El Encuentro

Nada sucede, y sin embargo todo se mueve en la música silenciosa que solo se percibe con los poros de la piel. Yo siempre te encuentro, en la última gota de vino, al final de una novela o en los espejos abandonados por una tarde de lluvia. No has cambiado nada, sigues haciéndome esparcir palabras como confeti, y no importa si lo creo o no, admito que vivo enamorada del movimiento de los labios, del arco de las cejas y de las formas delineadas por el sol entre nubes. Tú te quedas atorado en la garganta, y me dejas con sabor a barro, a trigales verdes, a mar abierto, llenas mi pecho con suspiros, te conviertes en el camino que mi andar persigue, tu salpicas de estrellas este firmamento y simulas cometas con el movimiento de tus manos. Acércate más y me quedare con tu mirada y con la longitud tus brazos. No te jactes de haberme encontrado, yo te encontré a ti, no imagines lo que se siente, solo hagámoslo coincidir con este rostro nuevo.

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El encuentro

Él sabía, al igual que yo, que era difícil que se llegara a producir un encuentro. Era algo de lo que hablábamos con frecuencia, en nuestras conversaciones obligadas por motivos laborales. Después de tratar las cuestiones del trabajo, pasábamos a dialogar sobre temas un poco (sólo un poco) personales. De cómo a él le gustaría venir a vivir a mi ciudad, de la imposibilidad de hacerlo por el momento. De que el clima en su ciudad era mucho menos benigno, la sociedad mucho más cerrada, las oportunidades para divertirse muy restringidas, las compañías muy escasas. No sé si pensaba que esta ciudad era Jauja, que aquí todo se lo daban hecho a uno nada más nacer, pero era inútil que yo intentase tirar por ese terreno porque él enseguida me aseguraba que no sabía de qué hablaba si no había pasado los meses de invierno allí.

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