Paredon (novel-e)

Lito Delmezer atravesó la sala oscurecida donde el reporte del último ciclo se llevaba a cabo. Sin haber siquiera visto a su alrededor, encontró a la persona que buscaba detrás de un panel W en donde aparecian varias ventanas de video, gráficas, columnas de cífras y nombres estratégicos en sucesión vertiginosa.

– Lo hemos encontrado, susurró Lito.

Sin apartar un segundo la vista de la enorme pantalla multisectorial de su invención, el General, un super-hombre de dos metros diez y ciento y tantos kilos de masa musculo-esqueletica diseñada y mantenida por mols, respondió:

– ¿Bajas?
– Dos más y otros ocho que los doctores han desahuciado.
– ¿Le hicieron daño?

La pregunta era una trampa, Lito sintió un frío correrle por la espalda, cosa que no pasaría por alto el General. Estar ante él era una experiencia aterradora para la mayoría, ningún detalle se le escapaba y parecía leer incluso los pensamientos de sus interlocutores. Pero Delmezer, en su segundo año al servicio de tal «monstruo», sabía la razón de aquella sensación incómoda.
En realidad, el General tenía la capacidad de estimular electricamente su entorno en un radio reducido pero eficaz al momento de preguntar. Si el interrogado carecía de autocontrol, la sensación lo haría sentir inseguro e incluso podía llegar a paralizar alguna de sus extremidades; la mente del pobre haría el resto del truco.

Lito ni siquiera necesito tomar aire para responder y esto incomodó al General, quien desde joven padecía complejo de superioridad derivado de su origen artificial.

– Su condición es estable.

Por primera vez, el General apartó la vista del panel para fijar sus pupilas esmeralda en el recién llegado. El color de sus ojos era su única vergüenza y sólo en momentos de verdadero furor, veía directo al rostro de cualquier otro.

– ¿Cómo? El alto mando… ¿quién ha sido el responsable?, demandó ahogando un grito de rabia.
– El teniente Gui.
– ¿Qué? Traígalo.
– Lamento informarle que su madre ha venido por él.

Los colores se le subieron al rostro, un signo nefasto que los subalternos del General temían más que al día del Juicio. A punto de explotar, el General masculló:

– ¿Quién la ha llamado? ¿Fué él mismo, no es verdad? Núnca será un soldado. Su rostro tenía un dejo sombrío y violento.
– No, señor. He sido yo quién ha mandado traer a su esposa para que recogiese el cuerpo de su hijo.
– ¿Qué ocurrió?
– En cuanto el teniente avistó al espécimen inició el ataque sin refuerzos. Su esquadra lo siguió, inspirada por el gesto y lograron la inmovilización del objetivo, pero ninguno de ellos volverá a servir. Las mutilaciones corporales no son nada comparadas con el daño neural. La masacre fue impresionante. Al parecer, el espécimen también poseé habilidades sicománticas. Nuestros informes estaban errados, la nueva amenaza es más sofisticada de lo estimado. Mientras hablamos, los científicos ya analizan el espécimen.
– ¿Quién ha dado la orden sin consultarme?
– Yo, señor.
– Esta vez se ha excedido, soldado. Prepárese.
– Lo estoy, señor.
– Insolente…

El General era un volcan a punto de erupción. La sala había interrumpido toda actividad, obligada por la descarga eléctrica que les atormentaba. La furia exacervada del super-humano incluso llegaba a afectar el funcionamiento corriente de los electrónicos circundantes. Todos padecían en suspenso, admirados por la intensidad de las emociones, aunque tal vez lo más inquietante era la tranquilidad que mostraba aquel oficial novato.

Tres años atrás, Lito Delmezer era un símple estudiante de universidad, más preocupado por el nivel alcoholico de sus sangre que por el nivel académico en su escuela. Las Facultades de Derecho era más un club social que empresas educativas. A los estudiantes se les otorgaban facilidades en proporción al poder adquisitivo de sus padres. La docencia había degenerado al nivel de una práctica comercial más, debido principalmente a la proliferación sin control de las universidades especializadas y al escazo interés de los profesionistas por obtener educación. Por otro lado, la sociedad reconocía los beneficios de una clase media mal educada, cuyo poder adquisitivo mantenía en marcha el ritmo desequilibrado de la maquinaria industrial. En todos los círculos proliferaban los «arreglos» económicos con base en un sistema de favores, mismo que amortigüaba las consecuencias de malos manejos. Nadie que interpusiese una demanda judicial, laboral o ciudadana despreciaba el acuerdo, pues enfrentarse en juicio era la manera idónea de ser exprimido por el juez y los abogados. Obivamente, Lito había escogido la abogacía como quien escoge en el mercado, por razones publicitarias y conveniencia.

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