Siempre así

Sórdidas amarras han desgarrado mi destino,
de lo mundano a lo divino,
constelan, elegantes, mis sueños
augurando los pequeños bastidores
en los cuales he de vislumbrar
que no aguanto más mis penas.

Ya no apelo a madrigales,
sonetos, sextinas, tercetos,
que revelen los secretos,
transparentes e indiscretos,
socavando genitales y claveles.

Impasible y lasciva lujuria,
por ti rezo, por ti vivo, por ti muero.

Un torrente de lágrimas emerge,
y sumerge mi alma corrompida
obligándome a la huída.
Y llego, al fin llego
a la lúgubre caída,
fúnebre y sin salida
del amor.

No quiero añorar caricias,
no quiero encender pasado…
no quiero.

Aliéntame a discurrir
sobre el existir
de la inexistencia existencial.
Derrama tu gracia sobre mi pie,
dorado, ensimismado al caminar
sobre tus senos, hoy ajenos
a mi honor.

Soy indigno de ti y tu aire,
de tu miel, tu agua.
El sabor de la amapola infusa
me acompaña hasta la entrada
luego de infinitos peldaños.

El infernal rechinar de dientes,
gritos y saliva en el suelo
de una sala dibujada con dementes.

Averno arriba, no abajo,
hacia el que tomé el atajo:
desamor.

Ésa es la magna obra de Él,
Sumo Pontífice de la locura,
de la mano homicida del humano
y el ocaso de los santos.

Un comentario sobre “Siempre así”

  1. Sólo tú marcas el camino de tu poesía. Al final siempre encontramos una frontera. Esa frontera literaria no se pasa con un solo pie (quedándose entre Pinto y Valdemoro como decimos los españoles) sino que o se cruza con los dos pies por delante o es mejor abandonar y no cruzar dicha frontera. Porque si te quedas con un pie dentro y un pie fuera te pilla la Muerte Prematura. Un abrazo.

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