Sonrisas y lágrimas en el Estadio (Crónica)

¡Monumento al Fútbol!
¡¡¡EL REALMADRID SE MERECIÓ LA GLORIA!!!
Pero el Destino fue muy cruel con el Atleti…

Sonrisas y lágrimas en el Estadio Da Luz. Parecía el remake de una película gracias a la generosidad de Producciones Lisboa. Pero no era «Cine de Barrio» (aunque estuviésemos en sábado) sino Fútbol en su más grande expresión. Era, ni más ni menos, que la Final de la Champions del año 2014 después de Jesucristo. Y quizás sea necesario que pasen otros 2.014 años más para que se vuelva a repetir un espectáculo tan colosal como ver a dos equipos de fútbol de la misma ciudad enfrentándose muerte a muerte. «Duelo de titanes». Tampoco era una película norteamericana aunque algunos lo confundieron con una del Oeste. En realidad estábamos al Oeste de Badajoz y no en las llanuras de Oklahoma.

Parece mentira, pero la Historia se repite más veces de lo que creemos o pensamos. En el minuto 93 del partido, el Atlético de Madrid era Campeón de Europa; más los rojiblancos se olvidaron de algo tan esencial como que el partido iba a durar 95 minutos. Y en el fúbol se puede pasar del éxito al fracaso en tan sólo 2 minutos de juego. Eso es lo que sucedió. O a Simeone se le olvidó el cronómetro en el vestuario o sus muchachos olvidaron que 2 minutos son, exactamente, 120 segundos. ¿Cuántas jugadas de peligro se pueden generar en 120 segundos de combate futbolítico?. Si hacen un recuento comprobarán que 120 segundos de jugadas a plena velocidad, con el rival creyendo que todo se ha terminado, es tiempo para empatar un partido y esperar a la media hora de prórroga para dar la vuelta a la tortilla. Los buenos cocineros, como Arguiñano, saben que esto puede suceder, y sucede, muy a menudo. Ayer, en el Estadio Da Luz de Lisboa, al Oeste de Badajoz, se pudo comprobar una vez más.

Comenzó el partido y los colchoneros empezaron a dar hachazos para imponerse por la bravura de la patada a seguir en lugar de concentrarse en que es mejor dejar hacer a los enemigos para desgastarles los nervios; porque a cada patada de los colchoneros, los blancos merengues respondían con ataques todavía muy descontrolados pero que presagiaban que no se iban a arrugar ante la dureza colchonera. Todo esto sucedió hasta que Diego Costa (que había hecho un flaco favor a su Atleti por querer jugar sin estar recuperado de su lesión) abandonó el terreno de juego a los 9 minutos de iniciada la contienda; con lo cual Simeone tuvo que hacer el primer cambio de jugadores cuando solamente había comenzado todo. Y, sin embargo, fue a raíz del abandono del hispano-brasileño cuando el Atlético de Madrid comenzó a hilvanar su mejor juego. De repente, cuando todo parecía nublarse para los del Manzanares, el partido entró en una fase de mayor posesión del balón por parte de los rojiblancos que se aprovechaban de la ausencia de Pepe en la defensa del Real Madrid. El desconcierto se generalizó en las filas de los blancos de Chamartín que, aunque gozaron de un par de ocasiones que se fueron al limbo de los inocentes, se vieron del todo impotentes cuando Godín marcó el gol tan esperado, desde hacía 40 años por todos los del Atleti, a mitad de la primera parte. Todavía quedaba una eternidad de partido pero los madridistas comenzaban a pensar que todo se estaba perdiendo. En las gradas hasta el propio Xabi Alonso era la demostración más palpable de la impotencia de los merengues y, en el césped, tanto Sergio Ramos como el mismísimo Iker Casillas eran un manojo de nervios como si se estuviera jugando en el Estadio Nervión en lugar de la casa del Benfica.

El Atleti de Cerezo se iba acrecentando, abandonaron el hacha y sacaron el estilete de crear el juego con filigrana. El Madrid de Florentino veía cómo el tiempo jugaba en su contra y, a medida que pasaban los minutos, los cánticos de los seguidores atléticos acallaron, por completo, los vítores de entusiasmo de los seguidores madridistas que veían cómo las ilusiones de toda la temporada se iban disolviendo como un azucarillo en las aguar turbulentas del río Manzanres. Esta figura literaria viene a bien para describir lo que fue la primera parte del encuentro en la cual el Atlético se crecía mientras que Ancelotti se desesperaba como un jefe de circo que ve cómo le crecen los enanos y se le acaba el espectáculo.

