¡Gracias, campeón!

Porque fuiste grande a pesar de que eras pequeño… ¡gracias, campeón, por enseñarme a dominar el centro del tablero como la mejor manera para desarrollar mi juego!. Nuestro tablero común era aquel destierro en que nos quisieron olvidar a ti y a mí el más envidoso de todos los envidiosos. Ni envidiado ni envidioso te dijeron cuando te jubilaste… ¡qué poco te conocía el señor de los mengues al que tuve que pararle los pies con un pequeño poemita que le dejó en su verdadero lugar!. ¿Y qué me dices del mugriento magro con grasa hasta en los hemistiquios cerebrales?. Tú si eras mi amigo y nadie te hacía sombra cuando utilizabas los caballos para amenazar, los alfiles para despistar y las torres para culminar llevándote siempre el Trofeo.

No olvido. No he olvidado nunca los cafés de aquella máquina en la que ronroneaban varios envidiosos como gatos en celo. ¡Y cuán grande fue nuestra verdadera amistad frente a todos ellos!. Aú recuerdo el campeonato de la bobada más grande del siglo que se lo llevó Luis Pérez, el informe aquel donde descubrimos los grandes fallos del sistema y del cual se quiso hacer dueño aquel mugriente magro de los sesos llenos de grasa y las bromas que gastábamos al cafetero y a quien se ponía a tiro. ¿Recurrdas cuántas bobadas del siglo decíamos para combatir a nuestras soledades?.

¡Aún recuerdo tu valentía al jugar de 7 situándote a mi lado, tu amigo el inolvidable 8 de los campos madrileños y más allá!. Sí. Recuerdo que fuiste mi mejor amigo en aquel duro destierro al que nos había confinado el mugriento jefe de la barriga de magro. No. No pienso en él ni me importa para nada lo que hizo. Sólo estoy pensando en neustra amistad. En cómo reíamos inocentemente ante aquello de ¿acaso soy tan fea?. ¡Y cómo llenabas mi existencia de compañía sin pedir nada a cambio!. Hasta me invitaste a verte jugar una de tu memorables partidas de ajedrez mientras te inspiraba el humo de mi tabaco. Era yo universitario y me diste el título de campeón de la Universidad. ¿Qué importa a qué clase de campeonato te estabas refiriendo?. Quizás quisite decir al que más le gustaban las chavalas guapas. Posiblemente sí porque así eras de generoso. ¿Recuerdas la paliza que le di a aquel ridíduco de Duro, uno de los enchufados de aquel Banco que se pensaba lo suficientemente interesante como para ligar con Maribel con ayuda del tonto Moncho?. Sí. De acuerdo. No era más que un iluso y nosotros seguiamos adelante caminando hacia la felicidad entre cartones, entre papeles que no nos importaban ni un pimiento y entre juegos de ajedrez y risa para combatir el aburrimietno invernal.

¡Espero que mi firma te sirviese para algo en aquella caja de pinturas que te regalaron para poder seguir pintando acuarelas!. ¡Espero que mi firma te sirviese para por lo menos ser un lazo indestructible de nuestra verdadera amistad!. ¡Hasta siempre, compañero!. Adiós, amigo Ondaro… grande entre los grandes a pesar de ser pequeño. Espero que en la Eternidad podamos seguir jugando, juntos, a decir las mayores bobadas del siglo. En tu honor ahí va lo siguiente una vez más y cuantas veces sean neceario ya que si decíamos que sí nos llamaban sinvergüenzas y se decíamos que no nos llamaban tontoe. Así qur… ¿recuerdas?… decidimos decir sí pero no y no pero sí sólo por pasar del mal rollo de todos ellos los envidiosos encabezados por el mugriento de los sesos llenos de magro y el inefable señor de los mecachis en los mengues:

Buen día a todos y todas. Alfonso Ondaro Vargas (madrileño de pura cepa) fue un excelente compañero de trabajo y es un sensacional amigo que, además de todo eso (que no es poco) es un genial jugador de ajedrez que hace ya mucho tiempo (cuando era una promesa de este deporte-ciencia) fue calificado en algunas crónicas de la prensa especializada como “el pequeño Capablanca español”. Así le llamaban en sus tiempos juveniles. Una especie de Arturito Pomar que abandonó la alta competición ajedrecista (cuando lo tenía todo a su favor para haber triunfado a escala internacional) por motivos ajenos a su voluntad. Bueno. A lo que voy ahora (además de agradecerle públicamente que fuese él el que me enseñó a jugar ajedrez y el que hizo que a mí me guste este juego) es que Alfonso Ondaro siempre ha sido un expertísimo jugador con las piezas llamadas caballos. Eran sus piezas más queridas y las preferidas por él.

