y Carolina entraron al interior de la vivienda y pasaron dos interesantes horas charlando. Durante ese tiempo comieron zanahorias con perejil y la niña le contó todo el problema…

– La única forma que existe para ayudar a los habitantes del Reino Gris es que una persona limpia den corazón, de esas que ya casi no existen, vuelva a recuperar a las mariposas. Cuando éstas habiten de nuevo en aquel reino… ¡entonces volverán todos los colores a él y sus habitantes volverán a reír y ser felices!

– Muy bien. ¿Puedo ser yo esa persona?
– Por la larga conversación que hemos mantenido… ¡tú eres una de las poquísimas personas que existen en este mundo con corazón limpio! Así que sí… pudiera ser que tú fueses capaz de lograrlo… ¡pero tendrás que hacerlo y eso va a ser muy difícil de conseguir!
– ¿Qué tendré que hacer?
– ¡Desencantar a la Mariposa Encantada!
– ¿Cómo dice usted, Coneja Maya?
– Escucha, Lina… no tengo ni idea de qué es todo eso de la Mariposa Encantada. Sólo sé que ese extraño asunto existe y es verdad.
– De poco me sirve el saberlo…
– A mí me ocurre igual al contarlo… pero si quieres que te ayude con lo poco que yo pueda, quédate a descansar esta noche en mi casa y mañana por la mañana te diré lo que mis sueños me indiquen…

Aquella noche durmieron inquietas Carolina y Coneja Maya. La niña preocupada y la coneja solando con poder ayudarla.

A la mañana siguiente…

– Tienes que ir siempre, siempre, siempre… hacia el Norte…
– ¿Cuál es el motivo?
– ¡Escucha y no interrumpas! Siguiendo hacia el Norte te encontrarás con un laberinto cuyo piso está lleno de piedras. ¡Ten mucho cuidado! ¡Esas piedras te hablarán continuamente y te dirán por dónde deberás seguir!
– ¡Qué bien!
– ¡Te dije que no me interrumpieras, Lina! ¡Si lo vuelves a hacer por tercera vez… se acabará la posibilidad! ¡Escucha! ¡Sólo escucha! ¡Debemos saber escuchar a los demás para aprender lo que nos dicen y para recordar lo que nos han dicho! ¡No vuelvas a interrumpirme porque si lo haces se borrará de tu memoria todo lo que te estoy contando! ¡Escucha! ¡Tendrás que tener mucho cuidado en no caer en la trampa!

Coneja Maya guardó silencio para comprobar si Carolina interrumpía su conversación o permanecía callada. Pero la niña sólo escuchaba…

– ¡Bien, bien, bien! ¡Debes de saber que esas piedras son las Piedras Mentirosas y te mentirán en todo lo que te digan! ¡No las hagas caso nunca! ¡No sigas sus indicaciones jamás! ¡A la mentira nunca hay que escucharla ni mucho menos obedecerla!

Carolina seguía sólo escuchando…

– ¡Ten cuidado con las Piedras Mentirosas! ¡Si te indican que vayas hacia la derecha ve a la izquierda! ¡Si te dicen que vayas a la izquierda marcha hacia la derecha! ¡Si te dicen que te detengas, sigue adelante…, y si te dicen que sigas adelante, detente! ¡No hable con ellas nunca jamás! ¡No mantengas nunca jamás un diálogo con ellas! ¡Si te piden que hables con ellas, simplemente cállate! ¡Si hablas con las Piedras Mentirosas sus mentiras te engañarán! ¡Solamente escucha lo que te digan y, sin llevarles la contra, haz en silencio todo lo contrario de lo que te digan! ¡Es importante que te concentres en dos cosas: primero, que no dialogues con ellas… y segundo, que hagas siempre lo contrario de lo que te digan! ¡No hables con las Piedras Mentirosas y nunca hagas lo que te digan que tienes que hacer las Piedras Mentirosas! ¡Ellas son la Gran Mentira de las Gentes Mentirosas! Y ahora… ¡adiós, Lina! ¡No me digas nada! ¡Si deseas ayudar a los habitantes de Reino Gris ve hacia el Norte! ¡Ya tendremos tiempo de hablar si es que consigues lo que ten propones! ¡Adiós y buen viaje, Carolina!

La niña caminó y caminó y caminó… y siguió caminando, caminando y caminando…. siempre hacia el Norte… siempre hacia el Norte… siempre hacia el Norte… ¡hasta que por fin se encontró con el laberinto! Todo el suelo estaba lleno de Piedras Mentirosas que comenzaron a hablar cuando Carolina entró allí…

– ¡A la derecha, Lina, a la derecha!

Y ella, sin decir nada, caminó hacia la izquierda…

– ¡A la izquierda, Lina, a la izquierda!

Y ella, sin decir nada, caminó hacia la derecha…

– ¡Detente, Lina, detente!

Y ella, sin decir nada, siguió caminando…

– ¡Sigue adelante, Lina, sigue adelante!

Y ella, sin decir nada, se detuvo.

– ¡Escucha, niña maleducada! ¿Es que no te han dicho que hay que hacer caso a lo que te digan los demás?

Pero Carolina no decía nada. Sólo descansaba…

– ¡Qué niña más malcriada! ¿En qué colegio te has educado, preciosa Lina?

