Y la tierra no era suya

Lo recuerdo muy bien.
Su manera de caminar me daba miedo.
Su muleta de empuñadura blanca reproduciendo un clic, clic.
Su cara era un rostro como de mayordomo siniestro y sospechoso de.
Ese clic pequeñito se movía mecánicamente, amenazante en sospechoso sigilo.
Un clic, clic, anunciando una cercana cuanta atrás.
Su rostro estaba dolido por el templo y el acomodo de una soberbia rigidez de apretada dentadura y oprimidas encías.
Con su rostro de piedra arrastraba esa dolorosa pesadez vital, lastre y más lastre.

Sus dientes siempre apretados, rabiosos, para que la rabia no pudiese huir de aquellas entrañas, entrañas rinolófidas color caverna. Rabia que era perfeccionada día tras día. Cara roja e hipertensa de testigo y habilidoso aval.
Sus manos indiferentes, beligerantes, estratégicas, gruesas, ataviadas con callos para poder despreciar a la sensibilidad; dedos cortos y gruesos dedos de tipo duro y cojo y muletazo y rígido que discutía con la existencia a través de sus actos carentes de algún tipo de clemencia, de flexibilidad, de misericordia, de comprensión, de…

Recuerdo aquellas crías de gato condenadas a una vida demasiado excesivamente breve, yaciendo recién nacidas en los dominios del hombre de la empuñadura blanca y la cara roja ardiente. Gatitos en su propiedad, descansando y vibrando. Que tuvieron el infortunio de nacer en un pequeño margen rincón de un camino particular protegido por ley y juzgado y amigotes, que tuvieron el infortunio de nacer con ese nefasto clic rondando al acecho; gatitos impotentes e indefensos yaciendo sobre una diminuta porción de tierra privada que su mamá gata creyó segura. Criaturas del universo con los ojos aún cerrados sin poder ver a ese temible y metálico y frío y plástico e intransigente clic, clic, condenando, anunciando a esa atigrada gata recién mamá que algo malo iba a suceder a sus crías de poco tiempo, descansando en un pedazo de tierra particular, prohibida al paso; propiedad particular letal.

Un comentario sobre “Y la tierra no era suya”

  1. Y eso que la tierra no era suya… en fin… que me llamó la atención tu texto y estuve pensando, por un tiempo, en la existencia-inexistencia de los inocentes gatitos que no puedieron abrirse a la vida. Acabar de esa manera es más bien horrible… pero más horrible es quien hace que no los puedan abrir. Bueno el argumento. Lo horrible, algunas veces, es que se basan en historias reales.

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