Sagetario (Cuento del Viejo Oeste) (4)

Sagetario (cuento del Viejo Oeste) (4)

Cada vez se iba poniendo más de moda la costumbre de los rudos vaqueros y los desalmados pistoleros en echar pulsos que les hacían sudar la gota gorda (incluso algunos ponían cuchillos en el medio) sólo para tener el privilegio de piropear a La Chica, con permiso de Mendoza Colt pero sólo con control, por ejemplo “!preciosa! o ¡tía buena! a los sumo. Nunca más allá. Era decisión del “sheriff” Mendoza Colt y todos lo aceptaban sin rechistar. Para que se cumpliese esta norma estaba, sobre todo, Pierre “Rabietas” con sus pistolones arcaicos y obsoletos pero que todavía servían para matar a los insolentes. El mandato de Mendoza, para esto de los piropos era como si lo hubiese dado el mismísimo Abraham Lincoln.

Uno de aquellos viernes, “Alguien” le ofreció una inmensa fortuna en dólares a La Chica pero esta no hizo absolutamente ningún caso a la misma. Y “Alguien” comenzó a desesperarse, al igual que le pasaba a Adri Els y a Aro Int, los cuales no conseguían otra cosa que la indiferencia de aquella preciosidad de 16 años de edad que cada vez se crecía en sus artes de cantante y bailarina. Todo era una desesperación e impotencia para los codiciosos “Alguien”, Adri y Aro.

El penúltimo viernes de aquellos tres largos meses, La Chica faltó a la cita con el Milboona sin previo aviso. Entonces el propietario del local (Johny “Firewather”) tuvo que improvisar un “casting” para contratar cantantes y bailarinas. Sólo acudieron dos que había enviado, ladinamente, la bruja de la Mari Juana desde la localidad de Omaha. La cantante era una muy gorda (con cara porcina) que se llamaba Angela de Saint-Pierre (nativa de la isla Martinica) y la bailarina era una esquelética y flacuchenta mujer llamada Merceditas “La Rechina” (nativa de Cantón y de ahí el sobrenombre con el que se la conocía). Ambas rondaban entre los 40 y los 50 años de edad o incluso más de 50.

Todos los parroquianos y parroquianas quedaron atónitos ante aquel bodrio de espectáculo patético en grado superlativo; porque Angela además de su gordura cantaba horrorosamente mal y Merceditas estaba dando un espectáculo denigrante bailando, con sus huesos, el “baile del vientre”. Todos comenzaron, ya hartos a abuchear, silvar y pedir a voz en grito la presencia de la escultural Chica. Tampoco estaban aquel viernes allí ni Mendoza Colt, ni “Alguien”, ni Adri Els, ni Aro Int. Sólo estaba el nuevo ayudante del “sheriff” que sudaba por la frente gruesas gotas porque veía que el asunto se le podía escapar de las manos de un momento a otro. Así que disparó tres tiros al aire: ¡Bang. ¡Bang!. ¡Bang!. Y todos guardaron un momento de silencio pero regañando entre dientes los unos con los otros.

¿Qué sucedía con La Chica, Mendoza y los tres libidinosos y grasientos avarientos. Pues que se encontraban en el Casino del Morange Club jugando unas partidas de póker. Bueno, para ser más exactos, jugaban los cuatro hombres y La Chica sólo era espectadora que estaba cumpliendo a las mil maravillas el perfecto plan de Mendoza Colt y que consistía en que ella coquetease prudentemente con los tres “viejos verdes” ofreciéndoles whisky tras whisky (con lo cual los aturdía embotargando sus cerebros que les hacían no darse cuenta de las cartas que tenían en sus manos y además se acercaba a escasos centímetros de ellos para ponerles más nerviosos todavía y, viendo las cartas de los rivales, hacer señas convenidas a Mendoza para que éste conociese el juego que llevaban los codiciosos y avarientos personajes.

Jugaban al póker precisamente porque Mendoza Colt les había apostado a que si alguno de ellos le ganaba en el juego podrían libremente irse a la cama con La Chica, desvirgarla y dormir con ella toda la noche. La oferta era tan apetitosa que los tres aceptaron rápidamente sin pensárselo dos veces y sin darse cuenta de la trampa tendida entre Mendoza Colt (que sonría pícaramente) y la Chica que, a pesar de todo, no sonreía apenas y estaba algo así como nostálgica peo a penas se le notaba.

Todos los que vieron aquella partida nunca podrán olvidar cómo en brevísimas dos horas los tres codiciosos personajes fueron totalmente desplumados y perdieron, en esa madrugada, todas sus supermillonarias fortunas.

Fue tal la decepción que sufrieron que Adri Els y Aro Int decidieron irse a la posta del Correo y subirse a la primera tartana que pasó en aquella madrugada y en la cual se montaron sin saber cuál sería su destino final; mientras el judío avaro “Alguien” decidió, desesperadamente, suicidarse colgándose con su ancho cinturón con hebilla de oro de una encina que había en el humilde huerto de un hombre pobre llamado Lázarus… al cual le tenía aprisionado por las infames deudas.

Mientras esto ocurría en el Casino del Morange Club, en el “saloón” Milboona se mascaba la tragedia. Las protestas iban cada vez en mayor aumento y comenzaron a llover huevos podridos y tomates maduros que lanzaban los humildes labriegos que se habían gastado todas las ganancias del mes para apreciar, con sus propios ojos, la extraordinaria belleza de La Chica. “Rabietas” volvió a disparar al aire. ¡Bang!. ¡Bang!. ¡Bang!. Pero esta vez la masa de hombres y mujeres allí reunidos no guardaron silencio sino que aumentaron los lanzamientos de huevos y tomates además de que comenzaron ya a irritarse demasiado, especialmente el famoso pistolero Cisco Kid. Y fue Cisco Kid quien, finalmente, prendió las llamas de las tragedia cuando gritó a todo pulmón:

– ¡!¡Fuera de aquí brujas!!!. ¡!!Iros ya adefesios!!!. ¡!!Esto es una estafa!!. ¡!Quremos que salga La Chica!!-
– ¡Esto es una estafa!. ¡Que me devuelvan mi dinero! –siguió el granjero que tiraba huevos y tomates al escenario
– ¡!Estafa!!. ¡!Estafa! – comenzaron a decir varios al mismo tiempo.
Las mujeres que se encontraban en el local, holiendo lo que podía suceder allí dentro, salieron, rápidamente a sus casas, hogares y hoteles.
Sólo quedaron los hombres porque, aprovechando el desconcierto general, la Angela y la Merceditas salieron por la ventana del Servicio higiénico y, saltando las vallas de la cerca que delimitaban los jardines del Kid en Brazos de “Rabietas” no sin antes confesarle un secreto: amigo… gracias … por todo… pero… por favor… dile a La Chica.. de miparte ¡..que yo también ansiaba poseerla… Y murió.

Cuando Mendoza Colt llegó al «saloón» y Cisco Kid habías dejado de existir, mientras en su lujosa habitación del Hotel Globe’s ls bellíisma Chica sentía en su alma unas profunda nostalgia y, tomando su giutarra comenzó es tocar y cantar canciones «country» hasta que quedó profundamente dormida penando en la libertad de las praderas de los horizontes.

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