Pero Carolina no decía nada. Sólo descansaba…

– Escucha, Lina. ¡Somos tus amigas! ¡Te decimos todo lo que te decimos sólo por tu bien! ¡Queremos ayudarte! ¡¡Somos tus amigas!! ¡Cuando hablamos contigo es sólo por eso! ¡Todo lo que te contamos es la única verdad! ¡Si no nos haces caso te perderás! ¿Qué ganamos nosotras con decirte mentiras? ¿Acaso nos beneficia a nosotras contarte mentiras? ¡¡Las verdaderas amigas estamos para hablar las unas con las otras y contarnos la verdad!! ¡¡Si te decimos «esto» pues es que «esto» es la verdad… y si te decimos «lo otro» pues es que «lo otro» es la verdad… ¿no lo crees así, Lina?

Mas la niña sólo escuchaba y no decía nada…

– ¡Qué linda eres, Lina! ¡Qué linda, qué buena y qué bien educada estás, Lina! ¿Qué opinas de todo lo que te decimos como buenas amigas que somos?

Mas la niña, cansada de escuchar, se había dormido…

Carolina no supo nunca cuánto tiempo estivo dormida… mas al despertar se encontró frente al la iglesia de Reino Gris. Estaba rodeada de muchas casas grises. La iglesia también era gris. Y tenía un gran torre gris con un reloj gris.

Pasó un señor muy viejo reviejo, viejísimo y arrugado, vestido de gris…

– ¡Señor! ¡Señor! ¿Cómo puedo encontrar el Castillo del Rey?
– ¡Buscando!
– ¿Podría indicarme por dónde puedo buscar?
– ¡Por donde quieras!
– ¡Gracias, señor! ¡Ha sido usted muy amable! ¡Que Dios le bendiga!

En esos momentos el reloj de la torre de la iglesia movió sus agujas y comenzó a sonar…

– ¡Niña entrometida!

El Viejo Gris comenzó a correr y todas las personas -hombres, mujeres, niños y ancianos vestido con ropas grises- también comenzaron a correr y a esconderse en el interior de sus casas grises.

– ¡Niña entrometida! ¡¡Niña entrometida!! ¡¡¡Te ajustaré las cuentas cuando volvamos a encontrarnos!!!

El viejo arrugado se escondió en un callejón muy gris dentro de aquel laberinto de calles grises.

Carolina contempló las agujas del reloj de la iglesia. La pequeña y la grande estaban juntas y señalaban hacia la derecha. Eran, por lo tanto, las tres y quince minutos de la tarde. Comenzó a meditar. ¡Hacía sólo unos segundos que eran las nueve menos quince minutos de la mañana! ¿Cómo poder explicarse aquello? ¡Ambas agujas habían cambiado completamente de dirección en el mismo momento en que había preguntado por el Castillo del Rey! Entonces volvió a contemplar las agujas del reloj y… ¡comprendió!. ¡¡Le estaban indicando que buscase en aquella dirección!!

Así lo hizo. Comenzó a caminar por numerosas calles grises, siguiendo siempre la dirección de las tres y quince minutos de la tarde… y sonaron las once de la noche ¡cuando encontró el Castillo del Rey!

Un Castillo majestuoso. Con altas torres y almenas. Un magnífico puente levadizo. Preciosas ventanas. Innumerables adornos y blasones. Pero gris… todo gris…

Cuando llegó ante el puente levadizo éste se bajó y apareció en el dintel de la puerta del Castillo un señor muy anciano. Carolina, sin ninguna clase de temor, caminó por el puente y llegó ante él.

– ¿Quién eres, niña?
– Carolina.
– ¿Y qué buscas en un lugar tan triste como éste?
– La Mariposa Encantada.

El anciano comenzó a temblar terriblemente.

– ¿Le ocurre algo malo, señor? ¿Puedo ayudarle?
– ¡Oh! No es nada niña, no es nada…
– ¿Por qué tiemblas tanto?
– No te preocupes, Lina, no te preocupes pero… ¿de verdad deseas encontrar a la Mariposa Encantada?
– Me gusta siempre decir la verdad.

El anciano miró a la niña. En sus ojos pareció lucir una escondida luz azul. Pero no… sólo fue un reflejo muy tenue, muy tenue… algo así como un deseo solamente…

– ¿De verdad que no le sucede nada malo, señor?
– ¡Oh, no! ¡No me sucede nada malo!
– ¡Qué raro! ¡Me pareció ver un color azul en sus ojos!
– ¡¡Mentira!! ¡¡Mentira!!
– Bien, señor… ¡no se ofenda! ¡Hubiese sido muy bonito que fuese verdad!

El anciano se acercó todo lo que pudo a ella y le habló al oído.

– Escucha, Lina… no puedo seguir hablando contigo. ¡Vienes vestida con muchos colores! ¡¡Eso está terminantemente prohibido en Reino Gris si quieres que no te corten la cabeza!! ¡¡Pasa, rápidamente, al interior del Castillo antes de que vengan y te detengan!! ¡¡Corre!! ¡Mira! Ya te han descubierto.

El señor muy viejo reviejo, viejísimo y arrugado, todo vestido de gris, con una gran tropa de soldados grises que portaban arcos y flechas, se hallaban al otro lado del puente.

– ¡Disparad! ¡¡Disparad flechas a esa niña entrometida que viste con tantos colores y matadla, soldados!! ¡¡¡Matadla… porque si queda viva nos destruirá el Reino Gris!!!