No era por casualidad. Ondaro había aprendido desde niño la técnica ajedrecista del ruso Mikhail Ivanovich Tchigorin, un ruso de fines del siglo XIX y principios del XX que está considerado como el más hábil experto en manejar los caballos del ajedrez en la Historia de este deporte. Tchigorin no pudo nunca ser campeón mundial porque fue derrotado en la final de 1889 en La Habana por el austriaco Wilhelm Steinitz (uno de los grandes genios ajedrecísticos de todos los tiempos y considerado el primer Gran Maestro de la llamada Escuela Moderna en este deporte). Tchigorin era tan grande con los caballos que en una partida de revancha (sin el título en juego) celebrada al año siguiente (1890) barrió al campeón mundial sólo por sus geniales maniobras con los caballos. Tchigorin (enamorado de la Escuela Romántica del Ajedrez) es considerado el más brillante de los rebeldes que ha dado este deporte-ciencia hasta que apareció en escena Bobby Fischer.

Lo que voy a exponer a continuación es, partiendo de las enseñanzas que Ondaro me impartió sobre las piezas del ajedrez, una particular manera de verlas que no es nada ortodoxo ni científico. Analizar las piezas del ajedrez en el contexto científico de este juego pertenecería a nuestra sección vorémica llamada Divulgación y este texto lo escribo en Diarios porque es puramente informal y sólo como producto de una visión libérrima (¡vivan las visiones vorémicas!) de mi propia cosecha y pensamiento. Nada que ver con ningún Tratado sobre Ajedrez.

En mis “elucubraciones literarias” sobre las piezas del ajedrez baso las siguientes conclusiones: cada pieza del ajedrez despierta en mí diferentes sensaciones anímicas. Tenemos, en primer lugar, a los peones. Los peones (que los no iniciados en el ajedrez creen que tienen muy poca importancia y los ajedrecistas sin embargo saben que tienen una importancia vital para ganar una partida) son para mí, desde un punto de vista “lírico” los más aburridos del tablero. Encadenados a la tortura de tener que dar solamente un paso hacia delante nada más en cada ocasión que quieren moverse (salvo en su primer paso que pueden elegir entre uno o dos) no tienen la libertad de poder arrepentirse si cometen un error y dar un paso atrás. Son los que menos libertad poseen en el tablero. Un poco borreguiles, siguen siempre hacia delante como burros con anteojeras, y sin embargo si se les abandona a su suerte y no se les protege son víctimas propiciatorias para el ejército enemigo. Son como esos que llevan las banderas en las batallas y no llevan armas para defenderse. Caen por patriotismo llevado a la máxima expresión pero bajo mi entender de una manera boba. Hasta para comerse a un rival los peones tienen que abandonar su camino recto quieran o no quieran y si en su recto camino tropiezan con una pieza rival quedan totalmente bloqueados. Siempre me ha parecido un poco esperpéntico eso de ver a dos peones rivales frente a frente totalmente bloqueados y sin poderse comer el uno al otro. Artísticamente hablando, en cuanto al diseño general de su anatomía, me parecen completamente despersonalizados. Un pequeño trozo de materia (madera, cerámica, cristal, hierro o lo que sea en que se les haya construido) totalmente falto de gracia. Un simple bulto pequeño con pitorro en la cabeza (como si de una boina se tratase) que no les da autoridad ni respeto alguno.

¿Qué decir ahora de las torres?. Estéticamente me parecen tubos de aspirina o algo similar. Unos cilindros más o menos artísticos pero siempre rectilíneos y sin más gracia que las pequeñas almenas de sus cabezas. Son estilísticamente hablando los más macizos pero les falta gracia. Quizás si les hubiesen añadido algún pequeño barroquismo los hubiesen hecho más atractivas. Las torres, por otro lado, tienen unos movimientos que a mí me parecen excesivamente plano. Solo se mueven hacia delante, hacia atrás, hacia la derecha o hacia la izquierda pero siempre en línea recta (sin ese exigible movimiento circular tan bonito siempre para quienes caminan por la vida de las aventuras “batalleras” de la vida). A veces cambian de línea y tienen el particular atractivo de ser las únicas piezas que pueden hacer, en algunas ocasiones, el enroque corto o el enroque largo con el Rey. Las Torres tienen cierta magia pero carecen de flexibilidad suficiente para ser totalmente atractivas.

