Sarcófago de metal

Ayer te vi.
Nos internamos en el bosque de gigantescos pinos. Las luces de colores diseminadas por los senderos se balanceaban suavemente en la brisa de la tarde. Encendí un cigarrillo y volvimos sobre nuestros pasos.
El ritmo de nuestra marcha se oía más fuerte a medida que nos acercábamos al lago por el crujir de las ramas. A través de la espesura alcancé a ver los primeros destellos del agua. La placidez reinaba y mirábamos plenos, cómo se mecían las olas cautivantes, presentando un aspecto asombroso bajo los fogonazos de las luces de la tarde. Seguimos el sendero abriéndonos paso entre el follaje y finalmente llegamos.

Mirábamos abrazados aquel magnifico escenario donde la llanura actuaba sólo para nosotros, donde el silencio era el protagonista. Percibí el inconfundible aroma agridulce de la marihuana. Miro a mi alrededor. En la luz, distingo las volutas de humo de mi tabaco y su porro entrelazadas. Los cisnes levantan sus cuellos como si el lago fuera una elegante pasarela.
¿Querés? –me dijo con una sensualidad que yo conocía.
Me di vuelta. Se veía muy bella con sus ojos celestes y su pelo rubio que caía recto hasta los hombros. Su boca emitía pequeños suspiros, habíamos hecho el amor toda la tarde.
Me recosté sobre la arena y la miré.
-¿Cuántas veces lo hicimos hoy?
-Perdí la cuenta –me dijo.
Ella se desvistió una vez más y yo la imité. Se recostó sobre la lona.
Sin palabras, extendí la mano hacia su cuello y besé su piel mientras la sentía temblar.
Tenía los labios entreabiertos y apenas parecía respirar, cuando la punta de su lengua separó sus dientes blancos. Era toda color ámbar y dorado, excepto por la estrecha franja blanca alrededor de sus pequeños pechos y el triangulo de su sexo. Sus pezones erizados apuntaban hacía mi y sus suaves muslos comenzaron a brillar una vez más como pequeños diamantes.
Se movía a la par del oleaje, su pelo se abría en un abanico constante. El rugido de su primer orgasmo explotó rasgando la lona. Se balanceó sobre mí durante un momento con la mirada perdida, y después, contrayéndose lentamente, se tendió a mi lado.
Quedamos inmóviles, mientras nuestra respiración se normalizaba, sus ojos abiertos clavados en los míos.
– Fue increíble –susurró.
Yo la contemplé. Bajó su mano. Sus ojos se abrieron en una sonrisa.
– ¿Todavía estás así? –murmuró-. Sos increíble.
No dije nada. No le dije que yo sentía lo mismo.
– ¿Dónde voy a encontrar a un hombre como vos?
Puse mi mano sobre su cabeza y giré su cara hacia mí.
– ¿Y cuantas mujeres hay como vos? –pregunté.
– Te amo –dijo.
– También yo, dije sonriendo-. Unidos en una mirada en la tarde de un bosque y un lago que, finalmente nos cobijó en un profundo sueño.

Desperté. Sus ojos achinados de felicidad, y una improvisada bandeja de madera, con pan, vino, queso, frutas, reflejaban la magia que ninguna foto podría igualar.
Hoy te vi.
El calor húmedo de la carretera atravesó mi camisa manchada, mientras el sol reflejaba el rastro de sangre. Ella estaba inconsciente y ya había caminado kilómetros cargándola en mis brazos entumecidos. Estaba desorientado, ella se moría y yo no podía parar de llorar. Su hombro sangraba, tenía la nariz rota.
Cegado por la luz, la oía respirar débilmente y sentí que no tenía más fuerzas para seguir caminando hacia la nada. La herida en el tobillo hacía mi paso más pesado y doloroso, y llegaba al límite de mis fuerzas.
-¡No te rindas!
-No sé si lo decía por ella o por mí, o tal vez por ambos, mientras me invadía una feroz angustia.
-No te vayas -dije para mí en un susurro.
Creí ver a lo lejos un camión. ¿O era una camioneta? Se acercaba como si alejara el sol con su presencia.
Un frío seco, me golpeó y me desmayé tratando de amortiguar con mi cuerpo, el golpe de su cuerpo contra el asfalto.
Ayer te vi.
-Soñaba con esto desde… – sí, yo también, -interrumpí.
-Finalmente lo hicimos –dijo ella.
Me beso y me dejó de espaldas.
-Te voy a dar algo extra, dijo bajando por mi ombligo y tomándome en la boca.

Hoy te vi.
“Luces, son luces” Fue mi último pensamiento antes de caer inconsciente.
Ayer te vi.
-¿Sabés amor? –dijo ella-. Deberíamos comprar alguna casita por esta zona o una cabaña, no sé.
-Todavía estamos lejos de lograrlo, porque ya no es como era antes. Se paga poco y se trabaja mucho.
-Bueno -dijo con tristeza-. Se produjo un silencio incómodo.
-Ya vendrán más oportunidades.