Comenzaron a salir flechas envenenadas de todos los arcos que rozaban a Carolina y se clavaban en la madera gris de la puerta gris del Castillo del Rey. Hasta que una de las flechas fue directa hacia el corazón de la niña… pero, en esos momentos, el anciano cubrió el cuerpo de ella con su propio cuerpo… ¡y la flecha se clavó en el corazón del anciano!

Carolina sujetó a éste antes de que cayera al suelo…

– ¡Dios mío, le han herido!
– ¡Corre! ¡Corre, Lina! ¡Entra en el Castillo! ¡El puente se elevará y ellos no podrán entrar! ¡Corre y sálvate! ¡Si no entras te matarán!
– ¡No puedo dejarle aquí en manos de esos seres tan sangrientos!
– ¡Me han herido mortalmente!De todas formas moriré! ¡Déjame y entra tú en el Castillo!

Pero Carolina no abandonó al anciano. Con un gran esfuerzo, mientras las flechas silbaban a su alrededor, arrastró el cuerpo del moribundo y pudo entrar, por fin, en el interior del Castillo del Rey. El puente levadizo se levantó. Y quedé el viejo reviejo vestido de gris despotricando palabras de amenazas.

– ¡¡¡No lo conseguirás!!! ¡¡¡Jamás podrás salir de ahí, niña necia!!!

Mientras tanto, ya en el interior del Castillo, el anciano moría en los brazos de Carolina…

– ¡No se muera, por favor!
– ¡Lina! ¡Linda Lina! ¡Tu corazón es tan hermoso que quiera Dios que puedas encontrar a la Mariposa Encantada! ¡Cuánto tiempo esperé a alguien como tú! ¡Inténtalo, Lina! ¡Inténtalo! ¡Sólo tú puedes ayudar a nuestro pueblo! ¡Guíate siempre por lo que te diga el corazón… solo… por… lo… que te diga… el… corazón!
– ¡No se muera, por favor!
– ¡No llores, Lina! Guarda tus lágrimas para otro momento y ten cuidado, Lina… ten… cuidado… con… los… charlatanes…

El anciano cerró los ojos…

En esos mismos instantes todo el cuerpo del anciano se volvió azul. Un azul intenso. Un azul esmeralda. Un azul resplandeciente y brillante. Y a la altura de su corazón, una flecha gris clavada en aquel hermoso cuerpo azul que se transformó en estatua. ¡Un joven príncipe azul con una flecha gris clavada en su corazón!

Carolina, maravillada por aquel intenso color azul esmeralda, quedó sin poder decir palabra alguna… mientras las ropas de ella se tornaban todas hacia un color gris…

Inmediatamente un tropel de hombres y damas cortesanas rodearon a la niña hablando todos a la vez.

– ¡Esmeralda! ¡Qué bien que regresaste, Esmeralda!
– ¡Justo en el mismo día en que se celebra el Baile de las Mariposas!
– ¡Cuánto tiempo te esperé, Esmeralda!
– ¡No hagas caso a Filisberto porque quien te esperó siempre fui yo!
– ¡Eres un falso, Gundisalvo!
– ¡No creas a ninguno de los dos! ¡Yo, Edismundo de Trastaria, fui quien siempre te esperó!
– ¡Esmeralda! ¡Ven con nosotras y nosotras te diremos quién es el que más te amó durante tu larga ausencia!
– ¡No las creas, Esmeralda! ¡Dirán lo que más les convenga!
– ¡Esperen! ¡Esperen un momento! ¡No sé nada de lo que me están hablando! ¡¡Son todos ustedes unos charlatanes y unas chismosas!!

Un inmenso silencio reinó entre toda aquella pandilla de nobles y cortesanas. Al mismo tiempo todos pudieron descubrir aquella hermosa estatua azul que represen taba a un joven príncipe con una flecha gris clavada en su corazón…

– ¿Qué es eso?
– ¿De dónde ha venido esa estatua de color azul?
– ¡Yo soy el que debe recibir la mano de Esmeralda! ¡Esa estatua lo dice!
– ¡Esa estatua dice que soy yo, Filisberto!
– ¡Esa estatua dice que mi hijo es quien debe casarse con ella!
– ¡Mis méritos han sido los mayores, Gundisalvo!
– ¡Yo, Edismundo de Trastaria, soy el más guapo, el más valiente, el más honrado!
– ¡De eso nada, monada!
– ¡De eso todo, Tarodo!
– ¡Fernando de Tarodo es quien se merece el amor de Esmeralda!
– ¡Soy yo, el conde Filisberto, quien se la merece!
– ¡No es así! ¡Soy yo, Gundiberto, Marqués de la Patallana, vizconde de Salustio, barón de los Concertales y no sé cuántas cosas más!
– ¡Naranjas de la China! ¡Es mi hijo Filisberto quien posee los derechos de sucesión!
– ¡De eso nada, monada!
– ¡De eso todo, Tarodo!
– ¡¡Silencio!! ¿Es que nadie va a dejar de hablar de sí mismo? ¡¡Charlatanes!!

Y entonces fue cuando Carolina recordó las palabras de aviso del anciano… «Ten cuidado con los charlatanes… y guíate sólo por lo que te diga el corazón».

