Fiebre mojada

Mirando hacia el frente, como en un escenario,
dirigía sus ojos entre paredes vacías,
apuntando a la luz escarlata del fondo.
Se mecía la sombra de su vida en tinieblas,
espejo del hermoso canto de cisne,
raíces fundidas en aguas espesas,
puñado de piedras sobre sus pies.
Viajaba junto al movimiento del péndulo,
desde aquí hacia allá; su piel, un milagro,
desmayada en la solicitud de sus entrañas,
calcinada por la sangre que mancha la
conciencia de la noche;

calcinada por el hielo de pupilas, el vértigo.
Así el momento ya había pasado,
y las gotas que sobraban de los besos
apurados, escondían la pirámide,
fruto del derrumbe urbano. Escondía las mentiras
que faltaban a la triste verdad,
que destrozaban cada centímetro de su
cuerpo, retratado en la confusa sinopsis de la
realidad.
En ese vacío exquisito que huele a cueva de otoño,
a fiebre mojada, fluído de cruces,
espada feroz,
incorpóreas figuras que jugaban a ser
animales a punto de morir. Exaltada exhalación.
Sucio revuelo, enjambre.
Y otra vez su memoria escapaba
al frío de la habitación, inhabitada.

Como en un escenario, siempre mirando hacia el frente.

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