Plata

La suficencia con que se exhibía en su acotado recinto era atosigante, tenia esa
mezcla de orgullo, soberbia no contenida y displicencia para resultar repelentemen
te atractivo, para no querer dejar de mirarlo sabiendo que nos producia esa estoma
gante sensación de hastío masoquistamente propiciada.

Desde la primera vez que lo ví tuve esa epatante, paradojica sensación que resultó
completada al oirlo hablar por teléfono «soy Plata» decía en un tono lo suficiente –
mente alto para que se enterase media planta de su nombre,

«soy Plata»,repetía;
encima se llamaba asi «Plata», parecia el complemento que le faltaba para ser ese compendio tan extraño, de tal forma que si intentábamos asignarle otro nom –
bre, después de haber oído el suyo de forma tan ostentosa, no se nos ocurría nin-
guno que pudiera definirlo, si algo asi se puede definir, mejor. Usaba, además del
metálico apelativo, terno severo a rayas, gafas con montura de concha bastante
clásicas y para no dejar ningún resquicio leve a la compacta realidad que represen-
taba, un frondoso tupé que parecía esculpido, con un atemporal peinado hacia
atrás, dejando gruesas crenchas de pelo aradas en su cabeza resultado del gene-
roso fijador empleado y que, a excepción del oficineso rostro que soportaba,seme-
jaba un decimononico busto de la Grecia clásica en cuanto a testa se refiere.

Señoreaba su espacio dejando patente quien era el jefe de aquella sección o si no
lo era al menos sobreactuaba ese papel con sus airosos movimientos,relación con
los otros empleados de suave superioridad … aunque realmente nunca le vi orde-
narle o mandarle nada a ninguno, lo que abona la idea de que sólo era un emplea-
do más, pero arrogado de unas ínfulas y vanaglorias que hacian parecer otra
cosa.

La segunda vez que ví a Plata, pasado el tiempo, seguía todo igual : misma mirada
dorada de autocomplacencia, parecido aire desenvuelto, idéntico aspecto de jefe
de negociado de oficina siniestra, observé incluso que alguno de sus compañeros
hacían referencias a él » si, eso lo sabe Plata»o «diselo a Plata», estaba convenci –
do que sentían la misma desasosegante sensación que a mi me invadía y se
veían en la obligación de nombrarlo como una forma de somatizarlo .

Tenía que reaccionar ante semejante situación, después de dar algunas vueltas
entre la ropa y expositores, ésto ya de por sí le hizo lanzarme algunas miradas
inquisitivas, captada su atención, luego que observara dos o mas invectivas suyas
quizás calibrando cuándo,cómo,dónde empezar su untuosa acometida, me ade –
lanté pasado a la acción, me probé el más estrafalario de los abrigos, con ribetes
de piel y abundante pelo en el cuello y capucha, mientras le miraba de forma bur-
lona, dejando una muda pregunta en el aire «¿que te parece?», a continuación
pasé a colocarme los mas absurdos gorros que ví por allí, de lana, con viseras
exageradas, boinas… viendo su desastrado conjunto en el cristal que protegía el
extintor de incendios y mirando de nuevo a Plata, que nervioso se escudó en su
mostrador devolviendo las miradas y empezando a sospechar que alguien se esta-
ba burlando de él

Tuve que dejarlo al tener que irme y haberse agotado también la inicial decarga de
adrenalina que tan eufórico me hacia sentir al principio, provocado por la sensación
de estar transgrediendo algo y la desazón que observaba en Plata. También, es
cierto, que adelantó mi partida el hecho de constatar que minutos después de ver
cómo llamaba por teléfono, mientras me lanzaba alternativas miradas desconfiadas
en plena función de mi episodio de transformismo dedicado, vi aparecer dos guar-
dias de seguridad que se dirigían desde el fondo, apresuradamente, hacia los do-
minios de Plata, me apresuré a marcharme en dirección contraria de los que llega-
ban, pensando mientras tanto alguna otra forma, en las sucesivas, ya lo sabia, e
inevitables visitas que en el futuro le haría, para bajar de su autoeregido pedestal
al inexorable Plata .

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