– Mi corazón… lo que diga mi corazón…
– ¡Ven a mis habitaciones privadas, princesa! ¡Te daré de comer lo que desees!
– ¡No, no y no! ¡No hagas caso a la malvada Rufiniala! ¡Te quiere convencer de que te cases con su hijo! ¡Ven, sin temor a las mías, y podrás beber cuanto quieras!
– ¡Hacerle caso a Tristaniola sería un grave error, mi reina! ¡Ella es la querida de Fernando de Tarodo!
– ¡De eso nada, monada!
– ¡De eso todo, Tarodo!
– ¡¡Silencio!!
– ¡¡Silencio todo el mundo!! ¡¡Lo ha dicho la Reina y yo, Alfonso de Tarodo, os haré callar a todos!!
– ¿Qué Reina?
– ¡Vos, mi bella y linda Esmeralda!
– ¡No hagáis caso a las zalemas de Gundisalvo!
– ¡Estoy harto de vos, Edismundo de Trastaria! ¡Mañana mismo nos batiremos en duelo los dos y quien venza se casará con la linda Esmeralda!
– ¡De acuerdo, Gundisalvo… y si después de mataros algún otro bellaco desea retarme le mataré también!
– ¡¡Silencio!! ¡¡Fuera de mi vista todos, charlatanes y chismosas! ¡Cuando hayan aprendido educación hablaremos tranquilamente! ¡Hay aquí muchas cosas que aclarar!

Carolina había utilizado el poder de Reina, que aquella pandilla de charlatanes y chismosas le habían otorgado, para hacerles callar a todos y a todas.

Al instante quedó sola en la amplia sala.

Triste, la niña tenía ganas de llorar. Cuando las primeras lágrimas ya iban a brotar de sus lindos ojos azules, oyó una voz a sus espaldas.

– ¡Lina! ¡Eh, Lina!

La niña miraba y miraba pero a nadie encontraba…

– ¡Aquí, Lina! ¡Estoy aquí!
– ¿Dónde?
– ¡Ejem ejem ejem!
– ¡Jajajajaja! ¿Dónde estás? ¡Jajajajaja!
– ¡Aquí! ¡Debajo de la silla que está junto a la puerta que tienes detrás de ti!

Carolina miró hacia el lugar que le señalaba la voz. ¡Allí se encontraba un pequeño y lindo Conejo Gris! Movía su hociquito.

– ¡Hola, Lina!
– ¡Hola, Conejo Gris!
– ¡No soy Conejo Gris! ¡Soy Conejo Blanco!
– ¿Blanco? Yo te veo gris…
– ¡Es un tinte! ¡Para poder entrar en el Reino Gris tuve que pintar mi pelo de este color… pero soy Conejo Blanco… el que guió a Alicia por el País de las Maravillas!

Carolina no sabía qué decir. Se restregó los ojos para convencerse de que aquello no era un sueño.

– ¡No estás soñando, Lina! Te contaré todo. Siéntate en la silla y te lo contaré todo.

Carolina se sentó en la silla y Conejo Blanco pintado de gris siguió hablando…

– Primero debes de saber que estoy enamorado de Coneja Maya. Pero tengo que hacer alguna hazaña maravillosa para que ella se case conmigo. Por eso guié a Alicia en el País de las Maravillas. Mas aquella aventura no le hizo mucha gracia a Coneja Maya y no valió para nada el esfuerzo. Como la amo tanto no he renunciado a casarme con ella y, sabiendo lo que deseas hacer, te he seguido por los caminos y estoy dispuesto a que ahora la aventura sea lo suficientemente heroica para ganarme el corazón de Maya. Así que… ¡no perdamos más tiempo y sígueme… sígueme, Lina, y yo te conduciré al Salón de los Retratos!

Diciendo esto, Conejo Blanco pintado de gris salió rápido de la sala y comenzó a caminar por el Pasillo de las Encrucijadas.

– ¡Espera, espera, Conejo Blanco!
– ¡Corre, Lina, no pierdas tiempo! ¡Sígueme y no te extraviarás por ninguna de estas muchas encrucijadas! ¡Ah, por favor, no me llames Conejo Blanco porque si te oyen me cazarán y serviré de comida guisado con patatas!

Carolina ya no dijo nada. Corriendo cuanto podía siguió a Conejo Blanco pintado de gris para no perderle de vista en todo aquel laberinto de encrucijadas sin final. Hasta que, por último, llegaron a una puerta con un letrero que decía: «Salón de los Retratos».

– ¡Bien, Lina, ahora serás tú quien tendrá que hacer lo que falta! ¡Mi misión ha terminado
! ¡Si todo sale bien, el Reino Gris se llenará de todos los colores y sus habitantes volverán a ser felices! Si todo sale mal… aquí seguirá eternamente la tristeza… ¡y yo nunca podré casarme con Coneja Maya!
– ¡Ven conmigo!
– ¡No puedo, no debo y, además, no sabría en qué ayudar! ¡Desconozco lo que pueda ocurrir a partir de este momento! ¡Sólo me queda orar a Dios para que encuentres a la Mariposa Encantada y puedas solucionar este problema! ¡¡Eres la única persona en este mundo que podrías conseguir la hazaña!! ¡Pero nadie puede saber qué podrá suceder… excepto Dios!

Y Conejo Blanco pintado de gris se perdió por el Pasillo de las Encrucijadas.

Carolina quedó pensativa… ¡pero se decidió! Empujó la puerta. Gimieron los goznes. Entró en una sala con muy escas luz. ¡Las cuatro paredes estaban llenas de retratos! ¡Una galería completa de retratos! ¡Reyes y Reinas vestidos con sus mejores galas… pero todos de color gris, con los ropajes grises y el cabello gris! Aunque lo más extraordinario fue lo que vio en el suelo. Un pequeño bebé que, sentado allí, comenzó a llorar ruidosamente.

