Setamor (Novela) Capítulo 13.

El día siguiente amaneció con los tintes naranjos de los rayos solares penetrando a través de las cortinas y rebotando en las almohadas de las camas somnolientas. Algunos desperezaban sus sueños mientras otros permanecían, inmovilistas ellos, durmiendo solamente. Y entre despertares y ensueños llegó el día de puntillas; como siempre llegaba en aquella rica mansión.

El joven licenciado oyó un murmullo de gentes. Al principio fue tenue, lejano, como si un pequeño airecillo se hubiese levantado con la llegada del nuevo día. Luego se fue convirtiendo en algo más profundo, para terminar en un sobresalto de estrepitosas carreras por el pasillo. Pero el joven licenciado tenía mucho sueño. Tenía el profundo sueño del amor y se quedó en la cama.

– ¡Será loco! -exclamaba, en medio del pasillo, la enfermera, delgada y cuarentona pero con cierto desenfado juvenil.

Después se oyó que increpaba a alguien y entonces al joven licenciado se le ocurrió levantarse. Asomó la cabeza hacia la derecha. Al fondo del pasillo, en el último sofá del piso, se encontraba el pelirrojo con todas sus ropas mojadas, rodeado de una decena de personas.

– ¡Madre santísima… Madre santísima… que Dios nos ampare de estos locos! -murmuraba la anciana vestida de negro.

– ¡Cálmate un poco!. No ha sido para tanto. El mozo sabe nadar -le increpaba, una y otra vez, la anciana vestida de blanco.

– ¿Qué ha pasado? -dijo entonces el joven licenciado, dirigiéndose a una simpática enfermera que marchaba hacia allá.

Pero contestó la delgada y cuarentona.

– ¡Qué va a pasar… qué va a pasar…lo de siempre… que estamos todos majaras!. ¿Qué te parece; no va y se tira a la piscina con toda la ropa puesta?.

Al joven licenciado le entró la risa.

– ¡Risas… risas… como tú no tienes que secarle luego la ropa!.

– No gruñas tanto -contestó la simpática enfermera- total… la voy a secar yo.

– Sí… sí… pero me molestan que pasen estas cosas en este lugar. ¿Por qué no se tiran a las vías del tren?. ¡A que para eso no están locos!.

– Pero chica… ¡si aquí no hay nadie que esté loco!.

Y mientras el joven licenciado se adentraba, otra vez, en la habitación, dispuesto a arreglarse… todavía oía la leve discusión de ambas enfermeras y la voz rotunda del pelirrojo exclamando loores a su Virgen.

– Aquí no hay locos -pensó- sólo hay seres solitarios. Seres que han pensado en un mañana que nuca les llegó. Por eso hay quienes se lanzan a las aguas de la picina, completamente vestidos, para cambiar de personalidad. Es esa fuga de la que tanto me habla mi amigo periodista… esa fuga con la que tanto hemos viajado siempre.

Y miró el reloj para descubrir que eran las nueve y veinte.

A las nueve y media ya estaban todos en el comedor para desayunar. Las conversaciones giraban alrededor de la aventura del pelirrojo; el cual, de manera altanera, levantaba la cabeza para darse importancia.

El joven licenciado meditó otra vez sobre el suceso pero su mirada tropezó con la del silencioso y descubrió, de nuevo, la suave compañía de quien no enjuicia de antemano. Por eso el silencioso le caía simpático al joven licenciado y por eso éste encontraba la silenciosa amistad de un hombre que jamás debía haber anclado allí. Descubrió que el único motivo de su descanso era que no hablaba casi nunca y descubrió lo necio del proceder de la sociedad.

– Hablar, a veces, es tan estúpido como querer ser juez de todas las cosas -pensó.

A sus lados, el maduro canoso se sacudía de impaciencia y de nervios, alargando el cuello de vez en cuando, para entender mejor lo que en otras mesas era conversación común; y el director de banca pensaba… quizás en la partida que, todavía, tendría establecida con alguno de sus rivales.

– ¿Quieres jugar una partida tú también? -indicó, de pronto, al joven licenciado.

– Perdóname… pero me aburro con ese juego y no me adapto a él. Por eso no lo juego salvo en pocas ocasiones.