Pero el espectáculo no había terminado y fue en la segunda parte cuando los merengues, gracias a los jugadones de Di María y Bale, levantaron su moral porque descubrieron que su equipo no estaba todavía muerto; algo que no pensaron los atléticos que, aunque defendían con uñas y dientes, su exigua pero suficiente ventaja, olvidaron otra cosa más: que cuando al Real Madrid se le mete un gol pero se le deja vivo sin rematarle con una segunda diana, echan mano de su especial manera de ser en la Copa de Europa (que les viene desde Distéfano pasando por Juanito y llegando hasta Raúl González) y se convierten en leones en medio del safari en que se estaba convirtiendo el partido. Los merengues buscaban atrapar una oportunidad y, aunque los minutos pasaban más rápidos que lo que ellos deseaban, no dejaron jamás de seguir atacando, jugada tras jugada, imprimiendo una velocidad de gacela a sus ataques mientras que los colchoneros, que se veían ya coronados, se defendían como gatos panza arriba. Los atleticos no bajaban, para nada, los brazos… pero las piernas, que es con lo que se juega bien al fútbol cuando la cabeza está en su lugar y no soñando demasiado en las alturas, se les comenzaban a flojear. Ya el hacha no les servía de nada ante el ardor de los madridistas, y el estilete de las filigranas comenzaba a olvidarse porque estaban más pendientes del recuerdo de Luis que de la dura realidad. Y la dura realidad es que en los recambios necesarios el Atleti salió perdiendo; porque la entrada de Isco, Morata y Marcelo pusieron alas al Pegaso blanco que ya no pensaba en otra sino en empatar auunque fuese en el último de sus suspiros. Suspiraban los aficionados atléticos (y las aficionadas atléticas) con sonrisas de felicidad. ¡Por fin el Destino les daba la oportnidad buscada desde hacíaa 40 años, o sea varias generaciones después de lo de Luis Aragonés!. Pero el Destino, la noche de este sábado, todavía no había dado su veredicto. Llegado el minuto 93 toda la afición atlética hacía la ola en los graderíos. Eran y se creían vencedores… hasta que surgió el insurrecto Sergio… este Ramos que tanto tenía todavía qué decir… y a pesar de la buena labor de Raúl Garcíaa que salió del Estadio ovacionado, fue Ramos quien se llevó la ovación más abrumadora de esta inolvidable noche. En el fatídico minuto 93, Sergio Ramos dio un cabezazo al balón con tante Fe que ni el mismo Santo Tomás se lo hubiese creído aunque lo estuviese viendo como todos lo vimos. Cabezazo mortal para el Atleti que, de repente, se desvaneció, volvió a ser, una vez más, «El Pupas» y terminó pidiendo la hora, después de haber soñado, para poder despertar de la pesadilla en la media hora de prórroga.

Comenzó la primera parte del tiempo de prolongación y, ante el clamor y entuasiasmo de los seguidores blancos, mientras los rojiblancos se encomendaban a todos los Santos Inocentes por ver si se cumplía el milagroredentor, comenzamos a ver otra película bien distinta puesto que el belga Courtois, ante la vista del ya tranquilo Casillas, se parecía a Gary Cooper en «Sólo ante el peligro» mientras sus compañeros ya trabajaban como bomberos para poder apagar el incendio. Los momentos eran de verdadera angustia tanto para los defensores cochoneros como para los atacantes merengues; pero Isco, Morata y Marcelo, siempre gracias a la velocidad y el ingenio de Di María que estaba asfixiando a Juanfran hasta sacarle de sus casillas, habían impuesto su hegemonia sobre el césped en esta inolvidable final que a todos ponia los atléticos les ponía los pelos de punta. Los jugadores del Atleti parecían erizos mientras los del Madrid se sentían cada vez más cómodos y luchaban, ya con todas sus energías a tope y encendidos los faros para llegar a buen puerto. Y fue en la segunda parte del tiempo de prolongación cuando los madridistas alcanzaron la gloria que estuvieron buscando desde el pitido inicial. Fueron tres bombazos de stukas los que hundieron el buque del Atleti. Un golazo increíble de Bale que entró como una bala de bazooka (mientras Ancelotti mascaba el chicle y Simeone se había salido del partido), un zapatazo de Marcelo que hizo cantar «La Traviata» a Courtois y «El Himno de la Alegría» a Casillas y el penalty final cometido contra Cristiano Ronaldo que el propio Cristiano se permitió convertir en gol para que la película, de parte de los atléticos, se convirtiera en «Lo que el viento se llevó».

No le echen la culpa al árbito, señores del Atelti, no le echen la culpa al arbitro que estuvo, más bien, condescendiente con todos ustedes, y si quieren buscar a algún culpable háganlo, en toda caso, con la monumental chavala de la bicicleta del Paseo Rosales que había visto pasar, como un relámpago, El Africano. Y no me refiero a Emiliano Escipión. Me parece que se llama Pilar o me recuerda a una Pilar que conozco yo y que mi amigo Andrés conoce muy bien. Y fin. El Madrid se mereció la gloria porque siempre la buscó pese a todas las adversidades… pero el Destino fue demasiado cruel con el Atleti… que vio cómo del 1-0 que les convertía en Campeones se dio un vuelco total y se pasó al 1-4 que les convirtió, como siempre, una vez más en «El Pupas».

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