– ¡¡Buaaaaaaaa!! ¡¡Buaaaaaaaa!! ¡¡Buaaaaaaaa!!
– ¡Calla, bebé, calla por favor! ¡No sigas llorando!
– ¡¡Buaaaaaaaa!! ¡¡Buaaaaaaaa!! ¡¡Buaaaaaaaa!!
– ¡Ajá!

Aquel bebé dejó de llorar al instante; pero no reía…

– ¡Ejem ejem ejem!

El pequeño bebé miraba, penetrante, a Carolina; pero seguía sin reír…

Era guapísimo. El bebé más lindo que ella podría imaginar; pero tenía el pelo gris y cuando Carolina se acercó y se agachó para recogerlo en brazos, se abrió una puerta que ella no había descubierto y apareció una bellísima mujer. Muy joven. Tendría apenas veinte años, mas su rostro poseía una patética tristeza. Sus ojos eran grises acerados y su mirada estaba llena de dolor. Su pelo de color profundamente gris.

– ¿Quién eres?
– Yo… yo… yo me llamo Carolina…
– No tengas miedo. No te haré ningún daño. Pero no toques a mi bebé.
– Señora… yo no quería hacerle daño a su bebé.
– Lo sé Lina… lo sé…
– ¿Por qué llora tanto?
– Porque le ha asustado tu presencia. Debes de saber que mi hijo no había visto, hasta ahora, a ningún otro ser humano exceptuándome a mí.

Un silencio profundo inundó la gris atmósfera del Salón.

– ¿Por qué no abrís esa ventana? ¡Entraría más luz!
– Lo tengo prohibido y además me sentiría más triste al ver sólo una pálida coloración gris de la que, como ves, tenemos en abundancia.
– ¿Cómo os llamáis, Señora?
– Esmeralda.
– No comprendo…
– Todavía no comprendes… pero ten paciencia y yo te lo explicaré. Sé por qué y para qué has llegado hasta aquí. ¿Deseas conocer los retratos?

Carolina se puso en pie.

– Será muy interesante saber quiénes fueron. ¿Me lo podría indicar?

Ambas fueron observando, uno por uno, todos los retratos…

– Son los antepasados de mi esposo. Ellos y ellas fueron felices y hermosos. Todos y todas tenían el cabello rubio propio de nuestra etnia. Este país era el Reino Felicidad. Aquí están todos los reyes y todas las reinas que gobernaron con fe, con amor y con la verdad siempre en sus labios. Siempre con la verdad… que era el Principio Absoluto del Reino Felicidad.
– Muy interesante pero… ¿dónde está vuestro esposo?

Los ojos de Esmeralda se tornaron aún más profundamente tristes y las lágrimas comenzaron a surgir…

– ¡Perdón, Señora! Yo no quise…
– Lo sé, Lina, lo sé. Sé que no quisiste producirme dolor. Pero es inevitable.
– Si lo desea me marcho…
– ¡No, Lina, por favor! ¡No te vayas ahora! ¡Inténtalo, por favor, inténtalo! ¡Eres mi única esperanza!
– Pero… ¿qué puedo hacer yo sobre un asunto tan misterioso del cual no conozco absolutamente nada?
– ¿Sabes quién es mi esposo?
– ¿Alguno de estos retratos?
– No. Mi esposo no está muerto… pero tampoco está vivo…
– cada vez entiendo menos este asunto…
– Mi esposo fue el último de los soberanos del Reino Felicidad… hasta el día de hoy.
– Sigo sin entender.
– No te pongas nerviosa. Te lo contaré. Mi esposo, Rubén Darío I, subió al trono y se casó conmigo. Todos éramos felices, muy felices, pero… el Rey cometió un gravísimo pecado…
– ¿Y cuál fue ese pecado tan grave?
– ¡Mintió! Era la primera ocasión en que un habitante del Reino Felicidad mentía. Y recibimos el castigo que nos merecíamos.
– ¿Cuál fue esa mentira tan grave que no pudo ser perdonada?
– Todas las mentiras son graves, Lina. No hay mentira pequeña ni mentira inocente. Todas las mentiras… absolutamente todas… son pecados graves…

Carolina se quedó callada y pensativa, recordando lo que siempre le habían aconsejado tanto Mamá María como Papá José: «No mientas nunca, Carolina, porque toda mentira es una falsedad y la falsedad es un pecado»