– Pues desarrolla la lógica más absoluta.

– Por eso no lo juego salvo en contadas ocasiones -repitió el joven licenciado por ver si el director de banca entendía ya bien lo que le estaba diciendo.

– Parece como si quisieras llevar la contraria a todo el mundo.

– No. Nada de eso. Si llevara la contraria a todo el mundo, me llevaría la contraría a mí también porque estoy en este mundo. Nada más lejos de la realidad -y se quedó mirando a los inteligentes ojos del silencioso.

Pero el director de banca no lo entendió. Por eso tuvo que continuar.

– No todos juegan al ajedrez… hay quienes juegan a las cartas o quienes juegan a pensar.

– Pensar no es un juego -contestó el director de banca- sino una seriedad.

– Yo tampoco pienso como una seriedad continua -señaló el silencioso- y por eso apenas hablo.

– ¡Qué extraños sois todos!. O sea, ¿que tú también juegas al ajedrez sin pensar? -le espetó el director de banca al maduro canoso.

– ¡Pues claro que sí!. Juego sin pensar. Soy muy nervioso y juego sin pensar… por eso me ganas… pero quizás no sepas tú quién fue Adorno y su teoría de la estética.

– O quizás tampoco sepas lo que dice Bertrand Russell sobre el conocimiento humano y sus postulados de la inferencia científica -le musitó el silencioso.

Al director de banca le salieron los colores a la cara.

Todo aquello es lo que le hacía pensar, al joven licenciado, que allí no había ningún loco.

Y al momento de levantarse de la mesa ese pensamiento lo afirmó, para su interior, como una certeza total.

Sobre las cuatro de la tarde ya se había apaciguado la lluvia caída durante toda la mañana y parte de la tarde. Por eso los altavoces repetían llamadas de tales y cuales visitas. En el salón, residentes y familiares se juntaban en mutuas conversaciones.

– ¿Sabes qué? -preguntaba la jovencísima morena mientras descansaba, sobre el césped del jardín, con su cuerpo apoyado en el del joven licenciado mientras éste, sentados ambos, la abrazaba desde atrás.

– Sólo sé que te amo, a la luz del atardecer, como nunca antes había amado -y el joven licenciado sonreía mientras le daba un beso.

– Sí… pero esto no es lo que quiero preguntarte ahora. Quiero que me contestes sobre cuándo te vas de aquí.

– ¡Visita para el joven licenciado… visita para el joven licenciado! -atronó el altavoz, llamando la atención de ambos.

– Espérame…espérame hasta que pueda tenerte otra vez a mi lado… espérame porque tú eres parte de esa seta que amo. Porque eres mi tarde de rojo carmín.

– ¿Cómo dices?.

Pero no pudo obtener la contestación porque el joven licenciado ya se iba.

Por allí, al acecho, se encontraba el pelirrojo. En cuanto le vio acercarse, la jovencísima morena señaló un apabullante no con la mano.

– ¿Por qué?.

– Porque simplemente no.

– ¡Así que desechas mis ilusiones ahora que estaba preparado para la lucha!.

– Contigo no deseo conversar aunque fueses el único hombre sobre la Tierra; porque traicionas la amistad de quienes desplegamos la conciencia de nuestras caricias.

– ¡Yo sólo sé que me gustas una barbaridad!.

– Yo sólo sé que no quiero gustar a ningún bárbaro y menos todavía si además es un chivato y un mentiroso -y ella se levantó alejándose de allí.

Hacía ya tiempo que el amigo periodista charlaba con el joven licenciado; les quedaban los últimos minutos de visita.

– Parece que el panorama está entre negro y azul -dijo el amigo periodista.

– Las tardes así son las mejores para un banquete de mendigos; porque ellos siempre cenan entre sombras.

– Es como si estuviesen exiliados en la misma calle principal de la gran ciudad. En esa misma calle donde los grisáceos seres de la tarde no contemplan sus angustias.

– El caso es que son angustias de su propia fabricación.

– Sí, algo así como un «made in society».

– ¿Hay, acaso, alguien dispuesto a escuchar sus historias?. Parece como si la sociedad hubiese querido escribir un cómic y les ha salido tan siniestro que no desean contemplarlo. Pero las páginas de los olvidados son las que más sobresalen.

