Lluvia, barro, viento y ardor.

Cuando llegaba el crudo invierno, el barro se nos pegaba a las botas y éstas comenzaban a pesar muchos más gramos que durante la alegre primavera. Entonces, en medio de la lluvia, el barro y el viento, el ardor que poníamos durante la batalla campal se traducía en crudeza, arisca sensación de que había que moverse, y movilizarse, para no quedarnos helados en aquel pleno pulmón de la Casa de Campo de Madrid donde el vaho era tan continuo que notabas, en el cogote, la respiración incontrolada de los rivales. Sorteando charcos, piedras, ramas caídas de los árboles, luchábamos hasta con los dientes por poseer el balón. Aquel campo era una verdadera olla de grillos enloquecidos por el canto del gol. Si alargabas la mano podías notar cómo el frío te hacía correr o, en caso contrario, te equivocabas a la hora de la creatividad.

Aquella presión la vivíamos todos cuando, más allá de la arboleda perdida, yo me sentía poeta trazando líneas estrechas de pases imposibles que se hacían realidad; y miraba al cielo gris pidiendo a Dios que mis músculos no estallaran en plena lucha. Corríamos hasta por las bandas imaginarias bajo la niebla y el vaho. Jugar así era muy duro; pero nos hicimos fuertes gracias al clima áspero y a ese viento que nos tallaba el rostro como cincelados por un escultor invisible.

Hasta el último segundo de los interminables partidos, cuando ya el cuerpo nos pedía alimento, sentíamos que la grandeza de aquellos partidos de fútbol era sentir la ilusión sin precio. Podíamos valer más o menos como atletas pero, todos juntos (amigos y enemigos) conformábamos el pelotón de los heroicos chavales de barrio que animábamos las mañanas domingueras con esa esperanza soñadora de quienes madrugábamos para iniciarnos en el arte de los pequeños grandes deportistas.

Por mucha lluvia, mucho barro y mucho viento que tuviésemos que soportar, nuestro ardor era indomable. También se puede hacer arte en estas condiciones. Y lo demostrábamos. Y no nos lo regalaba nadie salvo ese bondadoso Dios que presenciaba nuestros encuentros y desencuentros más allá del etéreo paisaje. En lo alto de los pinos, los pájaros temblaban ante el peligro de poder recibir algún balonazo; pero nosotros afinábamos solamente la puntería para fusilar al portero rival. Y en medio de aquel fusilamiento colectivo, siempre salíamos vencedores del espacio y triunfadores del combate.

A veces, muchas veces, el cantor lleva razón… y algún maravilloso e increíble pase de tacón mirando al infinito quedó para la Historia como un recuerdo imborrable.

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