¡Sal de mi casa o te mato!

La trágica noticia de la actualidad es la detención del pederasta Antonio Ángel Ortiz, «El Terror de Ciudad Lineal» que se había escapado de Madrid y estaba refugiado en Santander. Un verdadero monstruo (bestia para ser más exactos) que abusó sexualmente de 5 niñas de menos de 6 años de edad (todavía en edades infantiles) y falló en, al menos, otros tres intentos más. Tras un año de seguimiento y persecución ha caído en manos de la Justicia. Fue considerado el enémigo público número 1 de la Policía de Madrid. ¿Qué hacer ahora con Antonio Ángel Ortiz una vez sabido, además, que es reincidente porque hacía una década aproximadamente ya había entrado en prisión por abusar de una niña en edad infantil? Si al cabo de unos 7 años de cárcel vuelve a reincidir… ¿qué se puede hacer con un bestia de esta naturaleza?. Eso es lo que nos preguntamos todos los españoles y todas las españolas. ¿Qué hacer ahora con estre infrahumano que parecía un «angelito» caído del cielo?

Este hecho me hace recordar tiempos pasados. Resultaba que mi hogar siempre estaba abierto para refugio de cualquier necesitado de buena voluntad y ejemplar comportamiento social pero, miren por dónde, uno de ellos llamado «Gio» nos salió «rana» por no decir otro epíteto peor. Recuerdo que mi primera Princesita tenía solamente 2 ó 3 años de edad y resulta, aunque parezca increíble, que el tal «Gio» (por no llamarle algo peor) no sólo se drogaba sino que había puesto sus ojos y sus deseos en mi pequeña Princesita. Observado por mi Princesa ésta me puso en aviso, así que tuve que intervenir y confrontarme con el tal «Gio» (por no llamarle algo peor).

– ¡Ven aquí, gilipollas! ¡Los guantes que me has robado puedes metértelos en el culo, pero recoge todos tus bártulos y sal inmediatamente de mi casa o te mato! Con la ayuda de una tal «N» (que no me importaba quien fuera o a qué se dedicara porque no era nada para mí) el susodicho «Gio» recogió todos sus bártulos a la velocidad de un rayo y salió chutando (¡y menudos «chutes» se metía para dentro de su cuerpo el menda!) de mi hogar. Días después llegó un «amiguito» suyo, al que llamaré solamente «X» (porque hasta julandrón parecía el tal «Gio») y, avisado otra vez por mi Princesa, le di también la orden de que al día siguiente, cuando saliese el sol, abandonase mi casa para siempre. Cosa que hizo sin rechistar.

Yo no sé si «Gio» era un buen ciclista o era un mal ciclista (aunque se drogaba más que un camello en tierra de vikingos y lo digo por lo de los cuernos) pero el tal «Gio» (por no llamarle otra cosa peor), como futbolista era una verdadera mierda (cosa que comprobé en La Chopera del Retiro de Madrid y con Marqués de testigo). Así que yo ahora le canto porque me ha llegado la hora de cantar: ¡Y tú que te creías el amo de este mundo, fallaste maricón, no vuelvas ya jamás! Esto lo digo en favor de Perico Delgado al cual, siendo todo un campeón en el mundo de los profesionales del ciclismo, el tal «Gio» despreciaba y le considera un don nadie.

Nota Adjunta.- Al citado «Gio» estuve a punto de soltarle cuatro hostias (aunque no tenía ni media) que bien se las merecía. Lo que pasa es que no llegó «la sangre al río» y que Dios es Grande. De «Gio» ya no queda ni el más mínimo recuerdo aunque olvidar ni deseo olvidar ni tengo por qué olvidar. Porque no olvidar es un derecho humano que tenemos todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

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