Los Alfiles, por su parte, siempre caminan igual que las Torres pero en diagonal (nunca en sentido recto), Siguen por eso pareciéndome demasiado planas aunque su forma de caminar sea menos ortodoxa que la de las Torres. Estéticamente son “peones grandes”. Tienen, artísticamente hablando, los mismos defectos que los de los Peones. Son boinas altas y no boinas bajas pero boinas al fin y al cabo (dejo caer de paso que las verdaderas boinas a mí me parecen muy interesantes y atractivas porque poseen mucha filosofía humana y campesinal pero en el ajedrez son aburridas). Los alfiles son ciertamente algo interesante pero su forma de caminar por el tablero es demasiado “crucífera” para mi gusto. Mucha cruz. Demasiada cruz. Me pasa lo mismo que cuando observo a las Torres pero con esos matices de haber cambiado lo horizontal y vertical por lo oblícuo.

¡La Reina!. ¡Ay la Reina!. La figura que debía ser la más femenina de este juego para mí sin embargo no lo es. Lo explico más tarde. En el diseño de las Reinas falta gracia femenil. Se las hace perder esa pequeña aureola de “santas” que les ponen en la cabeza y unos cuerpos excesivamente rectilíneo que las masculiniza demasiado. Las Reinas son aparentemente las que más libertad de movimientos tienen. Digo aparentemente porque si te fijas un poco te das cuenta de que sus pasos pueden ser cortos o largos, todo lo largos que les de la capacidad del tablero según sea la casilla donde se encuentren, pero les falta algo de lo que hablaré después. Creo que esa excesiva movilidad las convierte en un poco “locainas” y les sumerje en un torbellino que a veces hace perder fulminantemente la cabeza; sobre todo si el jugador de las Reinas las da rienda suelta sin control y las saca a pasear desde un principio de la partida. Como las Reinas, cuando se les permite la libertad total, sacan a relucir todo lo de “locainas” que tienen en esos momentos hacen perder inexorablemente la partida si enfrente tenemos a un astuto enemigo. Cuando una Reina muere antes de tiempo es casi seguro que se pierde la batalla. De la Reina podríamos hablar mucho más pero dejémoslo así por el momento.

Llegamos al Rey. ¡Vaya pieza!. Estéticamente es más alto que la Reina y su cruz de santo más grande. Eso para mi es rechazable porque da excesiva sensación de machismo aunque sea de manera no pensada así. El Rey estéticamente da demasiada sensación de majestuosidad que, en el caso de que pudiese actuar de otra manera (y ahora hablo de eso) sería muy interesante pero… le pierde su enorme falta de libertad. El Rey del Ajedrez (y me refiero al del ajedrez que conste y no a los reyes de carne y hueso) es un verdadero calzonazos. Indefenso a pesar de que si se le mata se pierde la partida. Totalmente pasivo debe ser defendido por todas y cada una de las piezas del Ajedrez. Es tan calzonazos que la Reina debe de salvarle en multitud de ocasiones y sacarle las castañas del fuego. Está simplemente a la espera de que sus súbditos ganen la batalla y nunca es pieza activa salvo en algunas ocasiones en que se atreve a tomar la iniciativa pero siempre cuando se ve excesivamente acosado y ya no puede esperar que nadie más le defienda. Es para mí demasiado soso y pasivo. Demasiado abotargado para un juego tan dinámico y sutil como es éste.

He dejado a conciencia a los Caballos para el final. Porque me ocurre con ellos lo mismo que les ocurría (salvando las distancias) a Ondaro y Tchigorin y lo mismo que ocurre con lo que han opinando varios voremios y voremias en algún comentario que he leído. Si. Efectivamente. Estoy yo también plenamente de acuerdo en que son las piezas más atractivas del Ajedrez y además también con quienes opinan que son de las más importantes. Los jugadores de Ajedrez los valoran mucho. Los Caballos son los más liberados de las piezas de este juego. Son los más alegres. Son los únicos que se atreven a saltarse a la torera la inflexible regla de no poder saltar por encima de los rivales. Ellos saltan. Y sus movimientos son los más heterogéneos y libres que se ven sobre el tablero. Por eso sorprenden muy a menudo a quienes no los conocen bien y por esos sus sorprendentes movimientos pueden hacer ganar una partida dando al traste con toda la táctica y estrategia del ejército rival. Eso de moverse en L corta o en L larga es una delicia para la vista. Y estéticamente. ¡Qué decir en cuanto a la figura de los Caballos!. Son los más gráciles y vivarachos de las piezas. Son los únicos que siendo masculinos poseen la maravillosa propiedad lineal de las curvas femeninas. Poseyendo cabeza definida como tal (cosa que no ocurre con ninguna otra de las piezas en los modelos clásicos del Ajedrez y dejando por eso de lado a los ajedreces confeccionados a conciencia como obras de arte) son los más “animados” del tablero. Y poseen la graciosa curva femenina de sus cuellos. No solo son los más liberados del juego (por su forma de caminar) sino que los más románticos. Cuando se mueven son alegres pero a la vez cuidadosos y por eso sus pasos no son ni demasiado cortos como los de los Peones y los del Rey ni tan excesivamente largos como los de la Reina y demás piezas. Lo Caballos deben siempre por eso situarse lo más cerca posible del eje central del tablero quizás porque siendo los únicos que poseen cabeza definida sean los únicos que saben tener vista para ver, estudiar, calibrar y decidir con plena conciencia, las posiciones estratégicas de los enemigos. Los Caballos del Ajedrez (los caballos que Ondaro me ha hecho tanto admirar) son las piezas que más emociones poético-líricas despiertan a mi ánimo y si alguien me pidiese o me exigiese que hiciese un poema hacia una sola de las piezas del Ajedrez sin duda elegiría en primer lugar al Caballo.