– Este Reino estaba siempre lleno de hermosos y brillantes colores. ¡Todos los colores que te puedas imaginar! El Sol resplandecía diariamente. La lluvia era hermosamente limpia. La nieve de color blanco puro. Las nubes parecían de algodón. Los ríos, los lagos, los mares… de un azul celeste tan bello como el verde esmeril de las hojas y el lindo rojo de las amapolas. ¡Todos los colores eran hermosos incluido el gris perla! Los habitantes del Reino Felicidad vivían siempre alegres porque eran felices; los pájaros cantaban con sus lindos trinos y existían millones de mariposas que tenían lindos colores en sus alas. Yo era inmensamente feliz hasta que nació mi pequeño bebé. Un ángel de cabellos rubios y ojos azules como su padre…
– Entonces… ¿cuál fue la desgracia?
– Aquel Ruben Darío I quiso ofrecerle a nuestro recién nacido el más hermoso regalo que jamás pudiera brindarle a nadie más…
– ¿Y?
– ¡Y cometió el horrendo pecado de mentir!
– No puedo explicarme cuál sería es mentira. ¡No tenía necesidad de mentir para vivir feliz!
– Escucha, Lina… en el Reino Felicidad estaba terminantemente prohibido mentir y cazar mariposas. Mi esposo cometió ambas imprudencias. Vio volar por los jardines del Castillo a la más hermosa de todas las mariposas que jamás han existido. Sus alas poseían los siete colores del Arco Iris. Cayó en el pecado de la vanidad y… no pudiendo resistir la tentación… mató a la mariposa y la trajo hasta mí…
– ¡Qué horror!
– Yo también me horroricé. Le dije el grave pecado que había cometido y, entonces, ocurrió la Gran Desgracia…
– ¿La Gran Desgracia?
– Sí. La Gran Desgracia… porque viéndose culpable no tuvo valor para reconocerlo y mintió. Dijo que él no la había matado. ¡Que la había encontrado ya muerta!
– ¿Y qué pasó después?
– Le dije que pidiese perdón a Dios y al Pueblo por ambos pecados, pero él siguió insistiendo en que no había cometido pecado alguno, clavó con un alfiler aquella mariposa en un pedazo de tela dentro de un cuadrito de madera y entró en nuestra alcoba, donde dormía nuestro pequeño hijo, para regalarle aquel monstruoso presente…

Esmeralda no podía continuar. Carolina mantuvo silencio…

– Inmediatamente después las nubes grises ocultaron el Sol, los pájaros dejaron de cantar, todas las mariposas huyeron del Reino Felicidad y apareció un malvado viejo reviejo, arrugada si piel por todas partes, con un gran ejército de soldados grises. Desaparecieron los colores del Reino. Todos los habitantes perdieron la alegría y la risa y se volvieron, junto con todas las cosas, de color gris. El malvado viejo reviejo entró en la alcoba y hechizó a mi esposo, convirtiéndole en un triste anciano gris. Después le condenó a vivir en los calabozos del Castillo y a mí me predijo que, al cabo de dos años, él volvería a entrar en el Castillo y me tomaría por esposa. Mis rubios cabellos se volvieron grises. A él no le importó este detalle porque es su color. Salió a la ciudad y cambió el nombre del Reino. Desde entonces se llamaría Reino Gris y, si nadie conseguía cambiar el hechizo, él se casaría conmigo, la Reina Esmeralda, y sería el nuevo Rey con el nombre de Viejo Gris «El Gran Tristón»…
– ¿Y ese día es hoy?
– No, Lina. Ese día será mañana. Son las once y media de la noche. Si a las doce no se ha roto el hechizo, «El Gran Tristón» entrará en el Castillo del Rey, me tomará por esposa y la felicidad jamás volverá a este Reino. Por toda la Eternidad estaremos condenados a ser mentirosos, mentirosas e infelices.

– ¡Dios mío! ¿Cómo poder evitar esta tragedia?
– Depende de ti. Eres la única persona de este mundo que podría evitar nuestra condenación…
– Reina Esmeralda… ¿el Rey Rubén Darío I vive en este Castillo?
– Escapó de los calabozos pero sólo deambula por los pisos bajos. No desea que nadie le vea porque está convertido en muy anciano y se nota el pecado en su mirada. Sólo se le oye gemir como alma en pena todas las noches. Pero… ¡es curioso!… ésta noche es la primera vez, en estos dos años, que no se escuchan sus lamentos.

Carolina sintió un nudo en su garganta. ¿Cómo decirle a la Reina Esmeralda que su amado esposo había muerto con una flecha clavada a la altura del corazón y se había convertido en una estatua de intenso azul brillante que yacía en la Sala Baja del Castillo?

– ¡Lina, no pierdas tiempo! Entra en mi alcoba y haz lo que puedas… no sé… no sé lo que puedas hacer para evitar la Tragedia Final. Yo sólo oraré al Señor para ver si Él realiza algún milagro.
– Pero…
– ¡¡No pierdas tiempo, Lina!! ¡¡Entra, por favor!! ¡¡Sólo quedan quince minutos para que termine el último día del plazo que dictó ese malvado brujo!!

La Reina Esmeralda se abrazó al pequeño príncipe que permanecía en el suelo… y comenzó a orar pidiendo un milagro a Dios…

Carolina volvió a ser valiente y decidida. Se introdujo rápidamente en la alcoba donde había residido la Reina Esmeralda durante aquellos dos largos años. Allí se encontraba una cama matrimonial y un tocador sin espejo, una pequeña librería y, sobre una mesa de trabajo, un cuadro de madera con una tela donde se encontraba la mariposa… ¡¡toda ella de color gris!!… clavada con un alfiler…

Se oía a la Reina Esmeralda cantar a su pequeño bebé una tierna y triste canción de amor a la Naturaleza. El bebé lloraba. La mamá seguía cantando cada vez con más Fe. El bebé seguía llorando. La canción era hermosa pero muy triste. Cada vez más triste pero cada vez más hermosa. La voz de la Reina Esmeralda, bella y linda, no se podía resistir. ¡Daban ganas de llorar!

Carolina, sentada ante la mesa de trabajo, tenía entre sus manos aquel horroroso cuadro de madera. Las ganas de llorar eran tan intensas que cerró los ojos y comenzaron a surgir sus lágrimas…

El reloj de la iglesia de la ciudad empezó a dar las doce campanadas. El puente levadizo comenzó a bajarse automáticamente. «El Gran Tristón» voceó al otro lado del puente. Era una voz horrible…

– ¡Ja! ¡¡Ja!! ¡¡¡Y Jaaaaaaaaaa!!! ¡¡¡Sonó la hora, mi bella Esmeralda!!! ¡¡¡Voy por ti!!!

