noche toledana

Tenía, ahora lo recuerdo, en esta postergada isla del destierro, la fuerza de la
arrolladora juventud, unidas al mando de tantos hombres y barcos que se antoja –
ban invencibles, al que habia incorporado sabios geómetras, botánicos eruditos,
minuciosos cronistas, versados latinos y arabistas… porque allí intuía, estaba la explicación al origen de todo, la respuesta a la latente pregunta que todos nos hemos formulado una, infinitas veces.

Aquella tierra para él tan extraña, cuna y origen del más antiguo germen de cualquier tipo de civilización que vendría después y a la que habían rendido su muda pleitesía los antiguos, victoriosos conquistadores., aunque ahora se mostraba ignorante, desconocedora de la grandeza que tuvo e incapaz de construir las descomunales maravillas que habian erigido miles de años antes .

Sabía que el divino Alejandro o el glorioso Julio habían pasado por semejante
trance en el preciso momento de tener conciencia de estar predestinados a
convertirse en los dueños del mundo.

La estéril arena,el inmenso arenal paralelo a ese ofertante cielo estrellado, era una puerta que invitaba a penetrar en el infinito, le hicierón aventurar que no era casual que semejante lugar fuera asiento de las primeras ideas que vislumbraban un constructor único.

La estrellada noche, mucho más sublime que en ningún otro lugar, con un cielo
bajo cuajado de innumerables soles le hicierón preguntarse el sentido de seme-
jante grandeza. Para imitar esa via nocturna los antiguos reyes mandarón cons-
truir en piedra lo que les parecían fulgurantes modelos en el cielo .

Sabedor del trance que le esperaba cenó sobriamente, pero bebió mas que de
costumbre de aquel vino de palma de narcoticos efectos.

Penetró solo en el intrincado laberinto hasta llegar a la cámara real donde debia
pasar todala noche.

Desaforados oráculos le habían vaticinado que allí obtendría las anheladas res –
puestas y se desvelarían los ancestrales arcanos, siendo conocedor del devenir
de los tiempos .

La recámara fría y maloliente del fermentado excremento depositado durante
siglos por colonias de murciélagos producían un ambiene enrarecido, donde era
dificultoso respirar, unido esto al adverso efecto que le produjo la inhabitual
cantidad de vino trasegado algunas horas antes hizo que le sobrevinieran fatigosas
ansias al mismo tiempo que una brutal descomposición le hacían correr rápidamen
te al más recóndito rincón de la cerrada estancia para aliviarse de las acuciantes
bascas y dolorosos retortijones que simultáneamenete le acometían.

A la mañana siguiente, demudado y ojeroso, empapado en sudor de la terrible
noche pasada, salió al exterior, donde expectante lo aguardaba su Estado Mayor,
que silenciosos al principio, ávidos después, le preguntaron qué le habia sido
revelado.

Sentencioso y lacónico formuló las que serian sus únicas palabras sobre este
misterio y que han quedado para la historia : » aunque lo contara, no lo creeríais».

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