– ¡Cuánta gente está sola!.

– El caso es que toda esa gente, ahí afuera, es como si estuviesen destrozando sus propios sueños. Por eso sólo piensan quimeras para no caer en la miseria.

– Yo creo que, entre todos, estamos fabricando una sombra que llega hasta el final de la oscuridad; allí donde dejamos que la noche nos consuma de vergüenza.

– Y los cobardes fabricantes esperan tras las ventanas, vistiendo sus caras de inocencia para no salir hacia donde están ellos.

– Y los que se atreven sólo se dedican a dar sermones a otros que no los necesitan porque no son los necesitados.

– Por eso estamos donde estamos mi amigo periodista. Contigo, sin embargo, dan ganas de hablar horas y horas.

– Las profundas horas de nuestras conversaciones… ¡Cuánto daría yo por volver a continuarlas!.

– No te preocupes… dentro de poco salgo de aquí y nos volveremos a encontrar para brindar por nuestras existencias y por las existencias de los que deben despertar a la vida.

– Sí. Esa gente que está sola y que no sabe de dónde vienen ni a dónde pertenecen. Yo soy uno de ellos…

– ¿Por qué?.

– Porque te he ocultado que necesito un amor verdadero. Que estoy cansado de hacerte aparentar una felicidad que no poseo. Necesito alguien que remiende mis calcetines mientras yo escribo un texto para la gente, o un poema al borde de una jarra de vino. No encuentro a nadie, salvo tú, que esté dispuesto a escuchar mi historia. Yo deseo esa chica que me pueda poner nostálgico y, a la vez, me de tanta alegría que aplique todas mis fuerzas para amarla.

– Siempre habrá una chica que quiera ir hasta ti para quedarse entre los calcetines y tu corazón.

– Lo dudo. Las chicas que conozco sólo saben hundirse cuando están conmigo. Sólo si hay amigos emergen, pero se diluyen cuando estoy solo. Y es que, realmente, puede que yo sea un hombre de ningún lado.

– Tú eres un poco como todos los demás. Yo tampoco estoy en ningún lado. Y nadie está completamente seguro de pertenecer a un lado concreto.

– Pero yo tengo planes y quiero que alguien los cubra con su amor.

– Escucha. Una vez tuve una chica o quizá debiera decir que ella me tuvo a mí. Pero no era posible… como tampoco fue posible otras veces. Y… sin embargo… he encontrado a esa chica que no es un imposible.

– ¿Y por qué yo no la encuentro?.

– Mira, amigo periodista, olvida un poco tu orgullo de profesión y tu absoluta creencia y busca en los ambientes que tanto rechazas. Si quieres puedes ir a un lugar que yo conozco donde, por el libre precio de un poema, encuentras siempre una compañía. Y una creencia no tan absoluta.

– ¿Sí?. ¿Y cómo es eso?.

– Toma -dijo el joven licenciado extrayendo un papel de su bolsillo trasero del pantalón vaquero de color negro- lo escribí sin pensar para quien. Es un poema. Ve a este lugar que te escribo en el dorso y pégalo en la pared. Verás cómo tendrás compañía profunda. Pero te advierto que es un lugar de bohemios.

– Iré hoy mismo.

– Pero olvídate de tus principios y, sobre todo, de tus prejuicios – le dijo el joven licenciado mientras se despedían.

A las siete de la tarde el amigo periodista entraba en la taberna construída en madera vieja y con la puerta pintada de un rojo ya ajado por el tiempo. Entonces pegó el verso del joven licenciado en una de las paredes; debajo del lugar donde aún quedaban las huellas esféricas del antiguo reloj.

Algún bohemio lo leía en voz alta.

Un beso…
y… si pudiese…
unas alas.

Si del viento surgiera la esperanza
sería tu recuerdo,
flotando en el huracán de la mañana,
quien surgiera en mi existencia.

Ausencia…

Si del viento surgiera la esperanza
flotaría el brillo de tu pelo
adormecidamente
sobre mi alma.

Pero aún queda un mucho de silencio
buceado bajo la almohada
buscando sensaciones de presencia
inacabada…

Ausencia…
Borrascosa nube de madrugada.