La canción de la Reina Esmeralda seguía cada vez más linda y hermosa en honor de la Naturaleza, pero cada vez era más profundamente triste. El dolor que sentía Carolina, en la pequeña alcoba, era tan intenso que sintió latir fuertemente su corazón. ¡Tictac! ¡¡Tictac!! ¡¡¡Tictac!!!

– ¡El corazón! ¡¡Dios mío, el corazón!!

Se puso la mano diestra sobre él y, en medio de las lágrimas, comenzó a orar fervientemente mientras las campanadas del reloj de la iglesia de la ciudad seguían sonando…

– ¡Señor, ten piedad! ¡¡Perdóname si yo alguna vez mentí… pero salva a este Reino, Señor!!

Las lágrimas corrían ya por las mejillas de Carolina. Una de ellas cayó sobre la Mariposa Gris y una pequeña mancha de color amarillo intenso apareció sobre sus alas; la segunda lágrima grabó sobre ellas una pequeña y luminosa mancha de color verde; la tercera produjo una mancha de color azul celeste, la cuarta se transformó en mancha de color verde esmerilado, la quinta fue convertida en mancha de color rojo intenso; la sexta fue mancha de color morado pasión, la séptima inundó las alas de la Mariposa de un profundo y fulgurante color lila. De repente, la Mariposa Arco Iris movió las alas… ¡mas el alfiler impedía que pudiese salir del cuadro de madera!

Sonó entonces la décima campanada del reloj de la iglesia de la ciudad. Por el puente cruzaban «El Gran Tristón» y su ejército de soldados grises.

– ¡Ja! ¡¡Ja!! ¡¡¡Y Jaaaaaaaaaa!!! ¡¡¡Paso al Viejo Gris!!!

Ya se acababa la canción de la Reina Esmeralda. Carolina, con los ojos totalmente cerrados, no podía ver a la Mariposa Arco Iris que intentaba, inútilmente, volar…

La niña se tapó bruscamente la cara y… en ese instante… al llevarse las manos al rostro… con la mano izquierda arrancó el alfiler…

La Mariposa Arco Iris comenzó a volar por el pequeño aposento mientras la Canción de la Naturaleza terminaba, y se posó, de nuevo, sobre la mesa y frente a Carolina…

– ¡Lina! ¡¡Lina!!

Carolina levantó la cabeza bañada en lágrimas…

– ¿Qué? ¿Quién?
– Soy yo, Lina. ¡La Mariposa Arco iris! ¡¡Has roto el hechizo!! ¡¡Vivo y estoy libre!
– Pero yo…

Sonó la campanada número once…

– ¡Corre, Lina! ¡¡Abre esa ventana!!

Carolina corrió todo cuanto pudo y de un tirón abrió la ventana…

En la puerta de la entrada al Castillo del Rey la horrenda figura del Viejo Gris contemplaba la estatua de color azul que, yaciendo sobre el suelo, tenía una flecha de color gris clavada muy cerca del corazón.

Sonó la campanada número doce…

– ¡Ja! ¡¡Ja!! ¡¡¡Y Jaaaaaaaaaaa!!! ¡¡¡Ya estoy aquí linda Esmeralda!!! ¡¡¡Soy yo!!! ¡¡¡El Gran Tristón!!! ¡¡¡El nuevo monarca del Reino Gris que se casará contigo!!!

De repente las nubes grises se abrieron y los rayos enormemente brillantes de un Sol espléndido entraron por la ventana de la alcoba.

– ¡Hasta siempre, Lina! ¡Mantén hasta el final ese mismo y lindo corazón que tienes! ¡¡Que seas muy feliz!!

Y la Mariposa Arco Iris salió por la ventana…

Abajo, en la entrada del Castillo del Rey, apareció, intempestivamente, un tifón horriblemente gris parduzco que atrapó al Viejo Gris y a todo su ejército y lo elevó hacia el cielo.

Rugió «El Gran Tristón»…

– ¡¡¡NOOOOOOOOOOOO!!!

Carolina se dirigió rápidamente hacia el Salón de los Retratos… ¡y se encontró con la más bella estampa que jamás ojos humanos pudieran ven en vida! ¡Todos los objetos resplandecían con sus más vivos colores! ¡En el suelo, justo en el centro del Salón, se hallaba la Reina Esmeralda arrodillada y con el pequeño príncipe estrechado contra su corazón! Vestía un hermoso traje real de color blanco garduña, una corona de oro brillante cubría su pelo hermosamente rubio y un collar de esmeraldas azul turquesas adornaban su lindo cuello. El príncipe estaba dormido y aparecía vestido con un precioso traje verde con ribetes blancos. Zapatos lustrosos de charol negro brillante. No se movían. Ella y su bebé permanecían con los ojos cerrados y semejaban un conjunto escultórico…

– ¡Ajá!

El bebé abrió sus ojos.

– ¡Jajajajaja!

Carolina volvió a hablar…

– ¡Ejem ejem ejem!

La Reina Esmeralda abrió sus ojos.

– ¡Jajajajaja!