Un abrazo a todos los voremios y voremias. Me voy ahora mismo a intentar escribir un poema dedicado a los Caballos del Ajedrez. Gracias, amigo Alfonso Ondaro Vargas por ser mi amigo y haberme servido de inspiración mientras seguíamos fijándonos cada vez más y mejor en las chavalas más guapas a pesar de tanta multitud de envidiosos que pululaban por allí. Digamos que hablamos de Madrid y, de manera especial, de la calle San Cosme y San Damián.

Como un homenaje a ti escribo la Historia del Palacio del Duque Fernán Núñez: El palacio actual fue construido por el arquitecto Martín López Aguado en 1848, sobre el antiguo palacio de los condes de Cervellón, estado nobiliario del Principado de Cataluña vinculado a la casa ducal de Fernán Núñez. Es uno de los ejemplos más significativos de la opulencia con que vivía la aristocracia madrileña durante el periodo isabelino. Su sencillez exterior, más en línea con el orden clásico de los palacios dieciochescos –simetría en los huecos, pilastras, balcones- contrasta con el barroquismo y la suntuosidad de su salón de bailes, salones, saletas, piezas de lectura y despachos ricos en frescos, esculturas, estucos, sedas, marqueterías y cristalerías. Y es que entonces, la élite social de Madrid se relacionaba y se divertía en los palacios de la aristocracia, como en éste de Fernán Núñez, donde se celebraban tertulias, certámenes literarios, lujosas fiestas, conciertos y bailes, y a los que solía acudir con frecuencia la mismísima reina Isabel II. En la década de 1970 fue reformado por un grupo de arquitectos compuesto por Fernando Ruiz Jaime, Federico Echevarría y Horacio Domínguez con objeto de instalar en parte de sus dependencias el Museo del Ferrocarril. En 1983 el museo fue trasladado a su nueva sede en la antigua Estación de Las Delicias y el palacio sigue destinado desde 1941 a usos administrativos de RENFE. A lo largo de todos estos años la compañía estatal ferroviaria ha mantenido en buen estado de conservación los salones originales del palacio, preservando todo su esplendor de antaño. Desde hace un par de años se vienen realizando obras de restauración en el palacio, sobre todo en sus dos fachadas exteriores, lo que no impide el normal funcionamiento del horario de visitas. Un abrazo grande, sincero y verdadero, Alfonso Ondaro Vargas.

2 comentarios sobre “¡Gracias, campeón!”

  1. Hola Diesel, cuanta alegría y complicidad desprende tu relato de las anécdotas con tu gran amigo, sino también leer, según tu, tu libérrima descripción de cada pieza de ajedrez y esa oda a los caballos, me hizo ver el tablero como la vida y cada pieza, con sus formas y movimientos como diferentes modos de ser y estar en el mundo, me voy a reller el Zoo de Cristal, gracias a Alfonso Ondaro Vargas y a vos, chau.

  2. ¡Va por él, amiga, va por él!. Porque fue amigo de los de la Verdad por delante, porque jamás chismeó contra la libertad de expresión de un ser humano y porque además de amigos supimos siempre respetarnos el uno al otro a pesar de partirnos muchas veces de risa. Y es que el mundo que nos rodeaba era para dos cosas: o ponerse a llorar o ponerse a reír. Ambos decidimos, al unísono y de manera espontánea, ponernos a reír.

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