Alguien comentó entonces.

– Si del viento surgiera la esperanza yo me haría galopante en la meseta para nunca dejar de existir.

Y otro le contestó

– Si del viento surgiera la esperanza yo me convertiría en veleta para dirigir tu galope.

Allí se encontraba el amigo periodista, captando sus opiniones, cuando se fijó en el fondo de la taberna, allí donde a veces las parejas de enamorados se besaban. Allá descubrió la simpática carita de una mujer morena con cara de pequeña niña. Aquella mujer estaba leyendo unos apuntes y se encontraba ajena a los bohemios.

– Los silencios se bucean bajo la almohada cuando la ausencia existe en el corazón -dijo un tercer bohemio.

Pero el amigo periodista ya no siguió escuchando y, abandonando su vaso de vino sobre el mostrador, se adentró en el fondo de la taberna. Sólo entonces, cuando ella le miró, descubrió unos profundos ojos negros. Unos hermosos ojos de mujer en donde daban deseos de hundirse en cuerpo entero.

– ¿Tú eres también bohemia?.

La chica morena no respondió. Sólo le miraba…

– ¿Me puedo sentar en la silla?.

La chica morena no respondió. Sólo le miraba…

– ¿Te molesta mi presencia?.

La chica morena no respondió. Sólo le miraba…

– Entonces… perdona. Me voy.

Pero la chica morena le sujetó por el brazo izquierdo y le señaló, gestualmente, que no podía hablar porque era muda.

Al amigo periodista le bailó un profundo desasosiego. No esperaba que aquella belleza fuese muda, pero reaccionó valientemente en su búsqueda de compañía.

– Mira, escríbeme en este papel lo que creas oportuno -y sacó una hoja en blanco del interior de su chaqueta.

– Te amo -escribió, con firme letra, la chica

Y se fundieron en un profundo beso.

En el otro lado aún poetizaba un bohemio.

Besos de las estrellas
en los vasos de cristal.
Besos de las estrellas
que nunca devolverán
los vasos llenos de vino
hasta la luna final
en que las luces del cielo
nos consigan despertar.

Cuando la tarde-noche caía sobre el jardín de la lujosa residencia, el joven licenciado, que ya llevaba unos minutos buscando a la jovencísima morena, la encontró por fin. Se hallaba sentada, como siempre solía hacerlo, entre los ocultos arbustos.

– Tengo miedo… -musitó ella.

– ¿De qué tienes miedo?.

– Tengo miedo porque se han creído, de verdad, que soy drogadicta.

– Pero no lo eres.

– No. Solamente dije que yo he oído sollozar a los tubos de píldoras porque tengo un hermano que sí que es drogadicto. Pero yo nunca lo he sido ni jamás lo seré.

– ¿No estarás ocultándote tu responsabilidad?.

– Jamás te mentiría a ti. Jamás te mentiría ni en este asunto ni en cualquier otro.

– ¿Y por qué no te has defendido?.

– Porque tengo tanta seguridad en mi propia intensidad interior que no me importa como me ven los del exterior.

– Entonces… ¿por qué has llegado hasta aquí?.

– Por rebelde. Por pensar en rebelde. Por actuar como rebelde.

– Como todos en el fondo -musitó el joven licenciado- como todos los que estamos aquí…

– ¿Qué dices?.

– No, nada. Que estás aquí por ser tan cuerda como los demás que nos encontramos en esta cárcel de lujo. Que eres tan real y tangible, tan concreta y, a la vez, tan volátil como libres son las cebras aficanas; esos animales que, con el blanco y el negro en sus lomos o con el negro y el blanco en sus lomos… y piensa en la diferencia… no se contradicen. Porque esos animales demuestran que el blanco no es antígono del negro ni viceversa. ¡Si supieran, los famosos psiquiatras y no menos famoso psicólogos… así como otros muchos más… amar estas cosas, los seres humanos no se euqivocarían tanto a la hora de pintar sus vidas!.

– Ven aquí… te amo… no se me ocurre otra cosa que decir que te amo…

Sobre la hierba vivieron momentos de éxtasis amoroso sin pecado alguno. Momentos en que, ocultos a los ojos de los demás que ya se habían ido a cenar, gozaron de sus cuerpos como las cebras de la sabana pero sin pecado alguno. Gozaron de su amor, sin pecado alguno, sin importarles ni el tiempo ni el espacio.