Carolina había acertado…

– ¡¡¡Funcionó!!!
– ¡Gracias, Lina! ¡Salvaste a mi Reino!
– ¡Por nada, Reina Esmeralda! Pero… debo irme… mi papá y mi mamá estarán preocupados, buscándome por todas partes. Hace ya bastantes días que salí de casa. Debo regresar con los míos. Adiós.

La Reina Esmeralda se levantó con su hijito en brazos.

– ¡Espera, Lina! ¡Espera!

Fue hacia un pequeño cofre, lo abrió y sacó un fino collar de oro puro…

– ¡Toma, Lina! ¡Es mi regalo! ¡Llévalo siempre en memoria de lo que hiciste!

Carolina se resistía a aceptarlo…

– ¡No fui yo, Reina Esmeralda! ¡Fue Dios!
– ¡Sé que fue Dios! ¡Pero tú fuiste la itermediaria!
– ¡El intermediario fue Jesucristo!
– ¡Pero tu fuiste la persona que empleó, a través del Espíritu Santo y gracias a tu corazón!

La Reina Esmeralda puso el collar alrededor del cuello de la niña. La besó en ambas partes de su cara. Besó Carolina al pequeño príncipe… y salió rauda y radiante hacia la escalinata. Bajaba ya por ella cuando subía un hermoso y joven Rey de ojos azules y vestido de azul… ¡con una brillante flecha gris en la mano1

– ¡¡Gracias, Lina!! ¡¡Muchas Gracias!! ¡¡Has salvado a mi Reino!! ¡¡Que Dios te bendiga siempre por tan bella acción!!

Rubén Darío I besó las dos mejillas de la niña y subió, rápido, por la escalinata… mientas Carolina bajaba, igual de rápida, aquellos escalones. Atravesó la Sala Baja. Llegó a la puerta del Castillo y allí… delante de ella… apareció un precioso Ratón Gris Perla, con dos dientecitos tan blancos como el marfil. ¡Sonreía el ratoncito!

– ¡Muchas gracias, Lina! ¡Me has devuelto mi hermoso color Gris Perla! ¡Toma! ¿Me dejas que engarce este lindo Corazón Gris Perla en tu collar de oro?

Carolina se arrodilló ante el ratoncito y éste engarzó el Corazón Gris Perla en el collar…

– ¡Siempre pensaré en tí, Lina!

Y mientras la niña corría por el puente levadizo, el Ratoncito Gris Perla se despedía de ella con un pañuelo de organdí azul… y los dos dientecitos blancos de color marfil asomando en su risueña cara…

Al llegar al otro lado del puente, una hermosa carroza de oro y plata, con dos caballos de color blanco plateado y un cochero, vestido todo él de un negro impecable, la estaban esperando. Un soldado de color azul abrió la puerta del carruaje…

– ¡Buen viaje, princesita Lina!

Carolina respondió con una sonrisa al soldado de color azul y entró, rauda y feliz, dentro de la majestuosa carroza…

– ¡Hola, preciosa!

Era Conejo Blanco… y ahora ya no tenía el pelo teñido de gris parduzco.

– ¿Qué haces aquí?
– Te esperaba. ¡Sabía que no me ibas a decepcionar! ¡Ahora sí que me casaré con Coneja Maya!

La carroza comenzó una rápida carrera. La ciudad era muy bella. Los pájaros cantaban. millones de mariposas volaban en todas las direcciones cuando la carroza corría a través de los campos.

– ¡A comer!
– ¿No me digas que trajiste comida, Conejo Blanco?
– ¡Pues sí! ¡Te lo digo! ¡Aquí está!

Sacó Conejo Blanco un pañuelo de color rosado y lo desanudó…

– ¡Ajá!

Carolina no pudo resistir la risa.

– ¡Jajajajaja!

Eran dos hermosas zanahorias de brillante color naranja, adobadas con lindon perejil de color verde.

– ¡Ejem ejem ejem!

Carolina tampoco pudo esta vez resistir la risa.

– ¡Jajajajaja!
– ¡Feliz comida, Lina!

Carolina musitó…

– Gusanito…

Conejo Blanco entregó una de las dos zanahorias a la niña… y cuando la carroza aceleraba por las hermosas campiñas del Reino Felicidad en dirección al Reino Color… la Mariposa Arco Iris surgió ante la vista de los que iban en la carroza, dio varias vueltas alrededor de ellos y, moviendo las alas en señal de saludo, se elevó hacia el Sol…

En el jardín del atrio de la catedral del Reino llamado Color… un gusnaito muy amarillo tomaba. plácidamente, su baño diario de luz.

FIN

Autores: José Orero de Julián y Leslie Carolina Orero Del Castillo.

4 comentarios sobre “La Mariposa Encantada.”

  1. Mi abuela materna: Genial nieto. Simplemente genial. Sencillez pero aventura, emoción, sorpresa, magia, todo lo que se le debe pedir a un cuentto genial. Más que cuento infantil (que sí lo es) es cuento genial para toda clase de personas que tengan interés por los cuentos bien narrados. A eso lo llamo yo ARTE con las cuatro mayúsculas de Aventura, Romanticismo, Tensión y Esperanz desde el principio hasta el final.

  2. Mi abuela materna: No te lo digo porque seas mi nieto porque sabes que siempre soy directa y sincera. Por eso afirmo que no sólo es digno de editarse como cuento sino que, además, es digno de dibujos animados y hasta de película de dibujos animados. Es uno de los cuentos infantiles que pueden ser, a la vez, vistos por adultos de los que mejor recuerda mi memoria.

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