Hoy te vi.
Cuando retomé la conciencia, ya era de noche, los faros apuntaban directo a los ojos y la sombra había desaparecido. Me levanté con dificultad y me di cuenta de que tenía el tobillo roto. El dolor me tomó de sorpresa y lentamente me arrastré hasta el vehículo. Allí no había nadie.
Ayer te vi.
-Amor, ¿qué son esos destellos?
-¿Cuáles? –pregunté.
-Esos que se ven en el bosque.
-No tengo idea.
Eran como bolas incandescentes que se acercaban a gran velocidad, Inmediatamente me incorporé y le grité que se ubicara detrás de mí.
A nuestras espaldas, desde el lago, oímos el sonido de burbujas que como globos enormes, estallaban en el aire.
Otro tiempo.
-Señor, su descanso va a suspenderse por tareas de mantenimiento.
-¿Cómo? ¿Dónde estoy?
-Está en la fábrica de residuos y usted es un operario descansando.
-¿Fábrica de qué? –pregunté mientras miraba la fila de sarcófagos delante de mí.
-¿De qué está hablando?
El hombre vestido de mecánico me miró y en un tono sin matices dijo:
-Nosotros les proporcionamos sueños para reemplazar lo que antiguamente, le decían “vacaciones”, y reemplazamos esa modalidad por algo más útil.
-Allí, sobre el monitor usted puede elegir un sueño. Puede soñar sobre cualquiera de los ítems señalados en el menú. Usted eligió el sueño doscientos cuarenta y cinco.

-Esta es la última imagen suya tomada. –siguió explicando-.
-Usted estaba soñando con una mujer en un bosque junto a un lago.
Miré hacia arriba y allí estábamos desnudos y congelados en la imagen.
-Estaba divirtiéndose de lo lindo –dijo con tono vulgar.
-A veces, la consola maestra tiene pequeñas fallas.

Ayer te vi.
Me desperté y allí estabas, mirándome. Lo extraño es que repetías la misma frase. Tus acciones también se repetían mientras tu imagen se desdibujaba.
-¿Te sentís bien? Preguntó una docena de veces exactamente en el mismo tono.
-¿Dónde están los fuegos? ¿Dónde está el bosque?
-¿Te sentís bien? ¿De qué estás hablando? Te quedaste dormido, habrás soñado algo feo- me dijo.
-¡Si acabamos de verlo! ¿Me dormí? ¿Cuánto tiempo?
-Cinco minutos. –dijo despreocupadamente, y repitió siete veces la misma frase.
– No entiendo, tuve dos sueños paralelos y eso es imposible.
– Amor, habrás soñado con algo desagradable, estás todo transpirado.
Desde el bosque comenzó a llegar un sonido inquietante, como una amenaza.
– ¿Qué es eso? –preguntó extrañada.
– ¡Es lo que acabo de soñar! –grité.
Otra vez las bolas de fuego se abalanzaban sobre nosotros como luciérnagas gigantes, y detrás, sombras que iban surgiendo desde la superficie. Eran gigantes sin rostro cubiertos de algas, y su tamaño doblaba el nuestro. Estábamos cercados en medio del horror.
Otro tiempo.
-¡Señor, tuvimos un fallo eléctrico! Todavía le quedan veinte minutos y esto lo arreglamos en cinco, relájese, recuéstese y descanse-. No supe entonces, si acatar la orden o escapar.
Me cablearon de nuevo y me recostaron sobre el sarcófago de metal.
Hoy te vi:
Se encendieron luces en el bosque y la laguna; el reflejo de la luna fue opacado por un resplandor cien veces más brillante. Haces luminosos perforaban la carretera bajo el cielo nocturno. Un caos de soles y lunas se interpolaba, y vi reflejos de mi pasado como pantallas proyectadas en el cosmos. Y ahí estaba yo, asombrado y perdido en una noche sin estrellas. A pie por la carretera en medio de una oscuridad que me impedía ver el suelo que pisaba, adivinaba cada paso que me separaba del destino final. Advertí con asombro que mi tobillo estaba sano, y una calma interior comenzó a crecer. Iba perdiendo el miedo y no sentía, por lo tanto, la sensación del inmenso horizonte, sino por el silbido del viento. Finalmente, el sol encontró una casa que me era familiar. Y un instante antes de la locura sentí sus brazos salvadores. Busqué su mirada y recién entonces comencé a llorar. Había encontrado finalmente el camino a casa.
-Fue muy raro –le comenté entrecortadamente mientras la abrazaba con fuerza. -Soñé que éramos atacados por unas esferas de fuego y unas sombras que emergían del agua con filos en las manos. Recuerdo el primer golpe que te dieron en la cara y el estilete desgarrando tu hombro, mientras un haz incandescente me quebraba el tobillo.
-Vamos -le dije apurando el paso
-¿Adónde? Estamos en casa –preguntó extrañada.
-Esto nunca fue nuestro. Nuestra casa está detrás del horizonte -le aseguré.
-La nostalgia la obligó a mirar hacia atrás. Allí no había nada.

Otro tiempo.
El técnico miró con asombro el cuerpo inerte, y comentó con el oficial a cargo:
-Nunca antes pasó esto, es extraño. Llevo años en mantenimiento y jamás ocurrió algo así.
– Sí, -respondió el contratista- Fue una pérdida de agua que se filtró entre los cables. Debe haber muerto de un infarto al intercalar su sueño con el agua y las chispas.
– Es posible –dijo el técnico. No quiero imaginar lo que debe haber sufrido.

(En off) –Descartando al operario MT 209. –Descartando al operario MT 209 –dijo una voz sin expresión.
El operador miró la extraña sonrisa del cadáver dentro del sarcófago de metal.

Siento el regreso de antiguas memorias, como si hubiese vivido mi vida en otro tiempo. Como si alguien abriese una puerta, y una fría corriente me atravesara. Percibo de cerca la muerte y el amor.
El resplandor de alguna dinastía egipcia, marcó la huella de mi destino. Transité cientos de universos, para quedarme definitivamente en este. Aquí donde ella está.

Dijo Userkaf: ¡Despierta Osiris! – Tú partiste pero has retornado; moriste, pero vives de nuevo.
Osiris. Dinastía V, Templo solar «Nejen-Ra»

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