Saltamontes

Era su palabra clave. Cuando se provocaban tanto hasta discutir, era el freno de mano. La forma de recordarse que se querían más que lo fuerte que fueran los gritos. «Saltamontes». Dicho con los ojos como platos, como el que se ve al borde de un precipicio a punto de caer. Frena o nos estrellamos. ¡Saltamontes!

Pero por olvidarse de lo que se querían, se olvidaron de su clave, y ya estaban estampados contra el suelo.

Ella a veces esperaba oírlo, o que él lo escuchara. Un día le pudo el recuerdo y no pensó demasiado. O no friamente.
Escribió «Saltamontes» por las calles cercanas a su casa, esperando a que él lo leyera y recordara lo que significaba.
Él pasaba todos los días justo por delante de una de las pintadas sin que su memoria hiciera caso. Hasta que un día, en esa misma calle, se topó con una pareja discutiendo. Con vergüenza ajena, y propia al verse reflejado en ellos, giró la mirada hacia otro lado, hacia el punto exacto donde se topó de nuevo con la que era su clave. «Saltamontes». Recordó entonces lo que quería decir para él, para ellos, sin pasársele si quiera por la cabeza quién había estado detrás del rotulador que la escribió.
Siguió recorriendo calles, aturdido por los recuerdos que habían comenzado a sucederse como secuencias de cine, y las otras pintadas empezaron a aparecérsele donde siempre habían estado pero nunca las había visto. La cabeza le daba vueltas. No podía ser ella. No podía haber ido escribiendo por las paredes. No podía estar pidiéndole una tregua.

Se paró a pensar en lo que aquello significaba y sobre todo en lo que implicaba. No era justo. Tenía que darle una respuesta. Se decidió y puso sus ideas en orden sobre un papel. A golpe de fotocopiadora, multiplicó las hojas y las dejo por los lugares por los que sabía que ella estaría.

Los días habían pasado y ella casi se había resignado a que su pequeño atrevimiento no hubiera servido de nada. Por otro lado, ya lo suponía.

Pasó por la puerta de su antiguo trabajo, donde tantas horas había estado con él, y unos niños jugando con aviones de papel le interrumpieron el paso. Uno de los aviones le dio directamente en la cara y los niños no hicieron caso. Ella, molesta, cogió el juguete de papel con enfado, hasta que se dio cuenta de que por dentro estaba escrito. Creyó reconocer la letra casi al instante y comenzó a leer:

«Debimos decir ‘Saltamontes’ hace mucho. Y debí decirlo yo antes que tú. Debí decírmelo a mí mismo antes de seguir haciéndote daño. Antes si quiera de empezar a hacerlo. Nunca debí olvidarme de que, por encima de todo, te quería. Siento no estar ahora contigo. Siento no poder seguir queriéndote. Pero no es justo que me des tregua. No es justo para ti en la misma medida en la que no puedo deshacer lo que hice. Lamento no haber sabido hacerte feliz y ahora quiero que lo seas. Quiero que te vistas con tu mejor sonrisa y se la enseñes al mundo. Quiero que sigas buscando tu suerte y quiero que sigas siendo fuerte y no pienses en nuestro ‘Saltamontes’. Esa es la tregua que necesitas, cariño, la de descansar del dolor que nos hemos hecho y dejar que la vida siga dándonos cosas buenas. A ti. A mí que me dé sólo lo que me merezca. Pero tú lo bueno te lo mereces más que nadie. Perdóname todas las veces que tuvimos que decir ‘Saltamontes’ y todas las que se me olvidaron. Lo siento, mi vida. Yo también te quiero».

Sin creerse que ese papel hubiera podido llegar de esa manera a sus manos, sintió de nuevo en el estómago la punzada de echarle de menos. Sin embargo, supo entender que todo lo que él no supo quererla antes de tener que necesitar su «Saltamontes», lo estaba sabiendo hacer ahora. Tomó conciencia por un segundo y en la disculpa encontró su consuelo.
Dobló la hoja para guardarla, le lanzó una sonrisa a los niños que aún estaban jugando, y siguió caminando.

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