Se habían perdido la cena pero ellos habían encontrado un alimento más importante. Se habían alimentado de besos tan conjuntos que no existía ni el silencio entre los dos. Esdtaban tan juntos en una misma síntesis que la luna dejó de brillar para ocultarlos. Y las estrellas apagaron sus guiños.

– Oigo sonar las hojas en cada palpitación de tu corazón -expresó ella mientras el joven licenciado la acariciaba el cabello- oigo sonar las hojas en cada palpitación de tu corazón y noto ángeles sobre tu espalda. Noto que eres un suave gamo que descendió de los montes para beber en el río de mis pechos. Siento que el viento de tu bohemia hace mecer los acentos de mi corazón vagabundo. Y ruedo… ruedo por el mundo… mezclándome en los vientos que acarician tu corazón deshojado.

– Poseer tu distancia es encontrar la compañía -dijo él- hallar tu compañía de mujer es cumplir el deseo de mi libertad y la libertad sólo es vivir dentro de tu distancia. Entre tus besos olvidé el pasado para convertirme, por fin, en ese presente tan profundo del que tanto me hablaba el anciano poeta extranjero. Él también te buscaba pero por caminos imperfectos. Él tuvo que abandonar tu búsqueda porque confundió la bohemia con el vicio.

– Hay inmensos frutos en tu cuerpo, amor…

– Y en tus cántaros demasiado almíbar. Por eso se invadieron mis frutos de tus riegos palpitantes. Quisiera que supieras que tú has abierto las oscuridades de mi razón. Quizás equivoqué muchos pasos en mi existir; pero tú eres esa vía galáctica… morena… trigueña… nueva… escondida… visible… pura… virgen… que siempre distinguí dentro de mis juegos de infancia.

– Sí… es verdad que soy virgen… pero me da miedo perderte; porque me has acostumbrado a encubrir los pétalos de mi flor. Gracias por haberme amado, pero tengo miedo de que te disipes.

– Es que te has acostumbrado, demasiado, a la duda… pero no temas, no me voy a disipar. En el fondo nadie comprende a nadie, pero quiero que sepas que los bohemios de la virtud comprenden sus propìas circunstancias.

– Y los drogadictos de amor.

El joven licenciado se quedó mirando al horizonte. La jovencísima morena le acarició el rostro.

– Por eso te amo… porque eres libre…

– ¿Sabes una cosa, princesita?.

Ella se le quedó mirando directamente a lo ojos mientras el joven licenciado confesaba su secreto.

– Yo también soy virgen.

– Tu mirada no miente. Lo creo.

Él sólo la volvió a besar suavemente en la boca.

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Setamor (Novela) Capítulo 13.

El día siguiente amaneció con los tintes naranjos de los rayos solares penetrando a través de las cortinas y rebotando en las almohadas de las camas somnolientas. Algunos desperezaban sus sueños mientras otros permanecían, inmovilistas ellos, durmiendo solamente. Y entre despertares y ensueños llegó el día de puntillas; como siempre llegaba en aquella rica mansión.

El joven licenciado oyó un murmullo de gentes. Al principio fue tenue, lejano, como si un pequeño airecillo se hubiese levantado con la llegada del nuevo día. Luego se fue convirtiendo en algo más profundo, para terminar en un sobresalto de estrepitosas carreras por el pasillo. Pero el joven licenciado tenía mucho sueño. Tenía el profundo sueño del amor y se quedó en la cama.

– ¡Será loco! -exclamaba, en medio del pasillo, la enfermera, delgada y cuarentona pero con cierto desenfado juvenil.

Después se oyó que increpaba a alguien y entonces al joven licenciado se le ocurrió levantarse. Asomó la cabeza hacia la derecha. Al fondo del pasillo, en el último sofá del piso, se encontraba el pelirrojo con todas sus ropas mojadas, rodeado de una decena de personas.

– ¡Madre santísima… Madre santísima… que Dios nos ampare de estos locos! -murmuraba la anciana vestida de negro.

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